sábado, 30 de julio de 2011

Sobrevivimos

Sobrevivimos a base de paisajes en un pueblo que se desarticula a sí mismo, que parece moverse en sentido contrario al tiempo y se desarma lentamente como si fuese un rompecabezas confundido. Sobrevivimos en un pueblo donde bloque a bloque, piedra a piedra, las casas y las calles se desarticulaban lentamente, pero a la vez, cada vez más rápidamente. Donde los muros y los techos iban colapsando a la par que la maleza y las montañas de escombro crecían alegremente.

Sobrevivimos a base de un constante, un eterno movimiento, en un lugar que avanzaba dulcemente hacia atrás, hacia donde ya no hay tiempo, ni futuro, ni hay nada. Un lugar que iba avanzando alegre o indiferentemente en la cruel carrera para dejar de ser. Un lugar donde hasta las montañas se desarticulaban a sí mismas y colapsaban de afuera hacia adentro, hasta que desaparecían por completo y desperdigaban mares de polvo. Un lugar donde los ríos y los manantiales no se veían más porque huyeron primero cuesta arriba y luego fueron sepultados por las entrañas de las montañas colapsadas. Un lugar donde hasta la gente parecía irse desdoblando hacia atrás. De forma que lo que en un principio fue un pueblo bienaventurado, lleno de niños, se convirtió en un lugar desolado donde lo único que iba naciendo eran más viejos y muertos. Un lugar donde incluso ellos fueron desvaneciéndose también por las veredas y los caminos que, no pudieron devolverlos nunca más a sus hogares porque se devoraron a sí mismos a su paso.

Sobrevivimos a base de poemas en un lugar donde las palabras y los cantos pasaron de ser versos y endecasílabos con ritmo y cadencia, para convertirse en gruñidos y aullidos salvajes, que por fin dieron lugar al silencio más pesado que cayó sobre la tierra. Sobrevivimos en un lugar que se desarticulaba y avanzaba siempre devorándose a sí mismo, a sabiendas de que eventualmente la feroz fauce del tiempo nos hendiría sus dientes a nosotros también para que fuéramos polvo y polvo, átomo de su mismo átomo; silencio de su silencio. Sobrevivimos en medio de la caída y no podíamos dejar de caer.

Llevábamos el fin del mundo con nosotros mismos, llevábamos a la serpiente que lo devoraba y emponzoñaba todo. Vimos cada cosa desvanecerse. Adiós, adiós. Extrañamos y envidiamos esa vida sin nosotros, ya para siempre sin nosotros. Piedra a piedra, palabra a palabra, uno a uno, los vimos irse a todos y a todo por igual. Todo lo que era bueno y puro, o no, todo lo que no era ni bueno ni puro, pero que precisamente por eso representaba un exquisito infierno que nos abrazaba y protegía; todo eso se fue. Vimos desaparecer eso también.

Y al principio no lo comprendimos, nos aferramos, quisimos creer. Convencernos en contra de toda evidencia, de que podíamos creer. Pero poco. Despierten está muerta. Y no, no murió por su propia mano. Murió una suave muerte. Y sin embargo, al fin, una muerte. Murió una suave muerte quizás, caricia a caricia, beso a beso. La fuimos desintegrando. Y es que no, no sabíamos. No podíamos saberlo. No sabíamos entonces, que al tratar de delinearla con las yemas de nuestros dedos al recorrer su cuerpo, no estábamos esculpiendo un futuro, sino desintegrando un presente, disolviéndolo todo en polvo del pasado.

Y besar esos áridos, áridos labios. Un desesperado intento por poseer algo que hace mucho habíamos dejado de ser. ¿Qué es la vida y que es la muerte? Que sutil es la línea entre una y otra. Qué asunto tan difícil de distinguir. Y besar esos áridos, áridos labios, que al sentir nuestro torpe toque se convirtieron en piedra fría y luego en polvo burlón.

No, no sabíamos entonces. No podíamos saberlo. No entonces, ni aun ahora. Aunque desde ese día andamos con la muerte fermentándonos en las ganas, con el amor hacia ella como una lluvia que llevamos con nosotros, ya para siempre, detrás de nuestras pupilas. Comprendimos solo entonces que la muerte no venia nosotros, que el fin del mundo no existía; que la muerte la llevábamos nosotros con nosotros mismos, y que el fin del mundo era nuestro único equipaje, que el fin del mundo era nuestro punto de partida, nuestro destino, nuestro boleto y nuestro transporte.

Nos quedamos un tiempo absolutamente inmóviles, pospuestos ante cualquier evento. Indiferentes a la inercia de un mundo que se iba devorando a sí mismo. Viendo las casas y las calles desarticularse a sí mismas. Viendo los cerros desgajarse, desgajándonos nosotros también, quizá sin saberlo. Y solo entonces, cuando no hubo más, cuando el tiempo lo hubo devorado todo, reaccionamos y nos movimos.

Huimos entonces. Comprendimos que teníamos una herida tan grande que nunca cerraría; y que la única forma de sobrevivir en esta eterna destrucción, en este eterno morir, era mantenernos en constante cambio. Sobrevivimos como perdonando el tiempo. Cambiando siempre, manteniéndonos en un estado constante de estar llegando y estarnos yendo. Con el corazón siempre calculadamente abierto, calculadamente ajeno. Nos movimos entonces, infinitamente, huyendo, corriendo incesantemente, como única forma de hacer las paces con el cambio.

