sábado, 30 de abril de 2011

Abrir los ojos.

Abrir los ojos un día y descubrir el mundo en solo dos dimensiones. Buscar tus brazos y tus piernas, y darte cuenta de que no están. Despertar y darte cuenta de que has despertado en hoja. Suponer que en algún momento del sueño tomaste el cruce equivocado y en vez de llegar al encuentro de tu cuerpo, terminaste en las costas de una hoja en blanco.

Despertar entonces una hoja blanca y tener que arreglártelas con eso. Tener que decidir cómo llenarla, como convertirla en algo. Y al principio, intentar escribir en ella, como si a través de las palabras pudieras esculpir una vida, un plan, un futuro.

Perderte pronto en el doble sentido de las palabras, clavarte en la textura y seguir siendo una hoja en blanco, medio garabateada. Medio vivir. Vivir en el medio. Vivir en el miedo. Vivir en el miedo de no tener ningún motivo, no encontrar las palabras apropiadas, los momentos precisos, los silencios deseables. Ser presa de las circunstancias, hoja al viento, piedra al aguar. Dejarse ir y venir. Desesperarse, asustarse y sin darte cuenta; doblarte.

De pronto ser consciente de tus actos y comprender que puedes moverte, y continuar doblándote. Primero torpe, pesadamente, hasta perder el miedo. Aprender a doblarte y desdoblarte. Sobretodo desdoblarte a ti misma. Ir abriendo los pliegues más profundos de tu ser. Hacer habitables los espacios hasta ahora inaccesibles. Y continuar desdoblándote de nuevo, una y otra y otra vez.

Hasta que agotar toda posibilidad de doblamiento. Entonces desdoblarte, una última vez, y descubrir que, -sin darte cuenta, sin proponértelo siquiera- has construido algo de la nada. Abrir los ojos y despertar en barco de papel. Construir un barco de papel, construir sueños y para ques, construir porqués. Ser un barco de papel y surcar el mar.

Navegar el mar, enfrentarte a la tempestad de altamar, a los fantasmas de la soledad, a las ilusiones del chapoteo de los rayos solares en el agua, a la nada, al todo. Y de pronto, sentir que el agua te rebasa, que desborda tus muros y empieza a recorrer todo en tu interior. Disolverte dulcemente y desdoblarte en un instante. Ser de nuevo tan solo una hoja abierta.

Una hoja abierta, demasiado abierta. Tal vez demasiado abierta y expuesta. Tan expuesta que lentamente empieza a hundirse y desintegrarse. Pasar a ser parte del agua. Sentir mucho miedo. Mucha calma. Cerrar los ojos y dejarte ir. Abrir los ojos. Otra vez. Siempre y contra todo pronóstico, otra vez. Abrir los ojos y saberte agua.

Ser agua, gotas. Cúmulos de gotas. Ser ola. Nacer entre el burbujeo de la espuma, e ir creciendo muy lenta, demasiado rápidamente. Convertirte en montaña. Una fugaz y transparente montaña azulada. Quebrarte alegremente. Aceptar ese destino. Aceptar el inevitable final de las cosas. Y no solo aceptarlo, buscarle, llegar a desearle. Solo por eso poder nacer de nuevo, entre otra espuma, en otra costa. Abrir los ojos un día, comprender que todos somos cuerpos que creían ser olas cuando en realidad eran mares. Ser mar.

Llevar una alegre vida nómada. Hasta que se acaba. Porque también eso se acaba. Y despertar un día, escupiendo agua en alguna costa lejana. Ser un naufrago. Abrir los ojos y encontrar que tienes cuerpo. Encontrar tu cuerpo saliendo del mar. Luchar contra las olas que tratan de disuadirte de salir, y caer rendido a tierra firme.

Abrir los ojos y descubrir que el mar era en realidad una cama, un par de sabanas. Abrir los ojos. Buscar los tuyos. Encontrar tus ojos y con un parpadeo decirte que llegue a casa. Buscar en tus ojos y leer que nunca me fui.

sábado, 23 de abril de 2011

Mensaje lanzado al mar

Siempre quise escribir cartas. Siempre. Pero nunca tuve a quien. Ahora que esta de moda, diría que soy como el coronel que no tiene quien le escriba. O quien sabe, tal vez como el coronel, que no entiende aunque le escriban. Tal vez así. Al final no importa, porque de una u otra forma siempre me pensé como una persona lanzando mensajes en botellas al mar. Lanzando señales de humo al viento. Señales sin respuesta.
Siempre quise escribir cartas, y al principio me empeñe en escribirlas. Pero mal. Tenia tantas ganas de ser dos, tantas ganas de ser escuchada, de decir, de ser, que cuando finalmente lo hacia, lo hacia como un acto violento. No, no decía las cosas elocuentemente, no cantaba verdades, no escupía la realidad. No, yo vomitaba. Vomitaba tal cual algo que llevaba mucho tiempo rumiando en mi estomago, pero que no tenia ninguna estructura. Vomitaba torpemente algo que se me revolvía en la barriga y me mareaba hasta enfermarme.
Durante un tiempo escribí cartas. Muchas cartas. Acosaba con hojas y hojas a gente que no venia al cuento. A veces la gente me respondía, un rato, hasta que se agotaban. Otras de plano me ignoraban. Y yo permanecía siempre aquí, en mi isla, lanzando mensajes, queriendo jugar al ingeniero y construir puentes a través de mis palabras. Pero nada. A mi isla nunca llegaba nada.
Un día, de plano, me canse de engañarme e inventarme historias de gente que descubría mi isla y hacia que todas las cosas que nunca pasaban, pasaran. Un día sin más, me fui de mi isla. No se como. Yo creo que de puro enojo, encontré la salida. O la invente, rompí las puertas, los muros, que se yo. De puro enojo. No supe como, yo creo que a puros manazos, patadas y maldiciones, cruce ese mar que tanto tiempo me separó del mundo. Así llegue a tierra firme. A tierra secas, mejor dicho. Llegue a la ciudad. Una ciudad grande, grandisima, que amenazaba con comerse a sus habitantes.
Tuve miedo, y extrañe la comodidad de mi isla. Quise contarle a alguien mis aventuras en esta bizarra ciudad. Quise contarle a alguien que me perdí, que vi a un hombre espantando a una señora con una escoba. Quise contarle a alguien que vi a gente dormir en cajas en las afueras de los edificios, gente dar marometas sobre vidrios rotos para ganarse la vida, gente con el cuerpo plateado lanzando fuego por la boca. Quise contarle a alguien la impresión que me dieron los olores y la textura de las calles sobre el cuerpo.
Quise contar historias que, de tan cotidianas, la gente de la ciudad dejo de contar. Quise contar historias, que de tan cotidianas, nadie quiso escuchar. Y me sentí sola, más sola que mi isla. Me sentí vulnerable, en una ciudad que me era ajena y hostil, en una ciudad que me fascinaba y me repelía por igual. Pero, precisamente porque me seducía y me repugnaba por igual, no era capaz de irme. Deambule por la ciudad día y noche. Recorrí las calles, intentando platicar con ella, presentarme ante ella, disuadirla para que me fuera amable.
Pero no funciono. No funciono porque ella -la ciudad- estaba rota. Descubrí que la ciudad era una de esas piedras con grietas. Descubrí que el tiempo y la vida le habían jugado chueco, le habían robado las ganas. Descubrí que aún entre la multitud, la ciudad se sentía sola. Estaba sola, irremediablemente sola. No había nadie, en todo ese gentío que se detuviera acaso para acariciar sus muros, para dejarle mensajes de amor entre las cenefas de las ventanas, para pronunciar su nombre junto a un tequiero.
Y yo, que llevaba tanto tiempo sola, me identifique por completo. Empece a escribir cartas. No se si escribía para ella, o escribía para mi. Tal vez le escribía cartas a ella. Tal vez en realidad me escribía a mi misma. Tal vez escribía señales de ayuda a alguien mas. Quien sabe. Solo se que de un día para otro, me dio por escribir fragmentos de cartas en los muros. Me dio por dejar avioncitos de papel con pistas de una promesa no pronunciada. Me dio por robar la ropa de los tenderos y tenderla sobre las calles, creando rompecabezas que formaban frases que nadie nunca me dijo. Creo que fue así como convertí a la ciudad en mi campo de juegos. Fue como acariciar su cuerpo con palabras suaves. Fue como dejar que sus calles me envolvieran y me elevaran como una montaña. Si, creo que fue así, como la ciudad y yo nos convertimos en amantes.
Te cuento esto, porque creo que así empezó todo. Te cuento esto, porque quería explicarte como un día, recibí un mensaje en una botella que venia de mi isla. Te cuento esto, y te escribo a ti, mujer de la isla, en espera de que como dicen, un día "destapes mi mensaje y en lugar de versos descubras piedritas, y socorros y alertas y caracoles".

