jueves, 7 de febrero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Nochixtlán-Oaxaca


DIA 6 NOCHIXTLÁN-OAXACA


El último día la idea era salir a las 7, pero la lluvia empezó a caer desde las seis, despertándonos con su ruido sobre el techo del cuarto. La verdad es que no se nos antojaba ni tantito salir de las cobijas al abrazo de la lluvia tan temprano. Así que decidimos esperar a que pasara. La espera duró casi hasta las diez, mientras nos refugiamos en los pasillos del hotel y desayunábamos la avena súper energética de Seth y atole para calentar el cuerpo.
Para la ruta del día teníamos la opción de tomar la autopista de 65 km o la federal con más de 90. Elegimos la federal porque nos recomendaron ampliamente los paisajes y porque queríamos mantener la calma que había caracterizado al resto del viaje.
El inicio de la carretera no era nada alentador. El asfalto estaba más que deploraba e iniciaba con una subida bastante empinada que, por unos breves segundos nos hicieron reconsiderar la idea de ir por la autopista. Pero el cielo empezaba a aclarar y ya estábamos ahí, en el último día. Teníamos que rodear el cerro del Orangután y habríamos salvado la subida más difícil. Pero ninguno tenía claramente esa forma, así que no sabíamos cuando terminaría la suida.
Así nos internamos en dos cerros inmensos y pedaleamos. Pronto note que a mí ya me empezaban a pesar los kilómetros y que simplemente no podía seguirles el paso. Tuve que aplicar la de no pensar ni ver al frente, solo pedalear durante un buen tramo. Pero el paisaje era tan bello, con el valle abriéndose debajo de nosotros y las nubes coronando el cielo, que no lo logre.



Paramos en la desviación a la virgen de Juquilita, donde había un arco con flores y muchos pinos, mientras un señor araba el suelo en su parcela. A partir de ese momento nuestro camino fue por sobre las nubes, mientras íbamos cruzando por la cima de los cerros rebosantes de pinos.
Después de un rato nos paramos por la chela mañanera y la señora nos dijo que estábamos a hora y media de Oaxaca, mientras Martín (que el día anterior había tratado de convencernos de pedalear más) juraba que ya llegábamos a la Herradura.
Seguimos pedaleando, yo me quede atrás un buen rato, mis piernas ya no corrían pero no me importaba. Las montañas estaban cubiertas de pinos y el camino olía a resina, y yo me sentía muy feliz. Era una alegría inusual que me envolvía por dentro. Después estuve un rato pedaleando con Seth, los dos al pasito, nomás platicando por el camino desierto que emanaba una paz más allá de todo lo que he sentido antes. Decidimos que era el regalo del camino por el esfuerzo extra.



Subimos durante mucho tiempo, hasta que encontramos a todos en la cima. Fue como si nos hubiéramos muerto y hubiéramos ido al cielo. Estábamos en las nubes y abajo se extendía la cañada y el bosque, todo verde muy intenso. Nos quedamos mirando sin aliento. Era uno de esos lugares donde podrías quedarte sin hacer más que comer con los puros ojos. Pero tuvimos que irnos por temor a que las piernas se nos durmieran y no pudiéramos despertarlas de nuevo.  Elegimos otro pico en el horizonte y acordamos parar ahí. El camino sabía a gloria, las subidas no pesaban nada y decidimos aprovechar nuestro momentum para llegar hasta la siguiente tiendita. 



Ahí el niño que nos atendió juraba que solo quedaba una subida y de ahí pura bajada hasta Oaxaca. Otra gran mentira. Todo mundo iba mentándole la madre a Martín por tratar de hacernos seguir de noche. Habían pasado casi cuatro horas desde que habíamos salido y todavía no había ni rastros de la Herradura. Esta vez sí nos costó la subida, venia agotada cortando camino por las curvas y me echaba porras mentalmente. Mi meta era llegar a la Herradura, parar a comer y entonces sí, llegar a la tan anhelada bajada que nos venían prometiendo desde Tres Marías.
Seguimos y nada que pasamos por la Herradura. Nos paramos en otro pico a ver la cañada y a descansar. Intentábamos ver a lo lejos el valle de Oaxaca o por lo menos un pueblito donde parar a comer. Hasta que por fin… la bajada!




