A la mujer de los silencios largos:
Y no, no se cayo ni la robaron. Tampoco se fue. Simplemente un día estuvo ahí, y al otro ya no lo estuvo más. Y era solo una palabra, tan solo una palabra en el largo mar que era el poema que repetia infinitamente el viento. Solo una palabra. Una palabra que por si misma no significaba nada, pero sin la cual nada tenia sentido tampoco. Una palabra que rimaba con otra, que a su vez, rimaba con otra más, y otra más, formando versos, dandole ritmo y cadencia a un poema inmmemorial. Una palabra que las conectaba a todas como en una gran mándala cósmico del lenguaje. Nadie supo en que momento la palabra desaparecio. Pero todos notaron el cambio repentino que sobrevino a su desaparición, porque sin esa palabra que rimaba con las demás, dandole ritmo y cadencia al verso, pronto todo empezo a perder sentido. La vida como se conoció perdió por completo su armonia. Lentamente las cosas perdieron su estructura y comenzaron a fragmentarse. Todo quedo dividido y aislado. Nada tenia un significado último. Todo se limitaba a fragmentarse más y más, hasta que quedaron tan solo delgados guijarros o finisimo polvo. Pronto el universo se convirtió en una infinita extensión de desiertos, donde se acumulaban una a una las cosas que antes habian sido. El cielo también se volvió caótico, había perdido toda razón de ser. Había perdido el motor que hacia que su eterna danza alrededor de los mares y la tierra tuviera armonia. Ahora el viento se movía de forma errática, de un sitio a otro, repitiendo fragmentos cada vez más cortos y distorsionados del viejo poema. Iba y venía, se tropezaba, giraba, chocaba consigo mismo, tartamudeaba. Y ese incesante susurro tan poco armonioso y golpeado, llenaba de maldad e iniquinia los corazones de los hombres que en los inmensos desiertos de la memoria comenzaron a odiarse y a matarse unos a otros. Entonces los guardianes del viento, aquellos que tenían más poder en la gran orquesta cósmica que repetía el poema de la vida, empezaron a luchar entre ellos por dar orden al viento. Se crearon cincuenta difrentes bandos y estos se dividieron aún más en pequeñas fracciones de insurrectos. El cielo se lleno de tormentas, truenos y oscuridad. Grandes rafagas de viento se peleaban en lo alto, arrasando con lo poco que quedaba en la tierra. Los guardianes del viento agitaban sus puños y soplaban. Grandes rafagas de viento se estrellaban unas contra otras, haciendo retumbar la tierra. Parecia el final de todo. Muy poco se recordaba sobre aquella plegaria inmmemorial que daba cuerda a la vida. Frases inconexas. Polvo. Muy poco se recordaba. Muy pocos recordaban. Un dia el cielo amaneció en calma. No había enfrentamiento, no había oscuridad ni tormenta. Tan solo un intranquilo silencio, una espera. Después un rumor apenas audible como de agua corriendo. Y entonces una súbita procesión de nubes de todos los tomaños. Una procesión larga, larguisima de nubes errantes. Una manada de nubes errabundas que emprendieron una caravana por lo largo y ancho de los cielos, con el único fin de recuperar la palabra perdida; la palabra que por si sola no significaba nada pero sin la cual nada tenia sentido. La vida misma Y mientras avanzaban lentamente zurcando el cielo, repetían al unisono una misma pregunta, casi un ruego, un lamento. ¿adentro de donde esta la vida? Luego un silencio tan profundo, tan herido, que sonaba como la piel del tambor al ser rasgada por las palmas o los martillos. PUM. PUM. ¿Adentro de donde esta la vida? PUM PUM ¿adentro de donde eesta la vida? PUM Un lamento erratico, un deseo cósmico, una misma pregunta. Un secreto a voces. La larga caravana avanzó durante días que se covirtieron en semanas, y que después fueron meses. La triste carava recorrió mares, surcó montañas, desiertos, mil islas. Pero nada. Abajo en la tierra, los hombres no vieron la luz del dia en meses. No vieron nada. Tan solo bruma. El corazon se les encogió de angustia. Los hombres temieron. Tiritaron de tempestad, de soledad, de espanto. Un día por fin, la caravana de la tempestad encontró respuestas. Era la luna. La luna, la culpable, la viajera. Solo ella recordaba la palabra inmemorial que todos los demas habían olvidado. Y la palabra era el contraste, era el final y era la caída:


la palabra era la muerte. Era el amor.
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