martes, 12 de abril de 2011

Todos los hombres del hombre


Conocí una vez al hombre más triste del mundo. Mirar sus ojos era como entrar a una cueva, y sentirse súbitamente solo. Tiene también una sonrisa que es un como un pantano que te jala. El hombre más triste del mundo vivía en una esquina. Tenía una casa con techo y paredes, pero no llegaba nunca, porque sentía que las paredes lo atacaban por la espalda y se lo comerían al menor descuido. No, no es cierto. Eso decía él, porque le parecía más sencillo creerse loco que saberse miserable. Verán, el señor más triste del mundo no llegaba a casa porque sabía que ahí dentro nadie lo esperaba, y porque sabía que al dormirse corría el riesgo de que nadie lo invocara con su deseo de verlo al día siguiente que las ganas de alguien más lo despertaran y lo reinventaran.

El hombre más triste del mundo no llegaba a su casa porque sabía que a nadie le importaba, que si llegaba seria como excluirse del mundo y no poder alcanzarlo más. Por eso el hombre más triste del mundo caminaba eternamente y sin descanso; siempre buscando el paso siguiente, el otro, como si tuviera algún destino al cual llegar, como si el corazón se le escapara entre las manos.

Y es así, el corazón se le escapaba entre las manos, porque su corazón estaba tan triste que actuaba como si corriendo rápidamente hacia adelante, pudiera revertirlo todo. A veces el corazón se detiene, se agota. Entonces es como si fuese una mina de tristeza, cuya materia prima no dejaba de extraerse a la luz, y de hacerse más honda, de revolverse toda.

El hombre más triste del mundo corre, araña, huye, grita, gime. El hombre más triste del mundo se tropieza, cae, gatea, tirita, calla, duerme, muere. Y se va yendo muy rápido, sintiéndose muy vivo, y se va quedando inmóvil, sintiéndose muy muerto. Corre, se detiene, corre. No acaba de decidirse, y se va sintiendo muy mal, muy vivo, muy muerto.

El hombre más triste del mundo no habla con nadie. No tiene con quien. No sabe cómo. Al hombre más triste del mundo la tristeza le vino con la guerra que trajeron otros hombres. La guerra trajo consigo un cultivo de tristeza y lagrimas, de entonces carga este hombre la tristeza del mundo entero. De esos días en que llego el ejército y les quemo las casa, y les mato los niños y les violo las mujeres, de esos días en que el odio asfixio la poesía.

El hombre más triste del mundo no tiene voz, no habla con nadie. Tiene un grito tan grande, tan grande, tan definitivo, tan doloroso, que prefiere ser silencio. No sabe, no quiere dejar de serlo. Porque el odio le asfixio la palabra, le apretó con sus frías manos hasta estallar sus pulmones, sus ganas, y le vació por completo, le lleno de vacío.

El hombre más triste del mundo está solo. Solo al cuadrado, al cubo, a la enésima potencia. Esta solo porque la guerra y el odio le mataron su familia. Esta solo porque con su muerte se le acabo la poesía. Esta solo porque el odio le quito todo, y le dejo solo su huella latente y creciente como un tumor. Esta solo porque no conoce a nadie. Esta solo porque quiere estarlo. Esta solo, solo, solo. Y si pudiera, el también se iba, y dejaba sola a esa maldita soledad.

Pero no puede. Por eso camina, y araña y aúlla, por eso duerme, y se queda quieto, muy quieto durante horas, por eso juega al muertito, a esconderse de la vida.

El hombre más triste del mundo no tiene casa. Tampoco tiene ciudad. Habita una ciudad que le es dolorosamente ajena y familiar al mismo tiempo, porque hasta eso le quito la guerra.; le quito su familia y su barrio y sus calles, y aun entonces, se quedo a vivir con él.

Los otros, los militares construyeron sus propias casas sobre las ruinas de su cuidad y cultivaron sus milpas sobre las tumbas de sus muertos y construyeron cuarteles sobre sus iglesias y cambiaron los nombres de las calles con las fechas de su derrota y los nombres de sus asesinos (aunque esto el no puedo saberlo porque está escrito en un idioma que es desconocido) Pero aun peor; los otros han tirado la jacaranda del pueblo, la que estaba sobre la loma donde se podía ver el resto del pueblo.

Y el hombre más triste del mundo, el único sobreviviente de la masacre tuvo que quedarse a vivir con sus verdugos. No sabía bien porque. En parte porque no sabía a dónde más ir, si en todos lados la guerra termino con todo, si en todos lados era la misma historia. En parte también porque no tenía ganas, porque este era su pueblo, porque se sentía cansado, doblegado. En parte porque no podía, porque las calles donde los mataron también eran suyas, porque irse era aceptar la derrota, porque quedarse era reivindicar su derecho, porque esto, porque lo otro, porque si, porque no, CARAJO, porque no.

Así, el hombre más triste del mundo se ha quedado entre ellos, los que hablan un lenguaje que no entiende. De forma que el hombre más triste del mundo ya no conoce ni su propia ciudad. Para ubicarse se ve obligado a dibujarse mapas entre las paredes de las calles. El hombre más triste del mundo se escribe cartas a sí mismo en los muros de la hostil ciudad. No son cartas tal cual porque el hombre ha perdido la palabra, pero no el lenguaje. El hombre se dibuja trazo a trazo, con un trozo de carbón para orientarse, para sentirse menos solo. Línea a línea, punto a punto, trazo a trazo el hombre más triste del mundo se cuenta una historia. No cualquier historia. Se cuenta la historia de su pueblo, y esa historia es como un mapa que lo guía entre las calles y los hombres.

Lentamente, trazo a trazo, paso a paso, paso el tiempo. Muncho tiempo. De pronto el hombre más triste del mundo descubre que ya ni siquiera él puede estar triste del todo, todo el tiempo. A veces sonríe mientras contempla a los niños jugar. Otras veces se sorprende silbando una canción que no sabe de dónde saco. Algo ha cambiado.

Tampoco los otros son los mismos. El hombre más triste del mundo lo ha notado. Ha visto como los otros, que ya no son militares y son solo hombres han cambiado, se han hecho más viejos, más frágiles, no sé, más humanos. Los militares han dejado los uniformes y los puestos, ahora son abuelos, son padres, hermanos, personas. Un día el hombre más triste del mundo ha visto una masa de aire traer la lluvia. Esa noche ha llovido y por primera vez en mucho tiempo el hombre se ha mojado, ha respirado el olor a tierra húmeda, ha visto la luna.

Después ha visto a un grupo de niños jugar con papalotes. Si, los hijos de los asesinos también juegan, juegan los juegos que jugó su hijo, que jugó el siendo niño. Y algo en él se ha soltado, porque el aire huele a primavera, y de pronto todos son militantes de la vida. Incluso los otros. Otro día por ejemplo ha visto a unos amantes besarse bajo la misma farola en la que un día el beso a su esposa. Ha visto a unos ancianos plantar un huerto.

Y el hombre más triste del mundo se sorprende, se vuelve más huraño, más liviano, se siente muy bien, se siente muy mal. Dibuja, hace mucho que no sabe como continuar su carta, así que ahora solo dibuja, una y otra vez, la misma imagen; una puerta, un rostro, un ademan de brazos. Pero no sabe como continua.