 Fueron casi treinta kilómetros de pura bajada rodeando entre los cerros. Entre el viento, el sol y el paisaje, la felicidad nos invadía. Íbamos volando y nos sentíamos invencibles. Hasta que en una curva en la que me abrí demasiado casi me estampó contra un tráiler que venía subiendo. Pero la adrenalina no hizo más que llenarme de una risa nerviosa que me duró hasta llegar al final.
Nos paramos hasta llegar a una subida pasando la intersección con la autopista. Por un momento nos sentimos nuevamente tentados. Pero decidimos mejor seguir y solo parar a comer en el entronque a Huitzo. Llegamos a una fondita donde venían tlayudas y nos sentíamos en la gloria. Nos atascamos agregando una ración de espagueti, cerveza y agua de tuna y café.
Después de eso y aunque nos faltaban treinta kilómetros, la vida tenía otro color. Entramos a una zona de columpios pasando por varios pueblitos. Ya no quedaba casi nada de pendiente y volábamos emocionados. En media hora pasamos los letreros de Oaxaca 20, 16, 14, 12 y de pronto, Bienvenidos a Oaxaca.



Pero todavía había que llegar al centro. 8 kilómetros que me costaron lo que me sobraba de energía en las piernas. Por fin, llegamos a la catedral donde claro, teníamos que tomarnos la foto oficial y luego fuimos a la bienvenida del congreso en la Casa de la Ciudad.









Ahí nos recibieron con felicitaciones y con más mezcal. Y Jessi, una chica de Oaxaca nos tenía una gran sorpresa. No solo nos consiguió hospedaje a todos (y a otros dos chicos que venían pedaleando desde Mazatlán), sino que consiguió una camioneta para subir las bicis, cosas y personas directo a la casa. Yo la ame. Jessi demostró la calidad de la hospitalidad oaxaqueña y a Sandra y a mí nos dejó su cuarto en su casa, y a los chicos les consiguió otro cuarto.
Habían pasado seis días, casi 500 kilómetros, muchas subidas y muchas cervezas junto a ocho desconocidos en un viaje inolvidable. Y cada kilómetro y cada rodada fue una lucha contra mí misma, contra mis miedos y mis límites mentales. Una batalla contra el miedo a la soledad, a la violencia que azota el país, a la noche, a lo desconocido, a los perros, a no poder, a las carreteras... Una batalla por aprender a dominar mi cuerpo y a aprender a respirar, a estar sola. Como dicen por ahí, yo viajo para conocer mi geografía.


PD: Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Martin, Paco, Sandra, Alex, Roberto... 



domingo, 3 de febrero de 2013

Rodada rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano: Huajuapan-Nochixtlán


DÍA 5 HUAJUAPAN-NOCHIXTLAN



Nos despertamos con las pláticas motivadoras del couch-ingeniero-fotógrafo oficial del grupo, Roberto, “ora si cabrones, hay nomás de una, o se chingan o se aguantan” y otras épicas frases de este tipo. Mientras, Seth, nuestra mamá gallina o papá oso, como él prefiere, nos preparó una deliciosa avena con plátano calentada en las maravillosas estufas de lata dentro del cuarto.
Salimos a enfrentarnos a poco más de 90 km de subidas. Yo intentaba darme mis propias pláticas motivacionales, y me esforzaba mucho en lavarme el cerebro para convencerme de que si podría. Me repetía, hoy dejas todo y mañana nomás salvas el orgullo, hoy es el día.
Por suerte el día estaba amable, ligeramente nublado e ideal para subir y rodear el cerro. Subimos un buen tramo, cada quien concentrado en lo suyo, yo muy ocupada repitiéndome que si podía. Hasta que llegamos a la cima. Nos detuvimos y a falta de chelas y ante la inmensidad de las subidas por venir, nos dimos nuestros buenos tragos de mezcal pechuga, ya saben, Porque te da alas.




 Yo acababa de descubrir la tercera estrella delantera y sentía que volaba. Y así subimos, inspirados por el mezcal, entre descanso y mezcal y carrilla y las risas, en la inmensidad de la sierra y el despoblado absoluto. Horas y horas sin ver un solo pueblo, sin nada más que la montaña extendiéndose hasta el infinito y grandes masas de verde formándose en cuanto salíamos de la anterior.





Por fin estuvimos ante el entronque a un pueblito cuesta abajo, pero entre la hueva de volver a subir lo que tendríamos que desviarnos y que Seth no aparecía, decidimos seguir de largo y esperar más adelante. Esta vez el oasis fue un árbol de aguacate a la orilla del camino. Era un lugar fresco, desde el que se podía oír el sonido de un rio cuesta abajo.
Era un rio amplio y caudaloso, muy revolcado que parecía chocolate derretido. Nosotros esperamos a su lado y entramos en un estado de meditación muy elevado influenciado por el murmullo del agua. Roberto se quedó dormido en una rama del aguacate y Sandra en una piedrita más abajo. Yo me quede despierta, como flotando en una marea de pensamientos sin sentido que iban y venían sin terminar de formarse del todo. Delicioso.



