jueves, 7 de febrero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Nochixtlán-Oaxaca


DIA 6 NOCHIXTLÁN-OAXACA


El último día la idea era salir a las 7, pero la lluvia empezó a caer desde las seis, despertándonos con su ruido sobre el techo del cuarto. La verdad es que no se nos antojaba ni tantito salir de las cobijas al abrazo de la lluvia tan temprano. Así que decidimos esperar a que pasara. La espera duró casi hasta las diez, mientras nos refugiamos en los pasillos del hotel y desayunábamos la avena súper energética de Seth y atole para calentar el cuerpo.
Para la ruta del día teníamos la opción de tomar la autopista de 65 km o la federal con más de 90. Elegimos la federal porque nos recomendaron ampliamente los paisajes y porque queríamos mantener la calma que había caracterizado al resto del viaje.
El inicio de la carretera no era nada alentador. El asfalto estaba más que deploraba e iniciaba con una subida bastante empinada que, por unos breves segundos nos hicieron reconsiderar la idea de ir por la autopista. Pero el cielo empezaba a aclarar y ya estábamos ahí, en el último día. Teníamos que rodear el cerro del Orangután y habríamos salvado la subida más difícil. Pero ninguno tenía claramente esa forma, así que no sabíamos cuando terminaría la suida.
Así nos internamos en dos cerros inmensos y pedaleamos. Pronto note que a mí ya me empezaban a pesar los kilómetros y que simplemente no podía seguirles el paso. Tuve que aplicar la de no pensar ni ver al frente, solo pedalear durante un buen tramo. Pero el paisaje era tan bello, con el valle abriéndose debajo de nosotros y las nubes coronando el cielo, que no lo logre.



Paramos en la desviación a la virgen de Juquilita, donde había un arco con flores y muchos pinos, mientras un señor araba el suelo en su parcela. A partir de ese momento nuestro camino fue por sobre las nubes, mientras íbamos cruzando por la cima de los cerros rebosantes de pinos.
Después de un rato nos paramos por la chela mañanera y la señora nos dijo que estábamos a hora y media de Oaxaca, mientras Martín (que el día anterior había tratado de convencernos de pedalear más) juraba que ya llegábamos a la Herradura.
Seguimos pedaleando, yo me quede atrás un buen rato, mis piernas ya no corrían pero no me importaba. Las montañas estaban cubiertas de pinos y el camino olía a resina, y yo me sentía muy feliz. Era una alegría inusual que me envolvía por dentro. Después estuve un rato pedaleando con Seth, los dos al pasito, nomás platicando por el camino desierto que emanaba una paz más allá de todo lo que he sentido antes. Decidimos que era el regalo del camino por el esfuerzo extra.



Subimos durante mucho tiempo, hasta que encontramos a todos en la cima. Fue como si nos hubiéramos muerto y hubiéramos ido al cielo. Estábamos en las nubes y abajo se extendía la cañada y el bosque, todo verde muy intenso. Nos quedamos mirando sin aliento. Era uno de esos lugares donde podrías quedarte sin hacer más que comer con los puros ojos. Pero tuvimos que irnos por temor a que las piernas se nos durmieran y no pudiéramos despertarlas de nuevo.  Elegimos otro pico en el horizonte y acordamos parar ahí. El camino sabía a gloria, las subidas no pesaban nada y decidimos aprovechar nuestro momentum para llegar hasta la siguiente tiendita. 



Ahí el niño que nos atendió juraba que solo quedaba una subida y de ahí pura bajada hasta Oaxaca. Otra gran mentira. Todo mundo iba mentándole la madre a Martín por tratar de hacernos seguir de noche. Habían pasado casi cuatro horas desde que habíamos salido y todavía no había ni rastros de la Herradura. Esta vez sí nos costó la subida, venia agotada cortando camino por las curvas y me echaba porras mentalmente. Mi meta era llegar a la Herradura, parar a comer y entonces sí, llegar a la tan anhelada bajada que nos venían prometiendo desde Tres Marías.
Seguimos y nada que pasamos por la Herradura. Nos paramos en otro pico a ver la cañada y a descansar. Intentábamos ver a lo lejos el valle de Oaxaca o por lo menos un pueblito donde parar a comer. Hasta que por fin… la bajada!




 Fueron casi treinta kilómetros de pura bajada rodeando entre los cerros. Entre el viento, el sol y el paisaje, la felicidad nos invadía. Íbamos volando y nos sentíamos invencibles. Hasta que en una curva en la que me abrí demasiado casi me estampó contra un tráiler que venía subiendo. Pero la adrenalina no hizo más que llenarme de una risa nerviosa que me duró hasta llegar al final.
Nos paramos hasta llegar a una subida pasando la intersección con la autopista. Por un momento nos sentimos nuevamente tentados. Pero decidimos mejor seguir y solo parar a comer en el entronque a Huitzo. Llegamos a una fondita donde venían tlayudas y nos sentíamos en la gloria. Nos atascamos agregando una ración de espagueti, cerveza y agua de tuna y café.
Después de eso y aunque nos faltaban treinta kilómetros, la vida tenía otro color. Entramos a una zona de columpios pasando por varios pueblitos. Ya no quedaba casi nada de pendiente y volábamos emocionados. En media hora pasamos los letreros de Oaxaca 20, 16, 14, 12 y de pronto, Bienvenidos a Oaxaca.



Pero todavía había que llegar al centro. 8 kilómetros que me costaron lo que me sobraba de energía en las piernas. Por fin, llegamos a la catedral donde claro, teníamos que tomarnos la foto oficial y luego fuimos a la bienvenida del congreso en la Casa de la Ciudad.









Ahí nos recibieron con felicitaciones y con más mezcal. Y Jessi, una chica de Oaxaca nos tenía una gran sorpresa. No solo nos consiguió hospedaje a todos (y a otros dos chicos que venían pedaleando desde Mazatlán), sino que consiguió una camioneta para subir las bicis, cosas y personas directo a la casa. Yo la ame. Jessi demostró la calidad de la hospitalidad oaxaqueña y a Sandra y a mí nos dejó su cuarto en su casa, y a los chicos les consiguió otro cuarto.
Habían pasado seis días, casi 500 kilómetros, muchas subidas y muchas cervezas junto a ocho desconocidos en un viaje inolvidable. Y cada kilómetro y cada rodada fue una lucha contra mí misma, contra mis miedos y mis límites mentales. Una batalla contra el miedo a la soledad, a la violencia que azota el país, a la noche, a lo desconocido, a los perros, a no poder, a las carreteras... Una batalla por aprender a dominar mi cuerpo y a aprender a respirar, a estar sola. Como dicen por ahí, yo viajo para conocer mi geografía.


PD: Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Martin, Paco, Sandra, Alex, Roberto... 



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