Camina, silba, se ríe, llora, grita, ríe. No entiende. No entiende que los otros, los que plantan jardines y juegan con sus nietos sean los mismos que quemaron su pueblo, y mataron sus niños. El hombre más triste del mundo se convierte en el loco del pueblo., y dibuja, porque su mapa esta inconcluso, así que dibuja e inventa. Sus trazos son un signo de interrogación, son un reproche, un ruego. El hombre quisiera decirles que por favor, que a veces, que aunque, pero, siempre….

Y no puede, así que dibuja.

Hasta que un día mientras el pueblo está de fiesta y sale a caminar por el campo, el hombre más triste del mundo comprende. Comprende y dibuja. Traza un circulo, y otros mas, traza su propio rostro, traza la puerta, traza su mano alcanzando la puerta, traza un horizonte nublado en el entrevés de la puerta, traza un pie suyo cruzando el umbral.

Y lo cruza. Ahora el está adentro y ellos afuera. Ahora él es muy joven y ve a su propio pueblo, a su propia gente, sus propios edificios, sus calles, su árbol de jacarandas. El hombre más triste del mundo, es ahora inmensamente feliz, mientras observa al pueblo desfilar en una fiesta. La banda toca, las mujeres bailan, los hombres ríen. El hombre también ríe. Ríe mucho, muy fuerte. Mientras ellos se marchan, alegres y orgullosos, a otra guerra. Uno a uno desaparecen todos. La música se aleja, al igual que la risa, y el hombre se va quedando solo. Se va la luz en la cueva de sus ojos, y se va quedando cada vez más triste.

De pronto, escucha un sonido de voces que se acerca. El corazón del hombre se detiene, se brinca tres escalones, y entusiasmado corre con la idea de que los hombres hayan cambiado de opinión y decidan volver a casa. Se apresura emocionado hacia ellos. Pero solo descubre un grupo de mujeres que lo miran coquetamente y cuchichean entre ellas sobre los ojos más tristes que han visto en el mundo.

lunes, 11 de abril de 2011

Noches de insomnio III

Era de noche en los tugurios de tu lengua, y tus ojos infinitamente huecos me miraban insolentes, fermentando mil misterios. Tus labios de cuasar me invitaban al abismo, seductoramente insinuando delirios de llanuras. Delirios que sabía no harían más que derretirme en guijarros de cristal. Pero era de noche en las entrañas de tu ser y mi ingenua vanidad no resistió màs el cruel eco de la soledad. Me deje caer dulcemente entre las grietas de la irrealidad. Era de noche en las sabanas de tu piel nívea y mis ojos huecos no distinguían más que los cráteres de tus lunares floreciendo alegremente por la ladera de tu espalda. Era de noche en el desierto de mi cama, cuando sentí la gravedad de comprender que no eras mi verdad.

sábado, 9 de abril de 2011

Cavilaciones de semáforo o la calle es nosotros

Hay que dar espacios a la gente, cuando la guerra se los quita. Sí, porque las calles donde nos mataron eran nuestras. Y cuando los recuperamos a ellos como si fueran los nombres de las calles, nos recuperamos a nosotros mismos. Porque hasta eso nos quito la guerra. Nos arranco de nosotros.

Si, tiene que ser así. Recuperar a los muertos a través de la recuperación de los espacios. Porque esta guerra no es nuestra, pero los muertos sí. Las muertes, si. Cada muerte (aunque sea chiquita) nos pertenece a todos.

Y la única forma de devolvernos la dignidad a todos es recuperando a nuestros muertos, como se pueden recuperar los nombres de las calles. Calles que fueron nuestras y que nos han sido amputadas como se nos amputa la presencia de nuestros muertos. Estamos entonces amputados, pero también emputados, porque las calles somos nosotros.

Vamos entones recuperando las calles, recuperando a los muertos y recuperándonos a nosotros mismos.

viernes, 8 de abril de 2011

Me quiere, no me quiere...

Yo quisiera encallar en el panal de tus pensamientos y derretir las bisagras de tu alma, embriagarme en la cuenca de tu llanto, arañar el biombo que cubre tu desnudez y abrasarte en pírricos besos de esquizoide.

Quisiera nadar a través de las ojeras de tu ser y perderme, y poder recorrer los senderos de tu mente, comerme una neurona o mil, y hacerme un refugio en el centro de tu tálamo para habitar ahí, en el útero de tu esencia. Entonces le construiría una casa a los ecos del silencio, para que se coman la oscuridad de tu conciencia.

Quisiera nadar en la suave crema de tus sabanas blancas, y fundirme contigo en el elíxir de las sombras. Acostarme con la sombra del deseo y fundirme entonces, en el eco del placer. Quiero regálate unas migajas de sonrisa, para que las siembres y las riegues cada noche con leche de abeja y miel de vaca marina, hasta que florezca un árbol de alegría donde puedas ventilar tu vacio.

Quisiera regalarte una botella de felicidades añejas para que las destapes en tus noches de delirios, y me bebas diluida para sumergir la soledad de tus entrañas. Quisiera regalarte un cráter de luna para que tengas tu propio temazcal en el cual emprender tu onírico viaje por la cordillera de la ficción. Quisiera regalarte una daga de las lagrimas que te he llorado para que te resucites cuando te hayas hastiado de la vida, cuando se haya secado el ingenio y corroído la razón, cuando la pasión se hastió y el amor cadenas, para que mi llanto lave tus rincones más oscuros y desinfecte el corazón.

Yo a cambio solo quiero una cosa; quiero amor mío, que cobijes mi alma con guijarros de mañanas endulzados, para que no muera de hambre, de tempestad, de frio.. .

jueves, 7 de abril de 2011

Las muertes chiquitas

I.

Podría haber sido una agradable mañana de junio. Sí, pero él hubiera no existe. Y sin importar cuantas veces lo repases en tu cabeza, no podrás encontrarle ningún sentido. Mira, vas caminando lentamente, haciendo lo tuyo. Vas por ahí, sin molestar a nadie, y entonces alguien aparece de la nada; y todo sucede. Sucede que caminas distraída, descalza, sintiendo la humedad del pasto hacer cosquillas a tus pies. No estás pensando en nada. Es un momento absolutamente tuyo, en el que todo parece detenerse para sentir la caricia del paso sobre tu piel, mientras te acercas lentamente a tu casa.

Te acercas lentamente, derritiendo cada minuto entre tus pies y disfrutando cada minuto. Porque a final de cuentas, es de día, y afuera hace una deliciosa mañana de junio. Todo está bien. La vida es bella.

Luego el ruido de pisadas tras de ti.

Volteaste lentamente, con una sonrisa esperando descubrir a algún amigo. Luego el choque de miradas, el presagio, el instante que precede al horror; un miedo abrupto e inexplicable que te jala, te empuja a correr hacia atrás sin poder entender por qué. Luego un intento por dar una última oportunidad para no jugar este juego y que todo quede en un ridículo malentendido, un quien eres, soltado al aire.

Pero falla.

Casi sin convicción, la voz se te quiebra, toda ella empapada de miedo se rompe. Él lo sabe, y eso le da más poder. El corre hacia a ti, que corres hacia la casa sin esperar respuesta. El grita, como tú, pero sin decir nada. Es un grito gutural, un sonido absolutamente animal. Te detienes tratando de ponerte los zapatos. Pierdes tiempo. Preciados segundos. Un segundo demasiado tarde, y entonces el choque. Su cuerpo estampándose ferozmente contra el tuyo, tumbándote contra la malla antes de caer al piso.

Entonces el pánico, el horror que no te deja pensar, la adrenalina que inunda tu cuerpo y no te deja respirar. Entonces el forcejeo, la lucha de los cuerpos, de los pesos, del más fuerte. Sus manos escalando por tus muslos, como un incendio que lo quema todo a su paso. La piel en llamas. La guerra por el vestido. Los forcejeos, los gritos, el pánico. El olvido. La oscuridad.

De pronto, y sin saber ni cómo ni cuándo, la acción se concatena con una reacción igual pero en sentido inverso, y los cuerpos rebotan, y se alejan corriendo despavoridamente en direcciones opuestas. Y terminas de correr para abrir los ojos a una nueva realidad, a un nuevo mundo donde nadie es lo que parece.

