
I
Ahora ya no recordabas, quizá nunca recordaste del todo. Creías recordar, o querías creer que recordabas. Pero no. No recordabas nada. Todo te resultaba ajeno, penosamente ajeno. Como un amante que se encuentra después de uno o diez años y al cual se desconoce como un completo extraño, mientras algo insiste en repetirnos lo contrario para no ser descorteces. O para algo que no sabes muy bien.
II
Tuviste alguna vez un amante. Y la ciudad. Un amante y una ciudad. Si. Y la ciudad era la cartografía del amante. Pero ahora ya no. Hoy no. Ya no. Caminabas y caminabas, con una desesperación dolorosa, como un adiós que no termina de pronunciarse por completo, y que duele de antemano. Pero que precisamente porque no termina de pronunciarse no deja de doler; duele más.
Y una parte de ti desea que se vaya ya, lo que sea que tenga que despedirse. En este punto ya no recuerdas ni de que te despides. Pero que se vaya ya. YA. Que termine todo esto; este agonizar tan suave que no termina de doler lo suficiente para que en efecto, todo pueda terminar ya.
Otra parte de ti se apena de ese pensamiento que se insinúa como una tentación oscura. Una parte de ti se lamenta y se duele, temiendo que el adiós en efecto, un día termine de pronunciarse. Pero es una situación tan absurda, que ni siquiera disfruta cada día que pasa sin que el adiós se pronuncie. Porque cada día que pasa es tiempo robado, es tiempo que se está tomando prestado, y por lo tanto, la posibilidad, por pura matemática, de que el adiós se pronuncie mañana, o al rato; es mayor.
En medio de esta lucha interna, caminas. Desesperadamente, recorriendo las calles como se recorre el cuerpo –la espalda, el vientre- como se delinean las formas –los labios, el pubis- de un amante después de una larga ausencia. Pero encuentras todo tan cambiado que te detienes. Vuelves a correr. Te tropiezas. Te detienes desalentado. Y así sucesivamente, presa de una fiebre incurable.
Todo te resulta ajeno, grotescamente ajeno. Como si hubieran profanado todos los lugares sagrados y hubieran erigido altares paganos a un dios que no es tu amante. Este paisaje no es el tuyo. Ya no. ¿Es esta tu ciudad, tu amante? ¿Siguen ahí? ¿Alguna vez lo estuvieron?
Todo ha sido profanado. Han violado todo. TODO. Violado a tu ciudad, la cartografía de tu amante. Y tú. Tú la recorres, reconstruyéndolo todo, con fiebre. Salvajemente. Dulcemente. Con un odio barroco hacia este amante que ya no es quien tu amabas; y a la vez, con dulzura, inocencia y fragilidad de quien recoge lentamente los pedazos de algo roto, como esperando que haciéndolo lo suficientemente lento, se pueda reconstruir de nuevo.
Caminas. Como una forastera en tu propia ciudad. Todo lo volteas a ver, todo te es nuevo y ajeno. Toda esta gente, todo este bullicio. Los carros, los edificios, las luces. ¿Qué paso con las luces normales? ¿Por qué tienen que ser tan coloridas? Las luces te molestan, te repugnan. Convierten a los edificios, edificios sagrados en mujeres sobremaquilladas, como las putas. Este ente perversamente ajeno te repugna.
Te asusta esta mole de concreto desconocido. Te sientes vulnerable porque tú tenías un mapa. La ciudad era el mapa de tu amante. Y ahora es como si hubieran borrado todas las leyendas y hubieran movido todos los sitios de lugar.
III
Antes podías saber. Y no, no era que si caminabas por allá tu amante se alegraba y te abrazaba; y que si caminabas para acá tú te asustabas y apretabas su mano. No era que al caminar hacia este lado se detuvieran en esa banca a practicar el silencio. O que saliendo de “x” terminaran en “z” porque “y” ocasionaba que tú y tu amante discutieran por motivos varios, y el amante caminara hacia “k” y tu caminaras hacia “j” hasta que “f” pasara y se encontraran en “a’”, para besarse en “n”. No.
NO
Era un mapa en el que tú y tu amante podían leerse, pero que no predecía nada. Era un mapa que cada día se delineaba y se trazaba a sí mismo. Porque si, tenias un mapa, y la ciudad era la expresión del amante. La ciudad era un mapa de los lugares sagrados del amante. Todas las calles y los edificios de la ciudad existían en posición del amante. Sí, porque la ciudad era la cartografía del amante.
