Conocí una vez al hombre más triste del mundo. Mirar sus ojos era como entrar a una cueva, y sentirse súbitamente solo. Tiene también una sonrisa que es un como un pantano que te jala. El hombre más triste del mundo vivía en una esquina. Tenía una casa con techo y paredes, pero no llegaba nunca, porque sentía que las paredes lo atacaban por la espalda y se lo comerían al menor descuido. No, no es cierto. Eso decía él, porque le parecía más sencillo creerse loco que saberse miserable. Verán, el señor más triste del mundo no llegaba a casa porque sabía que ahí dentro nadie lo esperaba, y porque sabía que al dormirse corría el riesgo de que nadie lo invocara con su deseo de verlo al día siguiente que las ganas de alguien más lo despertaran y lo reinventaran.
El hombre más triste del mundo no llegaba a su casa porque sabía que a nadie le importaba, que si llegaba seria como excluirse del mundo y no poder alcanzarlo más. Por eso el hombre más triste del mundo caminaba eternamente y sin descanso; siempre buscando el paso siguiente, el otro, como si tuviera algún destino al cual llegar, como si el corazón se le escapara entre las manos.
Y es así, el corazón se le escapaba entre las manos, porque su corazón estaba tan triste que actuaba como si corriendo rápidamente hacia adelante, pudiera revertirlo todo. A veces el corazón se detiene, se agota. Entonces es como si fuese una mina de tristeza, cuya materia prima no dejaba de extraerse a la luz, y de hacerse más honda, de revolverse toda.
El hombre más triste del mundo corre, araña, huye, grita, gime. El hombre más triste del mundo se tropieza, cae, gatea, tirita, calla, duerme, muere. Y se va yendo muy rápido, sintiéndose muy vivo, y se va quedando inmóvil, sintiéndose muy muerto. Corre, se detiene, corre. No acaba de decidirse, y se va sintiendo muy mal, muy vivo, muy muerto.
El hombre más triste del mundo no habla con nadie. No tiene con quien. No sabe cómo. Al hombre más triste del mundo la tristeza le vino con la guerra que trajeron otros hombres. La guerra trajo consigo un cultivo de tristeza y lagrimas, de entonces carga este hombre la tristeza del mundo entero. De esos días en que llego el ejército y les quemo las casa, y les mato los niños y les violo las mujeres, de esos días en que el odio asfixio la poesía.
El hombre más triste del mundo no tiene voz, no habla con nadie. Tiene un grito tan grande, tan grande, tan definitivo, tan doloroso, que prefiere ser silencio. No sabe, no quiere dejar de serlo. Porque el odio le asfixio la palabra, le apretó con sus frías manos hasta estallar sus pulmones, sus ganas, y le vació por completo, le lleno de vacío.
El hombre más triste del mundo está solo. Solo al cuadrado, al cubo, a la enésima potencia. Esta solo porque la guerra y el odio le mataron su familia. Esta solo porque con su muerte se le acabo la poesía. Esta solo porque el odio le quito todo, y le dejo solo su huella latente y creciente como un tumor. Esta solo porque no conoce a nadie. Esta solo porque quiere estarlo. Esta solo, solo, solo. Y si pudiera, el también se iba, y dejaba sola a esa maldita soledad.
Pero no puede. Por eso camina, y araña y aúlla, por eso duerme, y se queda quieto, muy quieto durante horas, por eso juega al muertito, a esconderse de la vida.
El hombre más triste del mundo no tiene casa. Tampoco tiene ciudad. Habita una ciudad que le es dolorosamente ajena y familiar al mismo tiempo, porque hasta eso le quito la guerra.; le quito su familia y su barrio y sus calles, y aun entonces, se quedo a vivir con él.
Los otros, los militares construyeron sus propias casas sobre las ruinas de su cuidad y cultivaron sus milpas sobre las tumbas de sus muertos y construyeron cuarteles sobre sus iglesias y cambiaron los nombres de las calles con las fechas de su derrota y los nombres de sus asesinos (aunque esto el no puedo saberlo porque está escrito en un idioma que es desconocido) Pero aun peor; los otros han tirado la jacaranda del pueblo, la que estaba sobre la loma donde se podía ver el resto del pueblo.
Y el hombre más triste del mundo, el único sobreviviente de la masacre tuvo que quedarse a vivir con sus verdugos. No sabía bien porque. En parte porque no sabía a dónde más ir, si en todos lados la guerra termino con todo, si en todos lados era la misma historia. En parte también porque no tenía ganas, porque este era su pueblo, porque se sentía cansado, doblegado. En parte porque no podía, porque las calles donde los mataron también eran suyas, porque irse era aceptar la derrota, porque quedarse era reivindicar su derecho, porque esto, porque lo otro, porque si, porque no, CARAJO, porque no.