II

Abrir los ojos y darte cuenta de que lo peor no fue el jaloneo y el forcejeo, donde lo peor no es tu cuerpo siendo estrellado contra las rocas del suelo. Abrir los ojos y darte cuenta de que las cosas apenas empiezan. Abrir los ojos al miedo. Al pavor que detiene tu corazón cada que escuchas pasos tras de ti. Abrir los ojos al asco, a la nausea de saber tu cuerpo ultrajado. A la sensación de suciedad que no quitas por más que te talles. Abrir los ojos al odio, a las muchas ganas de hacer daño cada que un desconocido te dirige una mirada candorosa

Y dedicar tu vida al miedo. Calculando que alguien, pensando que alguien, sintiendo que alguien, temiendo que alguien… Alguien, alguien. Siempre alguien y nunca una persona concreta. Siempre alguien sin nombre, con un rostro borroso e identidad desconocida. Alguien que no tiene ni nombre, ni rostro, ni nada y por lo tanto, alguien que no puede ser identificado. Un rostro inexacto, cuyos rasgos apenas se insinúan y te obligan a desconfiar de cada hombre que deambula en la calle. Darte cuenta de que no puedes confiar en la gente. Ya no. Porque es tortuoso vivir en un lugar en el que has sido atacada, y tener que vivir con la incertidumbre de convivir siempre con tu atacante y la posibilidad de un nuevo encuentro. Dejar de creen en el ser humano, dejar de creer en ti, entonces empieza todo.

III

Se trata de algo muy sutil, casi imperceptible. Puede ser a veces, un apretón de la mano que te jala hacia adelante, indicándote que aceleres el paso. Puede ser también una súbita aceleración en la forma de caminar. A veces sin que una de las dos lo note. Otras a través de un acuerdo tácito. Una carrera que es discreta a fuerza de una conversación deliberadamente festiva. Pero que se desmiente a sí misma, por la ausencia del ánimo en la conversación, por los silencios en los que, tras voltear hacia atrás, se trata de retomar la conversación con un intento de tono festivo que suena a funeral.

Dependiendo del grado de peligro que se reconozca puede ser que solo una de las dos personas lo note, y una jale urgentemente a la otra a caminar más rápido sin que la otra caiga en cuenta, puede ser también que se le jale tantas veces que a fuerza de constantes interrupciones, la otra caiga en cuenta, o puede ser que tras un breve segundo; una mirada, un silbido, a veces menos, las dos capten el peligro.

Y consiste en todo en continuar, en continuar más y más rápido, cada vez más rápido, hasta que sin correr, o por lo menos no del todo, se llegue a casa, o a un lugar iluminado o con gente. Hasta que las manos suden tanto, que se tome un taxi. Un taxi, si, que te lleve media calle, pero que te lleve a casa, y termine de una vez este estúpido juego del atrapador.

IV

Pero el juego nunca acaba, no del todo. Es posible, a veces, si se lo propone realmente sacarlo de la cabeza, y jugarlo de forma inconsciente. Pero en general siempre se juega. Lo peor es jugarlo solo. Porque cuando se es menor en número siempre se está en desventaja. Lo peor es estar consciente de eso, y jugar con miedo.

Salir a la calle, prepararte mentalmente. Arreglarte, tardarte mucho arreglándote para verte lo mas desarreglada, lo más desagradable posible. Arreglarte para que te digan que te arregles. Salir así, hecha una maraña de telas, una maraña de nudos en la cabeza sin lavar, una maraña de nervios. Salir así, con miedo. Tratando de convencerte de que no hay nada a que temer. Pero temiendo de todo, y de todos, porque ya no te es posible confiar en nadie.

Salir y caminar. Enfrentarte día con día a tu peor miedo, que quizá sea el mismo miedo, y no los hombres. Caminar y no, no tener miedo; ser miedo. Sentir el corazón acelerarse, sentir como se te sube, como trata de escaparse por entre la garganta. Sentir como golpea. Sentir como detona una pirotecnia de terror. Sentir las piernas, que se vuelven como gelatina, que hormiguean y no pueden caminar tan rápido como quisieras. Sentir la sangre agolparse en la cabeza, mareándote. Sentir el aire abandonando tus pulmones. Sentir el sudor correr tus palmas, tu espalda, tus piernas. Sentir el estomago que se te revuelve. Sentir la voz que te abandona. Y no tener más remedio que caminar.

Caminar, hasta que el peligro pasa. Y entonces sentir como todas las fuerzas se te agotan. Sentir las piernas que ahora son de plomo, y pesan tanto que es imposible moverlas. Sentir el corazón que regresa lentamente a su guarida. Y no poder hablar, ni poder pensar en nada.

Ser miedo y abandonarse al miedo. Entregarse al miedo. A tomar decisiones basadas siempre en el. Temer por adelantado. Temer como estilo de vida. Ser miedo y nada más.

V

O no. No tener miedo. Tener odio. Odiar a todos por adelantado. Odiar a todos como mecanismo de defensa. Odiarte a ti, por sobretodos. Odiarte por haber dejado que te lastimaran. Odiarlos por lastimarte, por no lastimarte. Lastimarte. Confundir todos los sentimientos. Odiarlos a ellos, a ti, al mundo. Lastimarlos a todos, lastimarte a ti. Sentir lástima hasta lastimarte.

Sentir el corazón latir como enjaulado cada que alguno de ellos te dirige la palabra. Sentirte enjaulada. Querer hacer daño. Tener la cabeza llena de ideas sangrientas. Saberte demasiado peligrosa. Saber que tienes que hacer algo, porque la herida es tan grande que si no haces nada, vas a morir. Una muerte metafórica, tal vez, pero igual una muerte. Saber que eres una bomba a punto de explotar. Explotar a fuerza de no morir. Explotar para tomar el control. Explotar para recuperarte.

Estar siempre a punto de explotar. Encenderte con el menor de los movimientos. Tener la mente llena de malos pensamientos. Y todo lo que un día estuvo colmado de futuros de pronto queda emponzoñado de pasados. Hasta que explotas. No hay más.

VI

Solo que a veces uno explota con las personas equivocadas, en los momentos equivocados. De pronto uno se vuelve un campo minado y todos alrededor son susceptibles a morir bajo tu ataque. Tu también. Porque un campo minado no está vivo. Ni está bien. A veces, lo más terrible del ataque es su disfraz de aparente no violencia, bajo el cual se esconde la peor de las violencias.

La violencia de fingir que todo está bien, sin que lo esté; de construir una ficción en la cual nada fue violado, en la cual todas las piezas están en orden. Esa es la peor de las explosiones, y la más violenta de las violencias. Tal vez.

Actuar como si todo estuviera bien. Estar bien para los demás. Estar bien para no estar mal. Estar bien para no enfrentarte a estar mal. Hasta que es demasiado. Porque no se puede fingir durante demasiado tiempo. Y entonces caer, y caer en serio. Hasta el fondo.

Sin razón aparente. Sin motivo alguno. Estar en casa, estando bien. Hasta que de pronto, de la forma más sutil y más inocente, todo deja de estarlo. Puede ser solo una caricia. Una mano sobre tu muslo, un beso demasiado apasionado, a veces menos. Y todo se cae. Se cae el teatro y te caes tú. Porque estar bien para no estar mal, es la peor forma de estar mal. Y en esos casos la vida no sabe cómo ayudarte más que tendiéndote el suelo, como se tiende una mano.

VI

Y no, no es necesario ser una de las muertas de Juárez, ni una cifra más de los feminicidios en México para sufrir la violencia, para morir una más de esta muertes. No es necesario morir para morir una más de estas muertes chiquitas que todas morimos.

Y tal vez lo peor es pensar que quizá, después de todo, mereces está muerta, al menos esta muerte chiquita. Porque tú, habitante del supuesto mundo libre, no has podido, querido, sabido, logrado ayudar a las mujeres del mundo no libre. Ese mundo oscuro de donde nos llega apenas el rumor a modo de cifras sobre la violencia y los atentados contra la vida. Tu, habitante del mundo libre, has dejado morir a tus hermanas de ese mundo en el que ya no pueden defenderse porque la situación es tan cabrona que a cualquiera que trata de defenderse lo matan. Quizá esa es la violencia más brutal de esta muerte chiquita; que te hace pensar que es tu culpa. Te hace pensar que lo mereces porque no lograste ayudar al otro.

