Sobrevivimos a base de paisajes en un pueblo que se desarticula a sí mismo, que parece moverse en sentido contrario al tiempo y se desarma lentamente como si fuese un rompecabezas confundido. Sobrevivimos en un pueblo donde bloque a bloque, piedra a piedra, las casas y las calles se desarticulaban lentamente, pero a la vez, cada vez más rápidamente. Donde los muros y los techos iban colapsando a la par que la maleza y las montañas de escombro crecían alegremente.
Sobrevivimos a base de un constante, un eterno movimiento, en un lugar que avanzaba dulcemente hacia atrás, hacia donde ya no hay tiempo, ni futuro, ni hay nada. Un lugar que iba avanzando alegre o indiferentemente en la cruel carrera para dejar de ser. Un lugar donde hasta las montañas se desarticulaban a sí mismas y colapsaban de afuera hacia adentro, hasta que desaparecían por completo y desperdigaban mares de polvo. Un lugar donde los ríos y los manantiales no se veían más porque huyeron primero cuesta arriba y luego fueron sepultados por las entrañas de las montañas colapsadas. Un lugar donde hasta la gente parecía irse desdoblando hacia atrás. De forma que lo que en un principio fue un pueblo bienaventurado, lleno de niños, se convirtió en un lugar desolado donde lo único que iba naciendo eran más viejos y muertos. Un lugar donde incluso ellos fueron desvaneciéndose también por las veredas y los caminos que, no pudieron devolverlos nunca más a sus hogares porque se devoraron a sí mismos a su paso.
Sobrevivimos a base de poemas en un lugar donde las palabras y los cantos pasaron de ser versos y endecasílabos con ritmo y cadencia, para convertirse en gruñidos y aullidos salvajes, que por fin dieron lugar al silencio más pesado que cayó sobre la tierra. Sobrevivimos en un lugar que se desarticulaba y avanzaba siempre devorándose a sí mismo, a sabiendas de que eventualmente la feroz fauce del tiempo nos hendiría sus dientes a nosotros también para que fuéramos polvo y polvo, átomo de su mismo átomo; silencio de su silencio. Sobrevivimos en medio de la caída y no podíamos dejar de caer.
Llevábamos el fin del mundo con nosotros mismos, llevábamos a la serpiente que lo devoraba y emponzoñaba todo. Vimos cada cosa desvanecerse. Adiós, adiós. Extrañamos y envidiamos esa vida sin nosotros, ya para siempre sin nosotros. Piedra a piedra, palabra a palabra, uno a uno, los vimos irse a todos y a todo por igual. Todo lo que era bueno y puro, o no, todo lo que no era ni bueno ni puro, pero que precisamente por eso representaba un exquisito infierno que nos abrazaba y protegía; todo eso se fue. Vimos desaparecer eso también.
Y al principio no lo comprendimos, nos aferramos, quisimos creer. Convencernos en contra de toda evidencia, de que podíamos creer. Pero poco. Despierten está muerta. Y no, no murió por su propia mano. Murió una suave muerte. Y sin embargo, al fin, una muerte. Murió una suave muerte quizás, caricia a caricia, beso a beso. La fuimos desintegrando. Y es que no, no sabíamos. No podíamos saberlo. No sabíamos entonces, que al tratar de delinearla con las yemas de nuestros dedos al recorrer su cuerpo, no estábamos esculpiendo un futuro, sino desintegrando un presente, disolviéndolo todo en polvo del pasado.
Y besar esos áridos, áridos labios. Un desesperado intento por poseer algo que hace mucho habíamos dejado de ser. ¿Qué es la vida y que es la muerte? Que sutil es la línea entre una y otra. Qué asunto tan difícil de distinguir. Y besar esos áridos, áridos labios, que al sentir nuestro torpe toque se convirtieron en piedra fría y luego en polvo burlón.
No, no sabíamos entonces. No podíamos saberlo. No entonces, ni aun ahora. Aunque desde ese día andamos con la muerte fermentándonos en las ganas, con el amor hacia ella como una lluvia que llevamos con nosotros, ya para siempre, detrás de nuestras pupilas. Comprendimos solo entonces que la muerte no venia nosotros, que el fin del mundo no existía; que la muerte la llevábamos nosotros con nosotros mismos, y que el fin del mundo era nuestro único equipaje, que el fin del mundo era nuestro punto de partida, nuestro destino, nuestro boleto y nuestro transporte.
Nos quedamos un tiempo absolutamente inmóviles, pospuestos ante cualquier evento. Indiferentes a la inercia de un mundo que se iba devorando a sí mismo. Viendo las casas y las calles desarticularse a sí mismas. Viendo los cerros desgajarse, desgajándonos nosotros también, quizá sin saberlo. Y solo entonces, cuando no hubo más, cuando el tiempo lo hubo devorado todo, reaccionamos y nos movimos.
Huimos entonces. Comprendimos que teníamos una herida tan grande que nunca cerraría; y que la única forma de sobrevivir en esta eterna destrucción, en este eterno morir, era mantenernos en constante cambio. Sobrevivimos como perdonando el tiempo. Cambiando siempre, manteniéndonos en un estado constante de estar llegando y estarnos yendo. Con el corazón siempre calculadamente abierto, calculadamente ajeno. Nos movimos entonces, infinitamente, huyendo, corriendo incesantemente, como única forma de hacer las paces con el cambio.
Fue así como llegamos a una montaña. A la montaña que le dio vida a todo y que ahora lo iba absorbiendo todo. Avanzamos por las entrañas de la tierra. Nos supimos solos, al recordar que el fin del mundo lo llevábamos nosotros en nosotros mismos. Presentimos a la gran serpiente que devoraba el tiempo acercarse, y supimos que llegaría pronto. Escuchamos un temblor, un gruñido desde lo más profundo de las entrañas de la tierra. La serpiente se acercaba, el calor de su aliento nos golpeo. Cerramos los ojos.
Sentimos el colapso de la montaña. Y finalmente vimos la luz al final del túnel. Una luz incierta, tímida, temblorosa, que lentamente fue creciendo y acercándose. La luz al final del túnel. Cerramos entonces los ojos. Los abrimos de nuevo y encontramos tus ojos. Descubrimos tu silueta, insinuándose en la oscuridad de la cama; y tanteamos entre las sombras las caricias.
Sobrevivimos en un mundo que se devoraba a sí mismo con tus ojos como único equipaje. Nos abrazamos a ella y sentimos entonces la certeza de la muerte. Nos empapamos una vez más con la oscuridad del túnel, y comprendimos que el calor que creímos era el de tus caricias, era solo la mordida de la serpiente acercándose a nosotros. Sentimos el veneno de la serpiente inundando nuestro cuerpo que se paralizaba y enfriaba...
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