Pero alguien había cerrado las puertas de los lugares. De todos los lugares, y no les basto eso; cercaron todo con alambre de púas, de forma que no te dejaban llegar a casa. El mapa ya no servía porque había sido profanado. La ciudad, que era la cartografía del amante, ya no existía.
¿Puede existir el amante sin ciudad? ¿Sin mapa alguno que lo explique? ¿Puede incluso existir en un lugar diferente? ¿En otra ciudad? ¿Una más pequeña, más grande, más esto o más lo otro? ¿Seguiría teniendo sentido el amante? ¿Sería remotamente posible ese amor?
Pero… Es que la ciudad sin amante tampoco tendría sentido alguno. Porque un mapa no sirve de nada si no se va a ningún lugar, si no hay nada que comprender. Tuviste un amante, y una ciudad, y un mapa. De verdad que los tuviste.
Solo que al final ya no sabias si el amante era la persona o si la ciudad era el amante. Simplemente ya no sabes de quien es el mapa. Tal vez la ciudad es la cartografía del amante. Tal vez. O tal vez el amante es la cartografía de la ciudad. Si, tal vez el amante tiene en su cuerpo, marcados todos los lugares sagrados de la ciudad. Y es el amante el que tiene las llaves para abrir las puertas para entrar a la casa, y que la ciudad sea nuestra de nuevo. Tal vez es el amante el que nos puede guiar para hallar los puentes que conectan orillas y llevan a casa. O tal vez… O…
IV
Caminas. Caminas cada día horas y horas. Entre el frio y el sol, y el blanco y la bulla, y la gente y la soledad. Caminas. La soledad de la gente que no te mira, pero que tú miras fijamente. Porque están fuera de control. Tienen la mirada perdida. No pueden caminar; gritan y berrean mientras creen cantar. Algunos hablan solos, otros duermen inconscientes en el piso.
¿Quién le hizo esto a tu amor? Porque este ente no solo no es tu amor. No solo no es quien tu amas. Es alguien porque la persona que amabas sentiría tristeza o rabia. ¿De verdad es este tu amante? ¿Tu ciudad? ¿Es este tu mapa para llegar a dónde vas?
Te arden los ojos. Cada vez más. Te arden los ojos. Te aterran las personas. Te aterran. Todos te aterran. Pero sigues caminando, como si con los pasos pudieras asesinar la distancia entre tú y este ente desconocido. Buscas algo que te indique que estas en el lugar correcto, que esto no es un sueño. Que lo es. Que en efecto, tuviste una vez y de verdad, un amante y una ciudad. Y que había un mapa. –Que aun lo tienes- Una ciudad. Un amante que es un mapa. Si correcto. Correctísimo.
Caminas. Caminas. Ca-minas. Más y más. Entre la gente y el tiempo que se te escurren entre los pasos, como el nombre del amante se te tropieza entre la lengua. Tú no ves a nadie. Pero la gente te mira. Fijamente. A los ojos. Con precaución. Con precaución te miran fijamente a los ojos. Ojos que tanto arden. Arden los ojos. Si, los ojos arden. Si, arden los ojos con la gente ardiendo en el amante-ciudad en llamas. No, no arden la gente, ni el amante ni la ciudad. No arden los ojos. No.
V
Un día comprendes que es lo que todos ven en tus ojos. El reflejo de algo en una niña te lo ha dicho: Tus ojos están locos. Si, la locura ha raptado tus ojos y prende leña en ellos. Tus ojos delatan algo ausente, un miedo salvaje de animal perseguido, una desesperación que corroe y que arde y lacera.
Ahora lo sabes, pero igual no lo comprendes. Después de todo es TU ciudad. Ellos son los intrusos. Los ebrios dementes, profana lugares, viola amantes. Blasfemos. Paganos. Los ODIAS y los temes por igual. Los evitas y los DESEAS por igual.
Hoy te asustan, entre el sonido hipnótico de los tambores con sus voces como aullidos y el vaivén intermitente de gente que te empuja. De niños que aparecen frente a ti. De la nada. Del todo. De las luces, esas horrendas luces vulgares.