La mayor violencia está en aceptar la violencia. La muerte más brutal esta en morir una muerte que no es tuya ni es para ti, una muerte en la que lo menos importante eres tú, porque solo eres una pieza en un juego más grande; eres un objeto al que usan para un fin mayor (o menor?) y que al final desechan siendo tu muerte un mero daño colateral.

El género, el sexo, la violencia; las muertes chiquitas. Lo más brutal de todo esto consiste en este eterno morir muertes que no son nuestras (incluso si lo son); que son una hermana, una madre, una novia, una amiga, una vecina, una compañera de la escuela, una chica con la que compartimos la combi de las siete y que un día simplemente no llego mas.

Todo eso es lo más violento porque de fijo nos roba lo mas intimo que tenemos todos, no hablo solo de nuestra dignidad, sino de nuestro derecho a que nuestra muerte sea nuestra, a que nuestra muerte sea un ataque al corazón, un derrame cerebral, un accidente de tráfico, una decisión imprudente, un porque si. Porque creámoslo o no, la muerte es nuestra, es una elección, una decisión, un compromiso. Y tal cual un juego de ajedrez, vamos jugando, apostando nuestras piezas hasta que se nos acaban. Lo más violento de esta violencia, es quizá que la vida sigue, y no es peor que otras vidas. Hasta que ojo por ojo y diente por diente, el mundo se queda ciego.




miércoles, 6 de abril de 2011

La cartografía del amante



I

Ahora ya no recordabas, quizá nunca recordaste del todo. Creías recordar, o querías creer que recordabas. Pero no. No recordabas nada. Todo te resultaba ajeno, penosamente ajeno. Como un amante que se encuentra después de uno o diez años y al cual se desconoce como un completo extraño, mientras algo insiste en repetirnos lo contrario para no ser descorteces. O para algo que no sabes muy bien.

II

Tuviste alguna vez un amante. Y la ciudad. Un amante y una ciudad. Si. Y la ciudad era la cartografía del amante. Pero ahora ya no. Hoy no. Ya no. Caminabas y caminabas, con una desesperación dolorosa, como un adiós que no termina de pronunciarse por completo, y que duele de antemano. Pero que precisamente porque no termina de pronunciarse no deja de doler; duele más.

Y una parte de ti desea que se vaya ya, lo que sea que tenga que despedirse. En este punto ya no recuerdas ni de que te despides. Pero que se vaya ya. YA. Que termine todo esto; este agonizar tan suave que no termina de doler lo suficiente para que en efecto, todo pueda terminar ya.

Otra parte de ti se apena de ese pensamiento que se insinúa como una tentación oscura. Una parte de ti se lamenta y se duele, temiendo que el adiós en efecto, un día termine de pronunciarse. Pero es una situación tan absurda, que ni siquiera disfruta cada día que pasa sin que el adiós se pronuncie. Porque cada día que pasa es tiempo robado, es tiempo que se está tomando prestado, y por lo tanto, la posibilidad, por pura matemática, de que el adiós se pronuncie mañana, o al rato; es mayor.

En medio de esta lucha interna, caminas. Desesperadamente, recorriendo las calles como se recorre el cuerpo –la espalda, el vientre- como se delinean las formas –los labios, el pubis- de un amante después de una larga ausencia. Pero encuentras todo tan cambiado que te detienes. Vuelves a correr. Te tropiezas. Te detienes desalentado. Y así sucesivamente, presa de una fiebre incurable.

Todo te resulta ajeno, grotescamente ajeno. Como si hubieran profanado todos los lugares sagrados y hubieran erigido altares paganos a un dios que no es tu amante. Este paisaje no es el tuyo. Ya no. ¿Es esta tu ciudad, tu amante? ¿Siguen ahí? ¿Alguna vez lo estuvieron?

Todo ha sido profanado. Han violado todo. TODO. Violado a tu ciudad, la cartografía de tu amante. Y tú. Tú la recorres, reconstruyéndolo todo, con fiebre. Salvajemente. Dulcemente. Con un odio barroco hacia este amante que ya no es quien tu amabas; y a la vez, con dulzura, inocencia y fragilidad de quien recoge lentamente los pedazos de algo roto, como esperando que haciéndolo lo suficientemente lento, se pueda reconstruir de nuevo.

Caminas. Como una forastera en tu propia ciudad. Todo lo volteas a ver, todo te es nuevo y ajeno. Toda esta gente, todo este bullicio. Los carros, los edificios, las luces. ¿Qué paso con las luces normales? ¿Por qué tienen que ser tan coloridas? Las luces te molestan, te repugnan. Convierten a los edificios, edificios sagrados en mujeres sobremaquilladas, como las putas. Este ente perversamente ajeno te repugna.

Te asusta esta mole de concreto desconocido. Te sientes vulnerable porque tú tenías un mapa. La ciudad era el mapa de tu amante. Y ahora es como si hubieran borrado todas las leyendas y hubieran movido todos los sitios de lugar.

III

Antes podías saber. Y no, no era que si caminabas por allá tu amante se alegraba y te abrazaba; y que si caminabas para acá tú te asustabas y apretabas su mano. No era que al caminar hacia este lado se detuvieran en esa banca a practicar el silencio. O que saliendo de “x” terminaran en “z” porque “y” ocasionaba que tú y tu amante discutieran por motivos varios, y el amante caminara hacia “k” y tu caminaras hacia “j” hasta que “f” pasara y se encontraran en “a’”, para besarse en “n”. No.

NO

Era un mapa en el que tú y tu amante podían leerse, pero que no predecía nada. Era un mapa que cada día se delineaba y se trazaba a sí mismo. Porque si, tenias un mapa, y la ciudad era la expresión del amante. La ciudad era un mapa de los lugares sagrados del amante. Todas las calles y los edificios de la ciudad existían en posición del amante. Sí, porque la ciudad era la cartografía del amante.

Pero alguien había cerrado las puertas de los lugares. De todos los lugares, y no les basto eso; cercaron todo con alambre de púas, de forma que no te dejaban llegar a casa. El mapa ya no servía porque había sido profanado. La ciudad, que era la cartografía del amante, ya no existía.

¿Puede existir el amante sin ciudad? ¿Sin mapa alguno que lo explique? ¿Puede incluso existir en un lugar diferente? ¿En otra ciudad? ¿Una más pequeña, más grande, más esto o más lo otro? ¿Seguiría teniendo sentido el amante? ¿Sería remotamente posible ese amor?

Pero… Es que la ciudad sin amante tampoco tendría sentido alguno. Porque un mapa no sirve de nada si no se va a ningún lugar, si no hay nada que comprender. Tuviste un amante, y una ciudad, y un mapa. De verdad que los tuviste.

Solo que al final ya no sabias si el amante era la persona o si la ciudad era el amante. Simplemente ya no sabes de quien es el mapa. Tal vez la ciudad es la cartografía del amante. Tal vez. O tal vez el amante es la cartografía de la ciudad. Si, tal vez el amante tiene en su cuerpo, marcados todos los lugares sagrados de la ciudad. Y es el amante el que tiene las llaves para abrir las puertas para entrar a la casa, y que la ciudad sea nuestra de nuevo. Tal vez es el amante el que nos puede guiar para hallar los puentes que conectan orillas y llevan a casa. O tal vez… O…

IV

Caminas. Caminas cada día horas y horas. Entre el frio y el sol, y el blanco y la bulla, y la gente y la soledad. Caminas. La soledad de la gente que no te mira, pero que tú miras fijamente. Porque están fuera de control. Tienen la mirada perdida. No pueden caminar; gritan y berrean mientras creen cantar. Algunos hablan solos, otros duermen inconscientes en el piso.

¿Quién le hizo esto a tu amor? Porque este ente no solo no es tu amor. No solo no es quien tu amas. Es alguien porque la persona que amabas sentiría tristeza o rabia. ¿De verdad es este tu amante? ¿Tu ciudad? ¿Es este tu mapa para llegar a dónde vas?

