DÍA 5 HUAJUAPAN-NOCHIXTLAN
Nos despertamos con las pláticas motivadoras del
couch-ingeniero-fotógrafo oficial del grupo, Roberto, “ora si cabrones, hay
nomás de una, o se chingan o se aguantan” y otras épicas frases de este tipo.
Mientras, Seth, nuestra mamá gallina o papá oso, como él prefiere, nos preparó
una deliciosa avena con plátano calentada en las maravillosas estufas de lata
dentro del cuarto.
Salimos a enfrentarnos a poco más de 90 km de subidas. Yo
intentaba darme mis propias pláticas motivacionales, y me esforzaba mucho en
lavarme el cerebro para convencerme de que si podría. Me repetía, hoy dejas
todo y mañana nomás salvas el orgullo, hoy es el día.
Por suerte el día estaba amable, ligeramente nublado e ideal
para subir y rodear el cerro. Subimos un buen tramo, cada quien concentrado en
lo suyo, yo muy ocupada repitiéndome que si podía. Hasta que llegamos a la
cima. Nos detuvimos y a falta de chelas y ante la inmensidad de las subidas por
venir, nos dimos nuestros buenos tragos de mezcal pechuga, ya saben, Porque te
da alas.
Yo acababa de descubrir la tercera estrella delantera y sentía que volaba. Y así subimos, inspirados por el mezcal, entre descanso y mezcal y carrilla y las risas, en la inmensidad de la sierra y el despoblado absoluto. Horas y horas sin ver un solo pueblo, sin nada más que la montaña extendiéndose hasta el infinito y grandes masas de verde formándose en cuanto salíamos de la anterior.
Por fin estuvimos ante el entronque a un pueblito cuesta
abajo, pero entre la hueva de volver a subir lo que tendríamos que desviarnos y
que Seth no aparecía, decidimos seguir de largo y esperar más adelante. Esta
vez el oasis fue un árbol de aguacate a la orilla del camino. Era un lugar
fresco, desde el que se podía oír el sonido de un rio cuesta abajo.
Era un rio amplio y caudaloso, muy revolcado que parecía
chocolate derretido. Nosotros esperamos a su lado y entramos en un estado de
meditación muy elevado influenciado por el murmullo del agua. Roberto se quedó
dormido en una rama del aguacate y Sandra en una piedrita más abajo. Yo me
quede despierta, como flotando en una marea de pensamientos sin sentido que
iban y venían sin terminar de formarse del todo. Delicioso.
Alex nos rescató de ese sopor en el que llevábamos casi una
hora sumergidos. A mí me dio risa, se me figuraba a esas historias míticas
donde los viajeros caen en una trampa mortal al ser seducidos por el arrullo
delicioso de un rio o el canto de unas sirenas. Como sea, fue mágico y
exquisito, y logramos seguir nuestro camino para esperar a Seth más adelante en
una tienda.
Nos paramos poquito más arriba, siempre siguiendo el
murmullo del agua, hasta un lugar donde aparecía un canal de agua que regaba
las milpas. Obviamente ahí nos detuvimos a lavarnos la cara y pies. Yo estuve
un buen rato chapoteando los dedos de los pies, hasta que un camioncito de
jugos nos informó que el próximo pueblo estaba a unos quince minutos.
Subimos desesperados y en el primer lugar que vimos Roberto
se paró a buscar comida. No había. Yo no sabía cuanta hambre tenía hasta ese
momento. Y de pronto me llegó en oleada salvaje una sensación de hambre
desbocada; el peso de los kilómetros rodados y la desesperación por la hora del
día y los kilómetros faltantes me invadieron súbitamente.
Eran casi las dos cuando llegamos al centro de Tamasulapan,
un pueblito con una plaza muy bonita y muchos árboles, lleno de vida y un
letrero que señalaba una terracería y decía “Chilapa 20”. Por indicaciones del
señor de la tiendita fuimos a comer al comedor Noemi. Ahí comimos desde chiles
rellenos y milanesas, hasta mojarra frita.
En el lugar había una mesa muy grande con un montón de
tarjetas que los visitantes, en su mayoría camioneros, habían dejado. Nosotros
obviamente no quisimos quedarnos atrás y también hicimos la nuestra. Fue una tarjeta colectiva que dibujamos en una
servilleta, con una imagen de nosotros
subiendo las montañas, un retrato de Seth que hizo el couch y las firmas de
todos.
Después de comer ya no podíamos movernos y nos quedamos en
el parquecito reposando la comida. Yo por fin, con la panza llena y un
mensajito que decía, “animo, igual el cielo es el mismo en todos lados”, me había
relajado respecto al tiempo y los kilómetros faltantes.