Alex nos rescató de ese sopor en el que llevábamos casi una hora sumergidos. A mí me dio risa, se me figuraba a esas historias míticas donde los viajeros caen en una trampa mortal al ser seducidos por el arrullo delicioso de un rio o el canto de unas sirenas. Como sea, fue mágico y exquisito, y logramos seguir nuestro camino para esperar a Seth más adelante en una tienda.
Nos paramos poquito más arriba, siempre siguiendo el murmullo del agua, hasta un lugar donde aparecía un canal de agua que regaba las milpas. Obviamente ahí nos detuvimos a lavarnos la cara y pies. Yo estuve un buen rato chapoteando los dedos de los pies, hasta que un camioncito de jugos nos informó que el próximo pueblo estaba a unos quince minutos.



Subimos desesperados y en el primer lugar que vimos Roberto se paró a buscar comida. No había. Yo no sabía cuanta hambre tenía hasta ese momento. Y de pronto me llegó en oleada salvaje una sensación de hambre desbocada; el peso de los kilómetros rodados y la desesperación por la hora del día y los kilómetros faltantes me invadieron súbitamente.
Eran casi las dos cuando llegamos al centro de Tamasulapan, un pueblito con una plaza muy bonita y muchos árboles, lleno de vida y un letrero que señalaba una terracería y decía “Chilapa 20”. Por indicaciones del señor de la tiendita fuimos a comer al comedor Noemi. Ahí comimos desde chiles rellenos y milanesas, hasta mojarra frita.
En el lugar había una mesa muy grande con un montón de tarjetas que los visitantes, en su mayoría camioneros, habían dejado. Nosotros obviamente no quisimos quedarnos atrás y también hicimos la nuestra.  Fue una tarjeta colectiva que dibujamos en una servilleta, con  una imagen de nosotros subiendo las montañas, un retrato de Seth que hizo el couch y las firmas de todos.
Después de comer ya no podíamos movernos y nos quedamos en el parquecito reposando la comida. Yo por fin, con la panza llena y un mensajito que decía, “animo, igual el cielo es el mismo en todos lados”, me había relajado respecto al tiempo y los kilómetros faltantes.
Salimos poquito antes de que se soltara la lluvia. Estuvo deliciosa y refrescante, ni muy muy, ni tan tan. Además el camino era recto y con poca pendiente, poblado a las orillas con varios asentamientos (todos los que no alcanzamos a ver en la mañana). Así  los campos, las milpas, las casas y los perros que nos ladraban al pasar, se fueron quedando atrás.
Nos paramos en una gasolinera quien sabe porque y seguimos adelante subiendo, subiendo, hasta que la lluvia paró y pasamos del frio al calor de los cuerpos mojados. Siempre con la fiel misión de no dejarnos enfriar recurriendo a tragos y tragos de mezcal. Hasta que claro, todas las botellas dieron lo suyo y solo quedó la mía para cumplir con tan honorable misión.
Anduvimos subiendo un rato más, pero un lugarcito donde vendían chocolate nos llamó la atención. Y lo que había sido solo una parada técnica para ir al baño se convirtió en un descanso para tomar chocolate con pan.  Fue la taza de chocolate caliente más rica de mi vida, y combinada entre trago y trago de mezcal hizo maravillas para aislar el frio que la ropa empapada empezaba a calar.
Ahí tuvimos disonancias con Alex que no quería viajar de noche y se nos adelantó. Yo tenía mis reservas sobre ese tema, pero ante la filosofía de Sandra, “¿Te espera alguien adelante?” y el mensajito de la comida, perdí toda prisa y me dedique a disfrutar el momento.
Nos fuimos con la promesa del señor de la tiendita de que ya faltaba nomás una subidita y ya, pura bajada. Claro, eso venía diciendo la gente desde Tres Marías. Dejamos a Paco tomándose otra ronda de café con tequila y subimos y subimos a un paso muy disfrutable para que Paco nos alcanzará fácilmente.
Por fin, volvimos a entrar a las montañas y a las curvas. Era delicioso, con la última luz del día que lo teñía todo de dorado, el viento fresco y las montañas insinuándose azules en el horizonte. Algo había entre el fresco y la energía nocturna, que subimos y bajamos sin sentir los kilómetros en las piernas. Nomás paramos a media montaña porque a Sandra se le ponchó la llanta. Por suerte con ayuda de Roberto, todo estuvo listo en minutos y pudimos seguir esta vez  en pura bajada entre la penumbra de la noche.
Fueron como diez minutos de pura bajada entre las sombras, sintiendo el camino e intuyendo el destino, hasta que llegamos al valle y a un pueblito con unos arcos inmensos en la entrada. Yo sufrí una gran desilusión al ver que todavía no era Nochixtlán sino Santo Domingo. ¡Faltaban todavía unos veinte kilómetros!
Para entonces ya no se veía nada, era pura recta con uno que otro columpio y un valle inmenso en el que tristemente, no se alcanzaba a ver Nochixtlán por ninguna parte. Martín me prestó su luz para ayudarme a ver, pero igual no veía mucho. Fui un buen tramo siguiendo ciegamente el parpadeo de su luz roja delante de mí.