Fue así como llegamos a una montaña. A la montaña que le dio vida a todo y que ahora lo iba absorbiendo todo. Avanzamos por las entrañas de la tierra. Nos supimos solos, al recordar que el fin del mundo lo llevábamos nosotros en nosotros mismos. Presentimos a la gran serpiente que devoraba el tiempo acercarse, y supimos que llegaría pronto. Escuchamos un temblor, un gruñido desde lo más profundo de las entrañas de la tierra. La serpiente se acercaba, el calor de su aliento nos golpeo. Cerramos los ojos.

Sentimos el colapso de la montaña. Y finalmente vimos la luz al final del túnel. Una luz incierta, tímida, temblorosa, que lentamente fue creciendo y acercándose. La luz al final del túnel. Cerramos entonces los ojos. Los abrimos de nuevo y encontramos tus ojos. Descubrimos tu silueta, insinuándose en la oscuridad de la cama; y tanteamos entre las sombras las caricias.

Sobrevivimos en un mundo que se devoraba a sí mismo con tus ojos como único equipaje. Nos abrazamos a ella y sentimos entonces la certeza de la muerte. Nos empapamos una vez más con la oscuridad del túnel, y comprendimos que el calor que creímos era el de tus caricias, era solo la mordida de la serpiente acercándose a nosotros. Sentimos el veneno de la serpiente inundando nuestro cuerpo que se paralizaba y enfriaba...


miércoles, 27 de julio de 2011

Nubes errantes



A la mujer de los silencios largos:


Y no, no se cayo ni la robaron. Tampoco se fue. Simplemente un día estuvo ahí, y al otro ya no lo estuvo más. Y era solo una palabra, tan solo una palabra en el largo mar que era el poema que repetia infinitamente el viento. Solo una palabra. Una palabra que por si misma no significaba nada, pero sin la cual nada tenia sentido tampoco. Una palabra que rimaba con otra, que a su vez, rimaba con otra más, y otra más, formando versos, dandole ritmo y cadencia a un poema inmmemorial. Una palabra que las conectaba a todas como en una gran mándala cósmico del lenguaje. Nadie supo en que momento la palabra desaparecio. Pero todos notaron el cambio repentino que sobrevino a su desaparición, porque sin esa palabra que rimaba con las demás, dandole ritmo y cadencia al verso, pronto todo empezo a perder sentido. La vida como se conoció perdió por completo su armonia. Lentamente las cosas perdieron su estructura y comenzaron a fragmentarse. Todo quedo dividido y aislado. Nada tenia un significado último. Todo se limitaba a fragmentarse más y más, hasta que quedaron tan solo delgados guijarros o finisimo polvo. Pronto el universo se convirtió en una infinita extensión de desiertos, donde se acumulaban una a una las cosas que antes habian sido. El cielo también se volvió caótico, había perdido toda razón de ser. Había perdido el motor que hacia que su eterna danza alrededor de los mares y la tierra tuviera armonia. Ahora el viento se movía de forma errática, de un sitio a otro, repitiendo fragmentos cada vez más cortos y distorsionados del viejo poema. Iba y venía, se tropezaba, giraba, chocaba consigo mismo, tartamudeaba. Y ese incesante susurro tan poco armonioso y golpeado, llenaba de maldad e iniquinia los corazones de los hombres que en los inmensos desiertos de la memoria comenzaron a odiarse y a matarse unos a otros. Entonces los guardianes del viento, aquellos que tenían más poder en la gran orquesta cósmica que repetía el poema de la vida, empezaron a luchar entre ellos por dar orden al viento. Se crearon cincuenta difrentes bandos y estos se dividieron aún más en pequeñas fracciones de insurrectos. El cielo se lleno de tormentas, truenos y oscuridad. Grandes rafagas de viento se peleaban en lo alto, arrasando con lo poco que quedaba en la tierra. Los guardianes del viento agitaban sus puños y soplaban. Grandes rafagas de viento se estrellaban unas contra otras, haciendo retumbar la tierra. Parecia el final de todo. Muy poco se recordaba sobre aquella plegaria inmmemorial que daba cuerda a la vida. Frases inconexas. Polvo. Muy poco se recordaba. Muy pocos recordaban. Un dia el cielo amaneció en calma. No había enfrentamiento, no había oscuridad ni tormenta. Tan solo un intranquilo silencio, una espera. Después un rumor apenas audible como de agua corriendo. Y entonces una súbita procesión de nubes de todos los tomaños. Una procesión larga, larguisima de nubes errantes. Una manada de nubes errabundas que emprendieron una caravana por lo largo y ancho de los cielos, con el único fin de recuperar la palabra perdida; la palabra que por si sola no significaba nada pero sin la cual nada tenia sentido. La vida misma Y mientras avanzaban lentamente zurcando el cielo, repetían al unisono una misma pregunta, casi un ruego, un lamento. ¿adentro de donde esta la vida? Luego un silencio tan profundo, tan herido, que sonaba como la piel del tambor al ser rasgada por las palmas o los martillos. PUM. PUM. ¿Adentro de donde esta la vida? PUM PUM ¿adentro de donde eesta la vida? PUM Un lamento erratico, un deseo cósmico, una misma pregunta. Un secreto a voces. La larga caravana avanzó durante días que se covirtieron en semanas, y que después fueron meses. La triste carava recorrió mares, surcó montañas, desiertos, mil islas. Pero nada. Abajo en la tierra, los hombres no vieron la luz del dia en meses. No vieron nada. Tan solo bruma. El corazon se les encogió de angustia. Los hombres temieron. Tiritaron de tempestad, de soledad, de espanto. Un día por fin, la caravana de la tempestad encontró respuestas. Era la luna. La luna, la culpable, la viajera. Solo ella recordaba la palabra inmemorial que todos los demas habían olvidado. Y la palabra era el contraste, era el final y era la caída:


la palabra era la muerte. Era el amor.