Salimos poquito antes de que se soltara la lluvia. Estuvo
deliciosa y refrescante, ni muy muy, ni tan tan. Además el camino era recto y
con poca pendiente, poblado a las orillas con varios asentamientos (todos los
que no alcanzamos a ver en la mañana). Así los campos, las milpas, las casas y los perros
que nos ladraban al pasar, se fueron quedando atrás.
Nos paramos en una gasolinera quien sabe porque y seguimos
adelante subiendo, subiendo, hasta que la lluvia paró y pasamos del frio al
calor de los cuerpos mojados. Siempre con la fiel misión de no dejarnos enfriar
recurriendo a tragos y tragos de mezcal. Hasta que claro, todas las botellas
dieron lo suyo y solo quedó la mía para cumplir con tan honorable misión.
Anduvimos subiendo un rato más, pero un lugarcito donde
vendían chocolate nos llamó la atención. Y lo que había sido solo una parada técnica
para ir al baño se convirtió en un descanso para tomar chocolate con pan. Fue la taza de chocolate caliente más rica de
mi vida, y combinada entre trago y trago de mezcal hizo maravillas para aislar
el frio que la ropa empapada empezaba a calar.
Ahí tuvimos disonancias con Alex que no quería viajar de
noche y se nos adelantó. Yo tenía mis reservas sobre ese tema, pero ante la filosofía
de Sandra, “¿Te espera alguien adelante?” y el mensajito de la comida, perdí toda
prisa y me dedique a disfrutar el momento.
Nos fuimos con la promesa del señor de la tiendita de que ya
faltaba nomás una subidita y ya, pura bajada. Claro, eso venía diciendo la
gente desde Tres Marías. Dejamos a Paco tomándose otra ronda de café con
tequila y subimos y subimos a un paso muy disfrutable para que Paco nos
alcanzará fácilmente.
Por fin, volvimos a entrar a las montañas y a las curvas. Era
delicioso, con la última luz del día que lo teñía todo de dorado, el viento
fresco y las montañas insinuándose azules en el horizonte. Algo había entre el
fresco y la energía nocturna, que subimos y bajamos sin sentir los kilómetros en
las piernas. Nomás paramos a media montaña porque a Sandra se le ponchó la
llanta. Por suerte con ayuda de Roberto, todo estuvo listo en minutos y pudimos
seguir esta vez en pura bajada entre la penumbra
de la noche.
Fueron como diez minutos de pura bajada entre las sombras,
sintiendo el camino e intuyendo el destino, hasta que llegamos al valle y a un
pueblito con unos arcos inmensos en la entrada. Yo sufrí una gran desilusión al
ver que todavía no era Nochixtlán sino Santo Domingo. ¡Faltaban todavía unos
veinte kilómetros!
Para entonces ya no se veía nada, era pura recta con uno que
otro columpio y un valle inmenso en el que tristemente, no se alcanzaba a ver
Nochixtlán por ninguna parte. Martín me prestó su luz para ayudarme a ver, pero
igual no veía mucho. Fui un buen tramo siguiendo ciegamente el parpadeo de su
luz roja delante de mí.
De pronto me volví a sentir insoportablemente cansada, y ese
cansancio se reflejaba no en las piernas, sino en mi nivel de torpeza. Me empecé
a quedar atrás, y Roberto y Paco tuvieron que cuidar de mí. Pero su atención me
hacía sentir más torpe y ser aún más torpe. En alguna bajada a Paco se le acabo
la línea blanca que venía siguiendo y casi se salió del camino. Cuando maniobro
para volver a meterse, casi nos estampamos. En respuesta a eso, Roberto me
prestó su luz que alumbraba un poco más, y seguimos rodando por una subida
larga, con la luna de frente y los perros ladrando. Finalmente llegamos a la
entrada de Nochixtlán, que disfrutamos a lo grande.
Alex ya estaba en el centro y nos mostró un hotel de 50 por
persona. Nos preguntó si queríamos verlo, pero Sandra y yo solo queríamos tocar
cama y nos quedamos ahí. Los chicos, que no parecían humanos estaban llenos de
energía y consideraban la posibilidad de seguir rodando hasta un pueblito
llamada la Herradura, que según estaba a media hora de pura bajada. Pero al
final decidieron acampar frente a la comandancia.
El hotel estaba genial. Era un edificio de 1921 al estilo de
la típica arquitectura colonial, de un corredor con cuartos y varios arcos, un
patio al centro y un patio trasero donde estaban los baños, una fuente y un
pozo de donde sacaban el agua. Los cuartos no tenían llave, se cerraban por
dentro con una tranca y tenían su lavamanos y su jarrita de peltre con agua
para asearse. Tenían un catrecito, una mesita y un cuadro de feliz año nuevo
con el dibujo de una chica alegre en alguna playa en 1979. Por supuesto, yo caí
dormida como tronco nomás al tocar la cama.
(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia)
(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia)








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