De pronto me volví a sentir insoportablemente cansada, y ese cansancio se reflejaba no en las piernas, sino en mi nivel de torpeza. Me empecé a quedar atrás, y Roberto y Paco tuvieron que cuidar de mí. Pero su atención me hacía sentir más torpe y ser aún más torpe. En alguna bajada a Paco se le acabo la línea blanca que venía siguiendo y casi se salió del camino. Cuando maniobro para volver a meterse, casi nos estampamos. En respuesta a eso, Roberto me prestó su luz que alumbraba un poco más, y seguimos rodando por una subida larga, con la luna de frente y los perros ladrando. Finalmente llegamos a la entrada de Nochixtlán, que disfrutamos a lo grande.



Alex ya estaba en el centro y nos mostró un hotel de 50 por persona. Nos preguntó si queríamos verlo, pero Sandra y yo solo queríamos tocar cama y nos quedamos ahí. Los chicos, que no parecían humanos estaban llenos de energía y consideraban la posibilidad de seguir rodando hasta un pueblito llamada la Herradura, que según estaba a media hora de pura bajada. Pero al final decidieron acampar frente a la comandancia.
El hotel estaba genial. Era un edificio de 1921 al estilo de la típica arquitectura colonial, de un corredor con cuartos y varios arcos, un patio al centro y un patio trasero donde estaban los baños, una fuente y un pozo de donde sacaban el agua. Los cuartos no tenían llave, se cerraban por dentro con una tranca y tenían su lavamanos y su jarrita de peltre con agua para asearse. Tenían un catrecito, una mesita y un cuadro de feliz año nuevo con el dibujo de una chica alegre en alguna playa en 1979. Por supuesto, yo caí dormida como tronco nomás al tocar la cama. 

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 

jueves, 31 de enero de 2013

Rodada rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano: Acatlán-Huajuapan


Día 4 Acatlán de Osorio, Puebla-Huajuapan de León, Oaxaca


La Dueña, Sofia, nos preparó un desayuno increíble, listo en la mesa antes de las seis y media; chilaquiles con huevos, frijoles y café. ¡Gloria! Salimos entonces bien comidos y bien pesados, a lo que dijeron, seria uno de los días más difíciles.
Yo me mentalice toda la noche para darlo todo, y Roberto nos levanto con una parodia de discurso de entrenador, diciendo el día de hoy tienen dos opciones, o se chingan o se chingan, y  a partir de entonces lo nombramos el couch del grupo, y al viaje, el chingados tour.
Para entonces ya no estaban Normal, ni el Poblano. El chico dijo que se había lastimado un musculo del muslo, por lo que de ahí en adelante lo conocimos como Miss Puebla. Los que quedamos empezamos el día subiendo y cruzando un mar de montañas cónicas y enormes, de un verde muy vivo.
En una parada a la mitad de la subida Alex encontró una piedra en forma de corazón verde. Así empezó la carrilla de Ternurita, y el tour de amor y los ternuritas presenta, como si se tratara de un grupo musical de esos que tocan en los pueblos.
Después seguimos subiendo a lo largo del cauce de un rio medio seco. El paisaje estaba lleno de órganos, magueyes, cactus y arbusto, en un mar de verde seco que se sucedía infinitamente. También se escuchaba el agua brotar del cerro y caer en los acotamientos. Seth aprovechaba esa agua para rellenar sus botellas, y aunque se sentía dudoso de las pequeñas partículas flotando, juraba que era el agua más deliciosa del mundo. 


