martes, 17 de mayo de 2011

La bulimia anímica

Se me enfermaron los silencios. No sé bien como fue, se me empezaron a revolver en el estomago, se me tropezaban en la punta de la lengua, se enredaban entre mis oraciones, se mareaban, me mareaban, y mi cuerpo enfermo los vomitaba desordenadamente en una caótica pirotecnia verbal. Poco a poco se me enfermaron todos los silencios. No había solución. Todo el día las palabras me ardían con fiebre, delirando, retorciéndose insomnes dentro de mí. Lentamente empezaron a fermentarse y pudrirse en mi.

Tuve que llevarlo al doctor y le explique que mi silencio estaba enfermo. El me miro perplejo, aturdido por ese vomito verbal que de tan intenso no me dejaba hablar y me provocaba arcadas entre las palabras. El doctor me hizo abrir la boca y metió el trabalenguas con sus debidas precauciones. Nada. Me ausculto, midió la presión, la temperatura, y esas cosas que a los doctores les gusta hacer. Nada otra vez.

Parpadeo y con gran solemnidad me dijo lo que ya sabía: “Señorita tiene usted bulimia anímica y va vomitando silencios con verborrea” Me miro con ojos de circunstancias, me paso un teléfono con el nombre de un psicólogo y me llevo a la puerta.

Después de mucho rumiarlo he pensado que nadie le explico jamás a ese doctor que la enfermedad es la suma de todos los suicidios no cometidos. Quizá esta enfermedad ha sido el más grande suicidio de todos. Pero al revés. Es como si todo este silencio hubiera empezado a desvanecerme y hubiera dejado de ser real. Yo siento que necesitaba vomitarlo todo porque solo intentando nombrarme y nombrar el mundo me era posible despertar de este largo sueño de los muertos vivientes. Quizá este suicidio ha sido a la vez, el más grande despertar de todos, pues ha sido morir el suicidio de una vida no vivida, y el fruto con el que enterramos esta muerte ha sido el nacer de una vida despierta.

lunes, 16 de mayo de 2011

Sobre las cicatrices

Javier tiene una cicatriz que es una boca. Tiene grandes y carnosos labios rojos. Se abre y se cierra. Se cierra y se abre. Pero nunca había hablado antes. Nunca. Hasta hoy. Hoy ha hablado la cicatriz, hoy la cicatriz ha sido una boca más que nunca: unos labios que cuando hablan se hacen y cuando beben se mojan.

Empezó con un gruñido, luego otro y otro, como un balbuceo. Y al principio el no entendía nada. Al principio tuvo miedo al ver ese precipicio que se estremecía y lo llamaba. Pero la boca le dijo que había venido a decirle que no era una cicatriz cualquiera. Vino a decirle que era una cicatriz de guerra, porque todo el país -todo el- era también una herida de guerra. Vino a decirle que vino porque desde hacía mucho tiempo se venía desvaneciendo y tenía que contarle su historia para que no se borrara. Vino a decirle que las cicatrices se llevan con orgullo porque las cicatrices son también los lugares donde el cuerpo se tatúa la historia, donde la piel se vuelve poema.

Javier tiene una cicatriz que es una boca y le cuenta su historia. Tiene una cicatriz que es una boca que antes vomitaba rabia y que un día empezó a recitar poemas. Javier tiene una cicatriz que le explica que es una boca porque toda ella es una fosa. Tiene una cicatriz que es una fosa y que es cada fosa en la que enterraron a los muertos de esta guerra.

Javier tiene una herida de guerra que es la fosa en la que enterraron a Juan y a otros treinta y cuatro mil hermanos. Tiene una herida de guerra que sangra, pero que también habla. Tiene una herida de guerra que le ha dicho que hay que olvidar a los muertos como la tierra los olvida, que es con frutos.

La herida de Javier también dice que hay que intuir el accidente que esta guerra como una reestructuración del ser, que hay que entender el arte como una sanación de la herida. Dice que eso se puede si entendemos a las calles como mapas, como espacios de diálogo entre los habitantes. La herida de Javier, que es la herida de todos, porque es una herida de guerra, dice que hay que transformar las calles en el ejercicio de convivencia de todas las ciudades posibles, y luego hacer lo mismo con el país, para que la reestructuración ciudadana sea el fruto con el que enterremos a esta muerte colectiva que ha sido la guerra.

Javier tiene una cicatriz que es una boca; una boca que canta y convoca.

sábado, 7 de mayo de 2011

Vagas nociones

( Y ya después note que este ya lo había subido, pero no supe como borrarlo. Usté disculpe)


A veces nos despertamos con la vaga noción de que se nos escapa algo. Nos desperezamos a la triste perspectiva de un territorio devastado. Y abrimos la boca –esa herida tan grande- por donde nos supura la rabia, y nos desbordamos como un rio.

Tenemos muchas heridas –miles- y las atesoramos bajo el marco de pequeñas cicatrices. Las cargamos con honor, porque nos cuentan una historia, nos dicen quienes somos. Pero la boca no. La boca es diferente. Es una herida tan grande, tan dolida que parece que nos devorará por completo. Es una herida tan inmensa, tan profunda que podría matarnos.

Por eso a las bocas se les trata con respeto, se les habla suavemente, y con la piel. Se les besa diariamente, para que no mueran de soledad, de rabia. Y al amanecer, cuando la herida se nos abre y se revuelca intranquila sobre la telaraña del sueño, buscando algo que se le escapa; nosotros nos acercamos sigilosamente y con un beso vamos encauzando nuestras ausencias, vamos transformándonos en presencias. Nos recordamos que un abrazo es una casa, y nos dejamos envolver por esa molesta y adictiva sensación de calidez. Nos dejamos arrullar dentro de ese abrazo.