Te arden los ojos. Cada vez más. Te arden los ojos. Te aterran las personas. Te aterran. Todos te aterran. Pero sigues caminando, como si con los pasos pudieras asesinar la distancia entre tú y este ente desconocido. Buscas algo que te indique que estas en el lugar correcto, que esto no es un sueño. Que lo es. Que en efecto, tuviste una vez y de verdad, un amante y una ciudad. Y que había un mapa. –Que aun lo tienes- Una ciudad. Un amante que es un mapa. Si correcto. Correctísimo.

Caminas. Caminas. Ca-minas. Más y más. Entre la gente y el tiempo que se te escurren entre los pasos, como el nombre del amante se te tropieza entre la lengua. Tú no ves a nadie. Pero la gente te mira. Fijamente. A los ojos. Con precaución. Con precaución te miran fijamente a los ojos. Ojos que tanto arden. Arden los ojos. Si, los ojos arden. Si, arden los ojos con la gente ardiendo en el amante-ciudad en llamas. No, no arden la gente, ni el amante ni la ciudad. No arden los ojos. No.

V

Un día comprendes que es lo que todos ven en tus ojos. El reflejo de algo en una niña te lo ha dicho: Tus ojos están locos. Si, la locura ha raptado tus ojos y prende leña en ellos. Tus ojos delatan algo ausente, un miedo salvaje de animal perseguido, una desesperación que corroe y que arde y lacera.

Ahora lo sabes, pero igual no lo comprendes. Después de todo es TU ciudad. Ellos son los intrusos. Los ebrios dementes, profana lugares, viola amantes. Blasfemos. Paganos. Los ODIAS y los temes por igual. Los evitas y los DESEAS por igual.

Hoy te asustan, entre el sonido hipnótico de los tambores con sus voces como aullidos y el vaivén intermitente de gente que te empuja. De niños que aparecen frente a ti. De la nada. Del todo. De las luces, esas horrendas luces vulgares.

Te dejas caer en una banca, asustada. De la nada llega alguien. Pronuncia tu nombre. Pregunta si estás bien, si tienes miedo o enojo. Sonrisa; reconoces la cara. Miedo, respondes. Sinceridad. Más preguntas. De ti o de alguien más. Risa. ¿Por qué habría de temerme a mí? Silencio. Por la misma razón por la que tu puño estaba dentro de tu boca. Confusión. Yo no… Ardor en los ojos. Ira. Se lo que vi. Suspiro. Estas fuera de control. Pérdida de control. ¿Qué? Sinceridad. Todos lo dicen. Grito. Son ellos. Es esta puta luz. Señalas. Míralos. Palabras caen como en cascada. Mira los mirada vacía, profanando los sitios sagrados. Silencio. Grito. Violaron mi amante. Precaución. ¿Qué amante? Mi… mapa-amante. Cansancio. A-man-te. Se caen las palabras como hojas. Silencio.

Te arden los ojos. El abismo se abre entre ambos. Quisieras cerrarlo creando un puente con tus explicaciones, como si las palabras pudieran ser ladrillos. Tomas aliento y te sueltas.

Son las luces. Las putas luces que no apagan jamás y no nos dejan ir a dormir, porque crean un día eterno pero frio. Si tan solo pudiera poner focos normales o ninguna luz. Ninguna luz. Podríamos irnos a dormir, y soñar. Soñar que el amante, y el mapa. Pero no lo hacen, y la gente se ve obligada a deambular y a vender aquí, en el frio. Mientras los niños juegan entre borrachos que copulan como conejos, en el frio y la mugre. Y no tienen más que husmear y robarme los colores, diciendo que un día de estos van a apagar el sol porque han encontrado la forma de mantener esas putas luces todo el día sin gastar nada, y entonces todos podríamos mantenernos despiertos todo el día, sin dormir jamás, y la producción, producción, producción, PRODUCCIÓN se iría a los cielos. A los cie… los

Se va. Parece triste pero aun así se va. No dice nada y se va. La gente que se detuvo, ahora pasa. Y no te ve. Deliberadamente. Pasa y no te ve. Evita mirarte fijamente a los ojos o a hacer contacto alguno.

Pero tú, tu tuviste un amante. Tuviste una ciudad, y también… Tuviste un mapa. En realidad, no. Ya no recuerdas de quien era el mapa, ni quien cartografiaba a quien. No sabes si te has quedado sin mapa o si lo que perdiste fue el amante. Pero tú. Tú tuviste todas esas cosas. Yo lo sé.

VI

Has querido decirnos que tienes una herida. Pero que aun más. Empiezas a comprender que es una herida que no sanara jamás. Y no puedes hacer otra cosa más que moverte –aunque sea caminar- porque si no lo haces la herida terminara por matarte, metafóricamente hablando. Lo sabes, porque hay días en que la herida te lleva las de ganar y no eres más que un bulto en la calle.

Sientes un abismo en ti. ¿Qué harás con esta herida que no cesa de crecer? ¿Con esta vida que se te escurre entre los dedos como se te escapan las letras del nombre del amante entre los labios que no pueden pronunciarlo? ¿Qué hacer con esta vida en la que no dejamos de morirnos todo el tiempo?

VII

Un día algo sucede. Sucede que un día todo sucede. Y no hay vuelta atrás. Un día las campanas del pueblo ladraron y los perros repicaron. Sin parar. Querías correr, pero es que las palabras se te tropezaban entre los baches de la lengua. Y al caerse ellas, caías tu. Inevitablemente, Como en una espiral, interminable. Palabras que se tropiezan, se apretujan, se resbalan, se parten a la mitad, se olvidan y se van. Siempre se van. Sobre todo se van.

Entiendes, o solo crees entender que a veces, no se puede entender, que a veces no hay nada que entender. Entiendes que a veces no hay mas que abandonarse a la idea del desentendimiento. Y si cambio el amante, la ciudad o el mapa. Si cambiaste tú. Eso nunca lo sabrás. No podrás saber mas que algo pasó; que pasó la vida y ahora pasas tu.

No entiendes, pero a veces sientes. Y así sintiendo se puede saber que a veces las heridas no cerraran jamás. Quizá esa sea la única certeza. Sí, que esta herida no se curara jamás. Y es necesario moverse, y no parar porque de otra forma la herida terminara por matarte, metafóricamente –porque hay muchas formas de morir- pero igual te matara. Hasta que un día a los cuarenta y tantos años despiertes y te des cuenta de que no has hecho nada de ti, y que llevas la mitad de tu vida lamentando una herida, cargándola en brazos dulcemente cual bebe. Media vida. MEDIA VIDA! Por eso es necesario moverse, todo el tiempo. Todo. O de lo contrario quedarse absolutamente quieto hasta que todo pase. Hasta que el satélite deje de girar.

VIII

La otredad. Si, la otredad en la que un día nos hemos despertado. Y he aquí tu mano y he aquí tu pierna. He aquí esta voz que proviene de ti pero que no soy tu. He aquí esta que eres pero no que no eres tú. La otredad que se nos insinúa en el interior

No, no es una sombra que se proyecta. O tal vez lo es y ya no puedes ni saber quién es la persona detrás de la sombra y quien es el reflejo. Porque es cierto que quizá, uno nunca deja de jugar a las escondidas con uno mismo.

Juega. Juegas, coges un objeto y lo conviertes en un ser vivo, tomas una persona y la conviertes en un amante, tomas un amante y lo trasformas en una ciudad, tomas una ciudad y la conviertes en algo de ti, tomas un pedazo de ti –muchos pedazos- y los transformas en objetos. Juegas.

Tuviste un amante y tuviste una ciudad. Tal vez. Por lo menos tal vez. Tuviste una ciudad y un amante. Si. Pero los perdiste. Los perdiste, o se perdieron, quizá incluso quien se perdió fuiste tú. Sin poder comprender jamás – o quizá precisamente por eso- si la ciudad era la cartografía del amante o si la ciudad era cartografiada por el amante.

Ahora ya no lo recuerdas, porque no has querido recordar, pero también porque no has podido. Verás, porque llevas tanto tiempo buscando, llenándote de vacío, platicando con la locura, coqueteando con la otredad, que ya no recuerdas. No recuerdas que amaste una vez a una persona, y a una ciudad, y los perdiste. Y aunque ahora ya casi no lo recuerdes, sientes que los amabas tanto que todavía los amas, entre la niebla.