Paramos en la tiendita en la punta de un cerro, ahí descansamos y Martín se quedó dormido. Todos menos Seth nos adelantamos esperándolos en la siguiente tienda a la sombra de otro árbol en la cima de otra montaña. El lugar estaba frente a una refaccionaria que se traía una buena fiesta con el ritmo de los doors a todo volumen.
Nos surtimos de un chocolate delicioso en la tienda, donde la señora nos juró que ya nomás nos faltaba una subidita y de ahí pura bajada. Tratamos de inspirarnos con la  cadencia de los doors y olvidar por un momento la tonada de Baloo, “busca lo más vital, nomás, lo que hay que precisar nomás, mamá naturaleza te lo da…” que Roberto y Seth incorparon como nuestro himno en los primeros días.
Subíamos una hora y bajábamos cinco o tres minutos. Pasamos Petlalcingo, un pueblo pintoresco enclavado en la sierra. Desde el camino se veía su iglesia con torres como de cantera y una desviación en la carretera muy hermosa, con kiosko y un arco triunfal.

Finalmente, una vez que estuvimos en la punta de la sierra y simplemente no había más lugar para subir, bajamos a un valle amplio, rodeado de campos de cultivo. Nos paramos en la primera tiendita a hidratarnos con más agua y cervezas. Era un buen oasis, un lugar con varios arboles de tronco grueso y ramas grandes y trepables donde podías sentarte cómodamente. Ahí me trepe y me quede dormida un rato. Roberto se encariño con los perros del lugar y se quedo dormido en el pasto a la sombra del árbol.  Ya se vislumbraba en la siguiente subida el letrero de bienvenidos a Oaxaca.

Seguimos ese letrero que estaba a tan solo una recta inclinada de nosotros. No podíamos disimular el placer que eso nos producía. Llegamos flotando al letrero de “Buen viaje, termina Puebla”  y nos paramos a la mitad de la carretera por la foto del momento. Roberto hasta se tiró al piso mientras le echábamos aguas pa sacar la toma precisa.  Lo mismo en el letrero de Bienvenidos a Oaxaca. Curioso el cambio en el terreno nomas cruzando ese letrero, a partir de entonces las carreteras estarían hechas una desgracia, un poquito más y más a cada paso que avanzamos. 


Seguimos el camino,  subiendo y bajando, cruzando valles y llegando a Huajuapan a eso de las cinco. Yo estaba agotada y solo quería quedarme tirada en cualquier lugar. Mi rodilla empezaba a dolerme. Pero en vez de eso estuvimos buscando lugares un rato antes de quedarnos en hotel junto al IMSS, de a 50 por cabeza. En fin, que fuimos a comer a una fondita con uno de los arroces más ricos que he probado y nos abastecimos de mezcal. Primero la idea fue comprar uno para la noche y otro para el camino. Pero de vuelta al  hotel mientras Seth consultaba su oráculo y nos asustaba con la altimetría y las distancias, consideramos que era mejor abastecernos ampliamente. Hasta que al final salimos cada quien con su pachita de mezcal pechuga. Una ganga por solo 20 pesos la botellita  pintada a mano y toda la cosa.
  

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 


miércoles, 30 de enero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Izucar-Acatlán

Día 3. Izucar de Matamoros, Puebla-Acatlán de Osorio, Puebla


 Salimos a las siete de la mañana, con el fresco del aire y el cielo nublado. Muy pronto nos enfrentamos a una subida de unos diez kilómetros en los que escalamos una montaña inmensa. Le dábamos vueltas y vueltas sin terminar de subir. Lo peor es que uno siempre tenía la esperanza ilusa de que tras la siguiente curva vendría un descanso, pero nada. Incluso había bajadas, o tramos que parecían bajadas, pero que en realidad se sentían como subidas pesadas y desmoralizantes.
Hasta que al fin llegamos a la cima y simplemente no había más lugares a los cuales subir. Sin embargo el camino nos preparó una última prueba para probar el carácter. Justo antes de la cima había una brecha que cruzaba derecho y de bajada al otro extremo de la montaña. Claro nomás que ya estando allá te encontrabas con que había que cruzar un vado inundado.
Yo me resistí la tentación y rodee hasta la orilla donde ya había gente del grupo, y de premio;  el paisaje. Por un lado, la vista de la sierra y un gran valle, cadenas de montañas, una detrás de la otra, detrás de la otra, en un mar de verdes y azules que se insinuaban en el horizonte. Y del otro lado, la última vista del Popocatepetl a lo lejos, pequeñísimo, casi desapareciendo a lo lejos.