Te dejas caer en una banca, asustada. De la nada llega alguien. Pronuncia tu nombre. Pregunta si estás bien, si tienes miedo o enojo. Sonrisa; reconoces la cara. Miedo, respondes. Sinceridad. Más preguntas. De ti o de alguien más. Risa. ¿Por qué habría de temerme a mí? Silencio. Por la misma razón por la que tu puño estaba dentro de tu boca. Confusión. Yo no… Ardor en los ojos. Ira. Se lo que vi. Suspiro. Estas fuera de control. Pérdida de control. ¿Qué? Sinceridad. Todos lo dicen. Grito. Son ellos. Es esta puta luz. Señalas. Míralos. Palabras caen como en cascada. Mira los mirada vacía, profanando los sitios sagrados. Silencio. Grito. Violaron mi amante. Precaución. ¿Qué amante? Mi… mapa-amante. Cansancio. A-man-te. Se caen las palabras como hojas. Silencio.
Te arden los ojos. El abismo se abre entre ambos. Quisieras cerrarlo creando un puente con tus explicaciones, como si las palabras pudieran ser ladrillos. Tomas aliento y te sueltas.
Son las luces. Las putas luces que no apagan jamás y no nos dejan ir a dormir, porque crean un día eterno pero frio. Si tan solo pudiera poner focos normales o ninguna luz. Ninguna luz. Podríamos irnos a dormir, y soñar. Soñar que el amante, y el mapa. Pero no lo hacen, y la gente se ve obligada a deambular y a vender aquí, en el frio. Mientras los niños juegan entre borrachos que copulan como conejos, en el frio y la mugre. Y no tienen más que husmear y robarme los colores, diciendo que un día de estos van a apagar el sol porque han encontrado la forma de mantener esas putas luces todo el día sin gastar nada, y entonces todos podríamos mantenernos despiertos todo el día, sin dormir jamás, y la producción, producción, producción, PRODUCCIÓN se iría a los cielos. A los cie… los
Se va. Parece triste pero aun así se va. No dice nada y se va. La gente que se detuvo, ahora pasa. Y no te ve. Deliberadamente. Pasa y no te ve. Evita mirarte fijamente a los ojos o a hacer contacto alguno.
Pero tú, tu tuviste un amante. Tuviste una ciudad, y también… Tuviste un mapa. En realidad, no. Ya no recuerdas de quien era el mapa, ni quien cartografiaba a quien. No sabes si te has quedado sin mapa o si lo que perdiste fue el amante. Pero tú. Tú tuviste todas esas cosas. Yo lo sé.
VI
Has querido decirnos que tienes una herida. Pero que aun más. Empiezas a comprender que es una herida que no sanara jamás. Y no puedes hacer otra cosa más que moverte –aunque sea caminar- porque si no lo haces la herida terminara por matarte, metafóricamente hablando. Lo sabes, porque hay días en que la herida te lleva las de ganar y no eres más que un bulto en la calle.
Sientes un abismo en ti. ¿Qué harás con esta herida que no cesa de crecer? ¿Con esta vida que se te escurre entre los dedos como se te escapan las letras del nombre del amante entre los labios que no pueden pronunciarlo? ¿Qué hacer con esta vida en la que no dejamos de morirnos todo el tiempo?
VII
Un día algo sucede. Sucede que un día todo sucede. Y no hay vuelta atrás. Un día las campanas del pueblo ladraron y los perros repicaron. Sin parar. Querías correr, pero es que las palabras se te tropezaban entre los baches de la lengua. Y al caerse ellas, caías tu. Inevitablemente, Como en una espiral, interminable. Palabras que se tropiezan, se apretujan, se resbalan, se parten a la mitad, se olvidan y se van. Siempre se van. Sobre todo se van.
Entiendes, o solo crees entender que a veces, no se puede entender, que a veces no hay nada que entender. Entiendes que a veces no hay mas que abandonarse a la idea del desentendimiento. Y si cambio el amante, la ciudad o el mapa. Si cambiaste tú. Eso nunca lo sabrás. No podrás saber mas que algo pasó; que pasó la vida y ahora pasas tu.