Y ahora no lo sabes, pero algún día lo sabrás; sabrás que en realidad nunca los perdiste –ni se perdieron- Sabrás que quien se perdió fuiste tú. Y no porque se haya borrado el mapa, -que era la cartografía del amante expresado en la ciudad, o la ciudad cartografiada en el cuerpo del amante-, sino porque… Porque estabas distraída discutiendo con la otredad, y perdieron el camino. Porque nunca pudiste saber si al hablar era tu voz la que hablaba o era la suya –la otra- susurrándote al oído las líneas que debías de actuar. Porque nunca pudiste entenderla y por lo tanto, se dolían mutuamente, y jugaban a importunarse mutuamente.

Ahora no lo sabes, pero un día sabrás. Y entonces sabrás que ficción es pensar que la otra es otra y no uno mismo. Un día sabrás que nunca hubo otra. Que siempre fuiste tú. Otra cara de ti que no supiste aceptar y que renegándola se te fue la vida. Nunca hubo otra. Pero ahora la hay. Quiero decir que siempre hubo otra. Otra vía, otra vida, otra tu, otro amante, otra ciudad y hasta otro mapa. Pudo haber otra, pudo existir la otredad en un mundo donde nunca hubo otra

Tu. La otredad. TU. El amante. Tu. La ciudad. Tu. El mapa. Tu. La otra. Tu. El otro amante. Tu. La otra ciudad. Tu. El otro mapa. Tu. La otredad. Tu. La otredad. El amante. La otredad. La ciudad. La otredad. El mapa. Tu. Todo. Tu. La nada. Quizá nunca hubo otredad, ni amante, ni ciudad. Quizá ni siquiera existes tu.

Has querido pensar que la ficción es pensar que la otra es otra y no una misma. No has querido saber. Y ahora no lo sabes, pero un día tal vez sabrás. Sí, que es posible otro mundo en donde no existe la otra como un ser aparte. Y es que en realidad, uno nunca deja de jugar a las escondidas con uno mismo. Porque si ficción es pensar que la otra es otra y no una misma, realidad es jugar a las escondidas con la ficción.

martes, 5 de abril de 2011

Insomnio, parte 2.

La noche murmura, reza una plegaria antiquísima que nadie recuerda. Es como un trozo de tela mojada que escurre y gotea sobre nuestros corazones somnolientos. Gotea recuerdos. A veces sueños, promesas imposibles, direcciones de lugares que no existen. Nosotros debajo nos empapamos de su delirio, de su fiebre balbuceante que supura y destila locura. Nosotros debajo nos revolcamos entre las sabanas, intranquilos, presas de una angustia y una emoción que nos carcome el sueño, que nos espanta el deseo.

lunes, 4 de abril de 2011

Instrucciones para Estar bien

Está bien, dice la voz. Se encentra totalmente estable. Está bien…

La voz metálica y almidonada sigue balbuceando, pero su murmullo se pierde a través del límpido cuarto blanco, rebotando de pared a pared hasta diluirse por completo.

Está bien. ¿Qué significa eso? Está bien. ¿Qué puede significar? Está bien. Excepto porque está en coma. Fuera de eso, fuera de todos los tubos que drenan su cuerpo, que la mantienen funcional… Fuera de que su cerebro está muerto, todo está perfectamente bien. Fuera de eso, la abuela se encuentra perfectamente saludable.

¿Eso qué? ¿Qué significa eso? Está bien. El clima de hoy está bien. Una tarea puede estar bien. La comida está bien. Que el cerebro de la abuelita se haya desconectado, no está bien. No está bien la abuela tierra. No está bien que este aquí con todas estas sondan drenando los líquidos que su cuerpo sigue produciendo porque el cerebro no ha podido pasar el mensaje de que está muerto. No está bien la familia acá abajo, tostándose al son sin poder atreverse a hacer lo que el cuerpo de la abuela se rehúsa a hacer. No está bien toda esta gente afuera del hospital, a la intemperie, expuesta al sol, y al frio, a la noche y a los ladrones. No está bien que los arquitectos del hospital no hayan considerado eso. No está bien que las salas de espera estén vacías, solo porque los directores no dejan entrar a la gente y prefieren dejarla a su suerte en la intemperie. No está bien este sistema de salud de mierda que explota a sus doctores y maltrata a sus pacientes. No está bien este puto país de mierda que prefiere invertir en una guerra absurda que en salud pública o educación. No está bien este país que no construye hospitales regionales y obliga a la gente a morirse en su casa o a morirse en la frialdad de la gran metrópoli. No está bien este PUTO mundo que juega a los soldaditos, al monopoli con países como el mío, que trata a la gente como mercancías.

No, no doctor. No está bien. Nada este bien. Dese cuenta.

Abuela. Abuelita, despierta.- No. Nuestra abuela tierra no despierta. Tengo miedo de estar como tú, de no saber. De quedarme sentada mirando fijamente a la pared y no saber que estoy muerta. Bien muerta.

¿Esto es vida? Al nacer… Hay un momento entre no nacer y nacer en el que no sabemos dónde estamos, porque la frontera entre existir y no existir es muy difusa. Por eso al nacer, les damos una nalgada a los bebes. Les avisamos. Despierta, estás vivo. Cuando se muere, es igual, ese momento entre vivir y no-vivir-mas es confuso. Es traumático, aprender a desaprender, a desprenderte de todo lo que has conocido y has amado.

Hay rituales. Si. Pero no es tan claro. Nos dicen que nos lloran, y nos ponen velas. Nos entierran y nos ponen lapidas. Para que no volvamos. Si. Pero el ritual es para los vivos. Para que ellos se den cuenta, para que sientan que nos ayudan, para aprender a no buscarnos. Y quizá el problema es que nunca entendemos –nadie entiende- si venimos aquí a aprender a vivir, o a aprender a morir.

Y entonces, todo mundo se pregunta: ¿Esto es vida?

No sé. Tengo ganas de golpear y sacudir a esa ridícula voz almidonada y blanca que me dice que todo está bien. Como si la abuela tierra no fuese también su abuela. Como si él no fuese nieto de la abuela tierra. Como si mi perdida no fuese la suya. El me habla y dice que todo está bien.

Tengo ganas de hacer daño a ese ingenuo que después de siete años de escuela médica no ha aprendido a distinguir a un vivo de un muerto. Tengo ganas de hacer algo ante lo cual ya no haya vuelta atrás. Quiero cambiar este puto mundo.

El problema es que en realidad, todos estamos igual que la abuela, mirando fijamente a la puerta, ajenos a todos. Sin saber que estamos bien muertos. Y no importa cuánto suene el despertador, no importa cuánto nos sacudan, no importa que la cama o el cielo se vengan abajo. No sé cómo despertarnos.

Tal vez, solo hace falta que alguien nos avise. Que alguien nos diga. Abuela, despierta. Abuela, abuela tierra, despierta. Despierta, abuela, estás muerta. Y que despierta, y que nos vamos despertando todos. Ella a la muerte y nosotros a la vida. Y ahora sí, que vamos soñando con palabras que construyen un mundo mejor.