Seguimos la ruta, y como todo lo que sube tiene que bajar, disfrutamos de un par de kilómetros de bajada. Una delicia, como un brazo abriéndose paso en el agua eran nuestros cuerpos, cortando toda la sierra en un carnaval de verde desbordándose a nuestro paso, montañas y arboles y piedras quedando atrás irremediablemente.
Después más subidas hasta llegar a Tehuitzingo, un pueblito donde paramos a desayunar. Teníamos tanta hambre que ni siquiera nos esperamos hasta llegar al centro del pueblo. Nos paramos en el primer lugar que vimos y pedimos orden de huevos a la mexicana para diez.  Le hicimos el día a la señora de la tiendita entre la comida, la botana, el agua y las cervezas.
Claro que después de comer y viendo el sol de mediodía azotar el asfalto nadie quería moverse. Así que nos echamos en el piso un rato y dejamos que pasara un poco. “El sol ahí va a estar siempre,  todo el día y también mañana, y así durante mil años”, dijo Alejandro desesperado por arrancar. Y ante semejante lógica no hubo mas que continuar subiendo y bajando a lo largo del camino. Hasta que Alex encontró un arroyo a lado del camino.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos todos con los pies adentro, lavándonos la cara y el cuerpo. ¿Y por qué no? Alex de plano olvido toda su prisa y se metió totalmente, hasta empezó a construir una presita para que se hiciera más hondo. Al rato ya había gente lavando ropa, gente acostada con las piernas en el agua y gente jugando con las piedras del rio.  



 Pero empezó a llover y nos fuimos a refugiar rio adentro (gran idea) debajo del puente de la carretera. Mientras decidíamos que hacer, Alex nos dio carne seca para entretener los dientes y la tripa hasta que pudiéramos seguir.  Para entonces ya habíamos perdido a Norma que pedaleo valientemente hasta la mitad de ese día, cuando tomó un aventón hasta Acatlán.
Esperamos un rato en lo que paso la lluvia y nos fuimos. Para finalizar el día nos tocó una subida inmensa que parecía no terminar jamás. Pedaleamos por horas hasta que en la cima encontramos un letrero que decía: Nuevos Horizontes. Já!

Ahí paramos forzosamente por unas chelas y comida. Sandra y Alex ya estaban apalabrando el hospedaje ahí mismo. Fue una parada deliciosa en la que cabuleamos todo lo pedaleado, y ya después bajamos todo lo subido. Llegamos a Acatlán antes de que oscureciera. Norma nos esperaba en el parque y ya había conseguido varias opciones de hospedaje.
La mejor opción fue un cuarto en una vecindad, nueve personas por $15 cada quien. El lugar era un edificio colosal de cuatro pisos y decenas de cuartos con baños comunales y un desayunador del que colgaba un letrero con todas las prohibiciones, firmaba LA DUEÑA.
La Dueña era una viejita de armas tomar, con unos ojos muy verdes y una curiosa mezcla de amabilidad y rudeza. Nomás rentaba los cuartos por mes pero nos hizo el favor para pasar la noche y accedió a prepararnos un desayuno energético a las 6 de la mañana.
Por la noche dimos la vuelta en el centro y cenamos en un lugar de tacos. Yo me puse ridículamente feliz porque vendían licuados y acompañaban los tacos con papas y nopales. Dormimos en el cuarto todos y con las bicis adentro, nomás nos faltaba haberlas abrazado. 

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 

martes, 29 de enero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Cuautla-Izucar


Día 2. Cuautla, Morelos- Izucar de Matamoros, Puebla



Llegando a Cuautla se nos unieron dos miembros más; Sandra y Seth. Sandra con su bicicleta de nombre Clarabella y sus alforjas azules que vería durante horas y horas de pedalear detrás de ella.  Seth con su bici de estilo militar como le dicen algunos, sin alforjas pero con pequeñas bolsas en el marco y en las llantas, así como su siempre presente librito con su oráculo mágico con el que nos adivinaría las distancias y la altimetría de cada camino.
Salimos después de desayunar en un mercadito, y el día nos consintió con una gran imagen del Popocatepetl y el pico nevado del Iztacihuatl en el horizonte. El camino fue de lo mas agradable, con algunas subidas y muchas rectas, a lo largo de valles amplios con campos de cultivos a los lados y las montañas a lo lejos.
Sandra encontró un buen oasis, una tiendita con mucha sombra y arboles a orillas de la carretera. Ahí brindamos con una cervecita para la calor, y así Sandra se convirtió en nuestra brújula para encontrar oasis, con las mejores sombras, los mejores paisajes y las cervezas más frías. Iniciando nuestra cata de cervezas a lo largo de diferentes pueblitos desde Morelos a Oaxaca.
Rodrigo nos dejo antes de llegar al oasis, porque se jodió la rodilla con tanto peso en las alforjas o algo así. Nosotros seguimos el camino ya bien frescos. La ruta era hermosa, con el valle de los campos transgénicos y montañas de formas eclécticas al frente. 