A veces nuestros sueños se enlazan como se enlazan nuestros cuerpos y nuestras bocas heridas mientras dormimos. A veces, entre sueños recordamos cuanto nos amamos, y nos lo contamos a ronquidos. Luego el amanecer, luego las alarmas, luego la niebla aún entre los ojos. Luego el horror, el instante del choque en el que se separan los cuerpos Y entonces la vaga sensación de algo que se nos escapa. Entonces la soledad en formatos cuadrangulares, entonces la triste perspectiva de desperezarse a un territorio devastado por nuestra larga ausencia.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Yo soy el rincón

Soy una ciudad que nadie habita. Las calles de mi cuerpo nadie las recorre. Nadie escribe mensajes en mis muros, ni se besa jamás en el umbral de mis farolas. Nadie llama nunca a mis puertas, ni nadie pronuncia jamás mi nombre. Nadie deletrea mi destino. Mis jardines nadie los cuida. Mi milpa y mi tierra nadie la siembra. Mis caminos nadie los desanda. Mis bosques nadie los explora. Mis ríos nadie los navega. Mis aguas nadie las bebe. Y se me marchita la esperanza, se me descomponen los llamados, mientras se me fermentan los mañanas en la punta de los besos. Se me secan las ganas. Todo en mi se muere. Algo en mi nace. Es algo salvaje. Algo herido y oscuro. Algo indomable.

Soy una ciudad que nadie había. Nadie. Se fueron uno a uno, o en montones, se fueron huyendo, o mirando atrás, se fueron porque querían, porque ya no podían quedarse, porque tenían que irse, porque los fueron. Pero todos se fueron. Y no siempre fue así. No se crea. No siempre mi cuerpo fue una triste ciudad fantasma. Antes hubo aquí mucha vida, mucha gente.

Y no eran pobres, pero no tenían más que su esperanza. Por eso cuando clausuraron la mina de mañanas y la embotelladora de promesas, uno a uno se fueron marchando. Era de esperarse, les arrebataron su esperanza sin más, y después de eso todo fue de mal en peor. Desde entonces nada es igual. Desde entonces los que antes recorrieron mi espalda, quienes escalaron por mis muslos, resbalaron por mis pechos; no vienen más.

Soy una ciudad que nadie habita, y sueña que se hace un día habitable. Pienso. Pienso muchas cosas mientras espero que alguien venga. Pienso en como los desagües son los intestinos de las casas, pienso en como las casas son los lunares de las ciudades. Pienso en como las ciudades son amantes que recorremos y mientras recorremos vamos leyendo; intentando reconocernos a nosotros mismos en tantas largas noches de insomnio escuchando el goteo de los desagües.

Sueño. Sueño que alguien viene. Que escucho mi nombre traído a gritos por el viento. Sueño que un abrazo me envuelve. Sueño que un abrazo es una casa. Corrijo, un abrazo es un hogar, un par de paredes, piedras, que se apretujan y se arropan bajo el abrazo del calor humano. Soy una ciudad que nadie habita, pero que entre sueños y a ratitos se hace habitable.

Insomnio, parte 4

(O la triste realidad de despertar a media tarde en la sala de computo)

A veces nos despertamos con la vaga noción de que se nos escapa algo. Nos desperezamos a la triste perspectiva de un territorio devastado. Y abrimos la boca –esa herida tan grande- por donde nos supura la rabia, y nos desbordamos como un rio.

Tenemos muchas heridas –miles- y las atesoramos bajo el marco de pequeñas cicatrices. Las cargamos con honor, porque nos cuentan una historia, nos dicen quienes somos. Pero la boca no. La boca es diferente. Es una herida tan grande, tan dolida que parece que nos devorará por completo. Es una herida tan inmensa, tan profunda que podría matarnos.

Por eso a las bocas se les trata con respeto, se les habla suavemente, y con la piel. Se les besa diariamente, para que no mueran de soledad, de rabia. Y al amanecer, cuando la herida se nos abre y se revuelca intranquila sobre la telaraña del sueño, buscando algo que se le escapa; nosotros nos acercamos sigilosamente y con un beso vamos encauzando nuestras ausencias, vamos transformándonos en presencias. Nos recordamos que un abrazo es una casa, y nos dejamos envolver por esa molesta y adictiva sensación de calidez. Nos dejamos arrullar dentro de ese abrazo.

A veces nuestros sueños se enlazan como se enlazan nuestros cuerpos y nuestras bocas heridas mientras dormimos. A veces, entre sueños recordamos cuanto nos amamos, y nos lo contamos a ronquidos. Luego el amanecer, luego las alarmas, luego la niebla aún entre los ojos. Luego el horror, el instante del choque en el que se separan los cuerpos Y entonces la vaga sensación de algo que se nos escapa. Entonces la soledad en formatos cuadrangulares, entonces la triste perspectiva de desperezarse a un territorio devastado por nuestra larga ausencia.

domingo, 1 de mayo de 2011

Aclaraciones

(Yo, como soy bien chafa, me robe una idea del ciervo vulnerado y escribi una historia más chafa que yo)


Le he dicho que no. Mil veces no. Le he dicho que no, que por ahí no va la cosa. Que uno no puede crear solo la vida y después las ganas. Le he dicho que no solo de pan vive el hombre, pero no hace caso. Dios es así. Terco.

He enviado miles de cartas al buzón de quejas. He sobrevivido al limbo de las líneas de atención y aclaraciones al cliente. Me he formado en tantas filas y he hablado con tantos gerentes y asesores que ya soy parte del inmobiliario. Me he quejado mil, dos mil, ocho mil veces, de todas las formas posibles, y nada.

La respuesta es siempre la misma: Las ganas de vivir se venden por separado…

Y yo vuelvo a la casa a consolar la vida que se me empolva en el sillón.