Así, el hombre más triste del mundo se ha quedado entre ellos, los que hablan un lenguaje que no entiende. De forma que el hombre más triste del mundo ya no conoce ni su propia ciudad. Para ubicarse se ve obligado a dibujarse mapas entre las paredes de las calles. El hombre más triste del mundo se escribe cartas a sí mismo en los muros de la hostil ciudad. No son cartas tal cual porque el hombre ha perdido la palabra, pero no el lenguaje. El hombre se dibuja trazo a trazo, con un trozo de carbón para orientarse, para sentirse menos solo. Línea a línea, punto a punto, trazo a trazo el hombre más triste del mundo se cuenta una historia. No cualquier historia. Se cuenta la historia de su pueblo, y esa historia es como un mapa que lo guía entre las calles y los hombres.
Lentamente, trazo a trazo, paso a paso, paso el tiempo. Muncho tiempo. De pronto el hombre más triste del mundo descubre que ya ni siquiera él puede estar triste del todo, todo el tiempo. A veces sonríe mientras contempla a los niños jugar. Otras veces se sorprende silbando una canción que no sabe de dónde saco. Algo ha cambiado.
Tampoco los otros son los mismos. El hombre más triste del mundo lo ha notado. Ha visto como los otros, que ya no son militares y son solo hombres han cambiado, se han hecho más viejos, más frágiles, no sé, más humanos. Los militares han dejado los uniformes y los puestos, ahora son abuelos, son padres, hermanos, personas. Un día el hombre más triste del mundo ha visto una masa de aire traer la lluvia. Esa noche ha llovido y por primera vez en mucho tiempo el hombre se ha mojado, ha respirado el olor a tierra húmeda, ha visto la luna.
Después ha visto a un grupo de niños jugar con papalotes. Si, los hijos de los asesinos también juegan, juegan los juegos que jugó su hijo, que jugó el siendo niño. Y algo en él se ha soltado, porque el aire huele a primavera, y de pronto todos son militantes de la vida. Incluso los otros. Otro día por ejemplo ha visto a unos amantes besarse bajo la misma farola en la que un día el beso a su esposa. Ha visto a unos ancianos plantar un huerto.
Y el hombre más triste del mundo se sorprende, se vuelve más huraño, más liviano, se siente muy bien, se siente muy mal. Dibuja, hace mucho que no sabe como continuar su carta, así que ahora solo dibuja, una y otra vez, la misma imagen; una puerta, un rostro, un ademan de brazos. Pero no sabe como continua.
Camina, silba, se ríe, llora, grita, ríe. No entiende. No entiende que los otros, los que plantan jardines y juegan con sus nietos sean los mismos que quemaron su pueblo, y mataron sus niños. El hombre más triste del mundo se convierte en el loco del pueblo., y dibuja, porque su mapa esta inconcluso, así que dibuja e inventa. Sus trazos son un signo de interrogación, son un reproche, un ruego. El hombre quisiera decirles que por favor, que a veces, que aunque, pero, siempre….
Y no puede, así que dibuja.
Hasta que un día mientras el pueblo está de fiesta y sale a caminar por el campo, el hombre más triste del mundo comprende. Comprende y dibuja. Traza un circulo, y otros mas, traza su propio rostro, traza la puerta, traza su mano alcanzando la puerta, traza un horizonte nublado en el entrevés de la puerta, traza un pie suyo cruzando el umbral.
Y lo cruza. Ahora el está adentro y ellos afuera. Ahora él es muy joven y ve a su propio pueblo, a su propia gente, sus propios edificios, sus calles, su árbol de jacarandas. El hombre más triste del mundo, es ahora inmensamente feliz, mientras observa al pueblo desfilar en una fiesta. La banda toca, las mujeres bailan, los hombres ríen. El hombre también ríe. Ríe mucho, muy fuerte. Mientras ellos se marchan, alegres y orgullosos, a otra guerra. Uno a uno desaparecen todos. La música se aleja, al igual que la risa, y el hombre se va quedando solo. Se va la luz en la cueva de sus ojos, y se va quedando cada vez más triste.
De pronto, escucha un sonido de voces que se acerca. El corazón del hombre se detiene, se brinca tres escalones, y entusiasmado corre con la idea de que los hombres hayan cambiado de opinión y decidan volver a casa. Se apresura emocionado hacia ellos. Pero solo descubre un grupo de mujeres que lo miran coquetamente y cuchichean entre ellas sobre los ojos más tristes que han visto en el mundo.
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