Yo me aventé con Roberto una persecución de varios kilómetros sin que pudiera verle ni el polvo. Sin saberlo, atrás de mí, Alex y Seth venían persiguiéndome en una carrera  de la que nadie sabia. Hasta que entramos a una zona de pequeños columpios en la que sentíamos que íbamos volando, subiendo y bajando, en la que encontramos a Roberto detenido por una llanta ponchada.
Aprovechamos la parada para descansar y ver pasar a las cabras en el camino. Y seguimos a lo largo de pura recta hasta llegar al siguiente oasis: una tiendita en San José Lico, enfrente de un campo de futbol donde un grupo de niños nos entretenía con un partido de beisbol.


 Ese fue el día más sencillo de todos, con subidas simples y bellos paisajes con las montañas a lo lejos. A eso de las tres ya estábamos en Izucar de Matamoros, ni en cuenta de en que momento dejamos Morelos. 
Izucar es un lugar más o menos grande, pero no conocimos más que el centro. Pasamos horas decidiendo si quedarnos ahí o avanzar hasta el siguiente pueblo donde nos prometían unos balnearios deliciosos. Se nos hizo tarde en la indecisión. Rodrigo que había llegado horas antes ya estaba instalado en un hotel junto con un chico nuevo de Puebla.  Terminamos Seth y yo yendo de cicloembajadores con los de Protección Civil para pedirles refugio. Nos dejaron acampar frente a la comandancia, pero “hasta las 8, 9, o saben que, mejor a las 10”.
Mientras ocupamos el parque frente al mercado. Comimos pozole y tacos y nos apoderamos de un pasillo entre bicis y cosas. Seth sacó un par de estufas mágicas que el mismo construye con latas de coca de las más pequeñas y frascos de desodorante. Con esas maravillas calentamos agua, Sandra sacó una bolsita de café, alguien fue por pan, y listo! Nos quedamos desperdigados por ahí hasta que empezó a llover y tuvimos que refugiarnos bajo los arcos de la comandancia, en lo que pronto seria nuestro campamento. Matamos la tarde bebiendo te y café con pan, viendo la llovizna caer y los carros pasar.




(Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Roberto, Alexandro, Sandra, Alicia, Pako, Marc Bernon) 

lunes, 28 de enero de 2013

Rodada rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano 2012 (México-Oaxaca)


Aquí las postales sobre la rodada de un grupo de locos que no se conocían, que se hicieron amigos durante una rodada de 6 días rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano en Oaxaca. Esta es la historia de un recorrido de casi 500 kilómetros por la sierra en bici. 