No entiendes, pero a veces sientes. Y así sintiendo se puede saber que a veces las heridas no cerraran jamás. Quizá esa sea la única certeza. Sí, que esta herida no se curara jamás. Y es necesario moverse, y no parar porque de otra forma la herida terminara por matarte, metafóricamente –porque hay muchas formas de morir- pero igual te matara. Hasta que un día a los cuarenta y tantos años despiertes y te des cuenta de que no has hecho nada de ti, y que llevas la mitad de tu vida lamentando una herida, cargándola en brazos dulcemente cual bebe. Media vida. MEDIA VIDA! Por eso es necesario moverse, todo el tiempo. Todo. O de lo contrario quedarse absolutamente quieto hasta que todo pase. Hasta que el satélite deje de girar.
VIII
La otredad. Si, la otredad en la que un día nos hemos despertado. Y he aquí tu mano y he aquí tu pierna. He aquí esta voz que proviene de ti pero que no soy tu. He aquí esta que eres pero no que no eres tú. La otredad que se nos insinúa en el interior
No, no es una sombra que se proyecta. O tal vez lo es y ya no puedes ni saber quién es la persona detrás de la sombra y quien es el reflejo. Porque es cierto que quizá, uno nunca deja de jugar a las escondidas con uno mismo.
Juega. Juegas, coges un objeto y lo conviertes en un ser vivo, tomas una persona y la conviertes en un amante, tomas un amante y lo trasformas en una ciudad, tomas una ciudad y la conviertes en algo de ti, tomas un pedazo de ti –muchos pedazos- y los transformas en objetos. Juegas.
Tuviste un amante y tuviste una ciudad. Tal vez. Por lo menos tal vez. Tuviste una ciudad y un amante. Si. Pero los perdiste. Los perdiste, o se perdieron, quizá incluso quien se perdió fuiste tú. Sin poder comprender jamás – o quizá precisamente por eso- si la ciudad era la cartografía del amante o si la ciudad era cartografiada por el amante.
Ahora ya no lo recuerdas, porque no has querido recordar, pero también porque no has podido. Verás, porque llevas tanto tiempo buscando, llenándote de vacío, platicando con la locura, coqueteando con la otredad, que ya no recuerdas. No recuerdas que amaste una vez a una persona, y a una ciudad, y los perdiste. Y aunque ahora ya casi no lo recuerdes, sientes que los amabas tanto que todavía los amas, entre la niebla.
Y ahora no lo sabes, pero algún día lo sabrás; sabrás que en realidad nunca los perdiste –ni se perdieron- Sabrás que quien se perdió fuiste tú. Y no porque se haya borrado el mapa, -que era la cartografía del amante expresado en la ciudad, o la ciudad cartografiada en el cuerpo del amante-, sino porque… Porque estabas distraída discutiendo con la otredad, y perdieron el camino. Porque nunca pudiste saber si al hablar era tu voz la que hablaba o era la suya –la otra- susurrándote al oído las líneas que debías de actuar. Porque nunca pudiste entenderla y por lo tanto, se dolían mutuamente, y jugaban a importunarse mutuamente.
Ahora no lo sabes, pero un día sabrás. Y entonces sabrás que ficción es pensar que la otra es otra y no uno mismo. Un día sabrás que nunca hubo otra. Que siempre fuiste tú. Otra cara de ti que no supiste aceptar y que renegándola se te fue la vida. Nunca hubo otra. Pero ahora la hay. Quiero decir que siempre hubo otra. Otra vía, otra vida, otra tu, otro amante, otra ciudad y hasta otro mapa. Pudo haber otra, pudo existir la otredad en un mundo donde nunca hubo otra
Tu. La otredad. TU. El amante. Tu. La ciudad. Tu. El mapa. Tu. La otra. Tu. El otro amante. Tu. La otra ciudad. Tu. El otro mapa. Tu. La otredad. Tu. La otredad. El amante. La otredad. La ciudad. La otredad. El mapa. Tu. Todo. Tu. La nada. Quizá nunca hubo otredad, ni amante, ni ciudad. Quizá ni siquiera existes tu.
Has querido pensar que la ficción es pensar que la otra es otra y no una misma. No has querido saber. Y ahora no lo sabes, pero un día tal vez sabrás. Sí, que es posible otro mundo en donde no existe la otra como un ser aparte. Y es que en realidad, uno nunca deja de jugar a las escondidas con uno mismo. Porque si ficción es pensar que la otra es otra y no una misma, realidad es jugar a las escondidas con la ficción.