Día 1.  Ángel de Independencia, DF-Cuautla, Morelos

La cita era a las 8, y salí de la Del Valle un poco antes con mi mochila de camello y un mapa hecho en una servilleta. Me perdí un poco justo antes de llegar, pero logré llegar a tiempo. El Ángel estaba vacío. Solo había un chico, reconocible a lo lejos por su bici con cinco alforjas y una de esas chamarras fosforescentes; ahí estaba Rodrigo. 
Ahí nos quedamos los dos un rato, hasta que una policía nos indico que había un chico que debía estar esperándonos en el sitio opuesto. Apareció después el otro chico, con su bici roja, cargando casa de campaña y demás, un casco y paliacate con calaveras: era Alejandro.
Salimos nosotros tres y un chico que no tenía el tiempo para hacer el viaje, pero que decidió acompañarnos hasta salir de la ciudad. Tardamos horas antes de salir, y en eso le dio tiempo a Alejandro de regañarme por traer mal la bolsa de refacciones, así como indicar el mal estado de los rayos de mi llanta. En el camino a la caseta a Cuernavaca se nos unió Roberto, con su flamante bici nueva y muchas ganas de rodar.
Mientras esperamos a otros tres que juraban que ya llegaban  (y que más tarde y ya en confianza nos confesarían que estaban crudos en una gasolinera) Roberto trato de reparar mis rayos, terminando de descomponer el equilibrio que llegaban, por lo que tuve que subir con la llanta culebreando a cada pedaleada. Por fin, llegaron los hermanos Paco y Martín, y Norma, esposa de Martín y ciclista principiante que lucharía durante tres días en el camino con nosotros.
Así iniciamos el primer día del viaje, subiendo hasta los 3100 msnm cerca de Tres Marías. Fue una subida larga pero tranquila. Roberto, Alex y yo nos fuimos juntos casi todo el camino, los otros hicieron trampa y terminaron tomando una patrulla de los Ángeles Verdes que los subió hasta Tres Marías.
Yo venía muy preocupada por encontrar un taller para arreglar la llanta, mientras Roberto y Alex me iban compartiendo comida. Alejandro llevaba un paquete de carne seca que yo creo que es interminable porque nos duro todo el viaje, barras proteicas y gomitas. Roberto llevaba chocolate oaxaqueño y yo me sentía estúpida por haber olvidado mi bolsita con propóleo y semillas.
Nos reunimos en Tres Marías, donde ya nos estaban esperando los que tomaron el aventón. Roberto no los vio y se paso de largo, esperándonos durante horas en la desviación a Tepoztlán mientras nosotros nos calentábamos con chocolate o café caliente en la parada de la gasolinera.
De ahí fue pura bajada. Yo no pude disfrutarla por el imperfecto del rin que venia golpeando los frenos, que a su vez, golpeaban el candado de la bici que me rebotaba en la pierna, como una horrible señal de alarma. La bici venia haciendo un silbido agudo que me hacia sentir que la llanta saldría volando en cualquier momento, así que iba lentísimo. Los demás también perdieron tiempo por ponchaduras de llantas y demás. 
Obviamente no pasó nada terrible y llegando a la desviación a Tepoztlán encontramos a Roberto dormido en el pasto. Pedaleamos hasta llegar a Tepoz donde afortunadamente encontramos el taller Platanito, donde por $25 el señor curó a mi bici. Eso si, advirtiendo que el rin ya venia muy “huevoncito” y habría que cambiarlo pronto.
Pero, si llega a Oaxaca, ¿no? Fue lo primero que preguntamos, y sin más le dimos de nuevo hasta Yautepec con buen paso y en pura bajada.  Ahí se volvió complicado porque las llantas de los hermanos se venían ponchando. Tuvimos que esperar hasta que se hizo de noche y no hubo más remedio que subir a Martin y a su bici en un colectivo.
Los demás sufrimos los últimos kilómetros ya de noche, con el cansancio en las piernas y en la espalda. La numeración estaba toda mal y nos iba agotando mentalmente, siempre aplazando los kilómetros de llegada hasta Cuautla.  Cuautla 20 y quince minutos después, de nuevo Cuautla 20, Cuautla 10, ¡Cuautla 15!, y así, infinitamente, siempre un paso más lejos.
Por fin cruzamos un humilde letrero de llegada y nos bajamos de la bici (para más tarde encontrar otro letrero de Cuautla a 1 km). Nos quedamos sentados en una banqueta, Alex y yo, callados y viendo al vacío. Roberto había decidido combatir el cansancio pedaleando más rápido y se había adelantado. Rodrigo se había quedado atrás y venia tronadísimo.  Por fin nos encontramos todos en el jardincito de una plaza, y nos hospedamos en el primer hotel que encontramos.  Un cuarto para los ocho por solo $45 por cabeza.  


(Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Roberto, Alexandro, Sandra, Alicia, Pako, Marc Bernon)

lunes, 24 de diciembre de 2012

Pensamientos que pienso que pensaba


Hay una fiesta de disfraces en mi pensamiento, y todas las ideas danzan en el patio de mi cabeza, usando coloridos antifaces para que nadie sepa quién es quién, ni cual es cual. Solo danzan, danzan ebrios de pasión. 
Pero se que pronto, al acabar la música, cuando el silencio emponzoñe sus corazones de hojalata; se rebelaran contra mí y empezaran a destruir el lugar. Serán peor que una turba, golpearan las paredes, quemaran las puertas, lanzaran huevos en la entrada,  haciendo añicos los vidrios. 
Y al final, al final se irán muy felices a casa, comentando que gran fiesta. Se besaran unas a otras, se engañaran, se lastimaran, se mentirán, se fusionaran y al final nada será lo mismo. 
Pero al final no importa, nunca importa, porque en cuanto salen de la casa, siempre se desvanecen.