Tu eres mi ciudad



La vastedad, la vastedad e inmensidad de la ciudad en la que nos hemos despertado. Y he aquí mi mano y he aquí mi pie. Y he aquí mi casa y mi calle, mi escuela y otra vez yo, y la gran urbe que amenaza con devorarlo todo en su ebria vorágine, en su delirio grisáceo de concreto. Yo. Urbe. Urbe. Yo. El todo por la nada y la nada por el todo. La bella Ítaca tan seductora en su momento se ha esfumado. En su lugar queda tan solo una hidra, un matapalo que se ha cargado sobre nosotros y ha empezado a asfixiarnos. Aquella Ítaca a la cual corrimos a refugiarnos, en la cual creímos o quisimos creer como en una lámpara de interminable aceite, nos ha empezado a devorar. Lenta, dulce, imperceptiblemente nos fue lamiendo todo el cuerpo, hasta envolvernos enteramente, hasta engullirnos y hasta que ya no fue posible distinguirnos el uno del otro, ni saber quién es quién. Hasta que ya no fue posible escindir las partes vitales, hasta que se convirtió en un parasitismo insostenible. Fue en esta ciudad, sabes. La ciudad en cuyo estomago nos hemos despertado un día. La ciudad que nos rodeo con el abrazo de sus casas, con ese preciso, ambiguo y frio abrazo de sus intestinos, que no son más que calles interminables y zigzagueantes, que se doblan una y otra vez, a lo largo de kilómetros de entrañas oscuras e inmundas. Esta ciudad que logro envolvernos en el seductor manto de comodidad que acabo por desquiciarnos y borrar toda memoria de lo que alguna vez fuimos. Porque si, fuimos como éramos, y si, adorábamos a la luna, y teníamos el síndrome de la palabra muda, que nunca acaba de llegar a la punta de nuestra lengua, porque a la mitad del camino ya se había disuelto en ese tibio mar de lo no importante, de la despreocupación, y la suave lluvia de nuevas ideas que ocupaban nuestras mentes promiscuas que en aquel momento siempre andaban brincando de aquí p’allá con medio mundo. Si, si, también adorábamos las pasiones viscerales, adorábamos el odio, el sexo, el llanto, los arranques, el sudor, la muerte. Era así entonces, pero no es así ahora. Ahora y aquí. En algún punto de estas entrañas, en esta oscuridad permanente, donde todos hablan y nadie escucha, donde los sonidos retumban infinitamente en una cacofonía interminable de la cual no puede extraerse nada, si acaso con el tiempo el silencio. `Pero al final de cuentas fue así, fue en esta puta ciudad, con su seductor disfraz de ángel redentor detrás del cual se escondía tan solo otra belle dame sans merci. Fue así que caímos, cual pubertos, fácilmente seducidos en sublimes calenturas, en sueños de rompope. Fue esta ciudad, que nos cautivo en sus hibridas visiones, en este sueño febril del cual no podíamos escapar. Si. La ciudad en la cual un día nos hallamos consumidos entre el frio y el fierro, entre el cemento y los viejos cimientos. La ciudad en la cual un día nos hemos observado y hemos visto el cuerpo de un ser extraño y repulsivo al cual no reconocemos. Y he aquí, una vez más, mi mano y he aquí mi zapato, he aquí mi casa, mi calle, he aquí este ser y este espacio y este tiempo, el cual no soy. La ciudad con sus alas de insecto, con sus mandíbulas de acero y su bota de cemento. La ciudad, coqueta imaginación que con promesas de un futuro mejor nos fue seduciendo entre caricias de vidrio molido y ortiga. Esta ciudad, esta belle dame sans merci, que en su pútrido beso nos emponzoño el alma y nos fue envenenando el futuro, hasta drenar nuestros corazones de toda esperanza y todo deseo. Hasta llenarlo todo con la pesada mezcla del cemento y la comodidad grisáceo de un mundo domestico. Fue en esta ciudad, en la cual un día nos despertamos y recorrimos cada calle y cada esquina, buscando esos sueños perdidos que se nos cayeron al desnudarnos impacientes por sentir la caricia de esa bella promesa de acero. Y he ahora que descubrimos que todo fue un sueño, que nunca hubo tal promesa y que estamos solos, solos, solos, en las entrañas de la gran ciudad, donde la noche es de espina y los días de limón. Es esta maldita ciudad de hierro y acero, en la cual nuestros corazones se estremecen y gritan, lloran y arañan y besan y se matan y se mueren mutuamente hasta ir quedando como ciruelas pasa. Fue así entonces, es así ahora. Pero, ¿Será así mañana? ¿Llegara algún día el mañana? ¿O el futuro es hoy y el ayer ya llego? ¿Serán quizá todos los días siguientes una continuación imprecisa y borrosa de lo que ha sido hasta hoy? Yo soy el rincón en esta larga noche de vialidades y superestructuras. Yo soy el rincón, el que nunca se mueve ni nadie ve, ni nadie oye, ni en el que nadie cree. Yo soy el rincón. Así de absurdo, como las grandes ciudades con su vaivén de hormiga y su cacofonía de cotorras. Esas grandes y absurdas ciudades donde todos los días alguien ordenaba que se detuviera el crecimiento de los árboles y se les cortaran los risos de forma que fueran cuadriculados y predecibles en vez de circulares y enloquecedoramente rebeldes e impredecibles. Si, esas mismas ciudades donde se drenan los ríos y se les somete a una prisión de alcantarillas y drenajes. Donde se plantan flores y se crean jardines que después también serán encarcelados en vallas de acero con una punta hasta arriba para que los niños y los hombres no puedan platicar con ellos ni curar sus penas. Calles y calles en una continuación interminable y desquiciante del absurdo que se repite una y otra vez al infinito, perdiendo cada vez más el sentido. Calles y calles, casas y casas, hombres y hombres, todos ellos grises, y todos ellos muertos de antemano. Hombres que giran inmutables, dando vueltas en la gran entraña de la noche, sin darse cuenta de que las calles han dejado de ser calles y en verdad son las paredes de un tracto digestivo que esta por absorberlo y absorber todo aquello que un día fue.

El hombre imaginario

Quise contar una historia imaginaria, sobre un país imaginario, con personas imaginarias que vivían vidas imaginarias en inhóspitos rincones imaginarios. Cada uno, ocupado con sus propias preocupaciones imaginarias y anhelos imaginarios. Cada cual, pues, una isla imaginaria e inaccesible. Aunque eso sí, vale decirlo, no por eso, con consecuencias imaginarias.

Este era un país como cualquier otro país. Tan imaginario como el que más. Fundado por héroes imaginarios que tienen nombres de calles y estatuas –igualmente imaginarias- en el imaginario colectivo que se esfuerza en construir un futuro cada vez menos imaginario.

En este país imaginario, vivía un hombre imaginario, que creía vivir su vida imaginaria. El hombre imaginario tenía un trabajo imaginario sumamente complicado, lo cual le provocaba un montón de pendientes y tareas imaginarias que debía cumplir a lo largo del día. Por esa razón, rara vez, el hombre imaginario tenía el tiempo de disfrutar su vida imaginaria. Ya saben, tener amigos imaginarios con los cuales construir lazos imaginarios que luego la vida se encargaría de destruir hasta que dejaran de frecuentarse. O tener alguna compañera imaginaria, a la cual entregar su corazón imaginario, y con la cual inventarse en pequeño teatro imaginario, en el que al final del día, y como suele suceder con los amores imaginarios, alguien decidiera renunciar a esa relación imaginaria y le rompiera el corazón imaginario al otro personaje imaginario de tan ridícula tragedia imaginaria.

Porque así son las cosas. Imaginarias. Horrible y dolorosamente imaginarias. Aunque repito, no por eso menos dolorosas. Y vale, nuestro hombrecito imaginario llevaba la más triste de todas las vidas imaginarias. Entregado a un trabajo imaginario –pero por lo demás, absolutamente innecesario- se gastaba cada segundo de su vida imaginaria en tareas ridículamente innecesarias. Nuestro hombrecito imaginario se encontraba desconectado por completo de cualquier indicio de placer, aunque fuese imaginario.

Si, el hombrecito imaginario tenía una vida solitaria y gris. El hombrecito imaginario no le importa a nadie. A nadie. Y lo sabe. Pero también hay días en que sabe que a él tampoco le importa nada, ni nadie. Imaginario o no. Imaginariamente o no.

Hay días en que le importa que no le importe. En esos días –días impares, siempre impares, sabrá dios porque- el hombrecito imaginario se come las uñas imaginarias de sus sucias e imaginarias manos. Luego pasa una cantidad considerable de su tiempo imaginario contemplando fijamente sus manos imaginarias. Extiende sus manos imaginarias ante él y las examina con dureza. Es como si les exigiera alguna respuesta. Como si se intentara convencer de que alguna de las manos pertenece a alguien más. De que no esta tan solo.

Pero lo está.

Por tanto nunca logra convencerse a sí mismo. En vez termina ebrio en algún bar imaginario, importunando a alguna chica imaginaria con sus penas y dolores patéticamente imaginarios.

Por suerte, no todos los días –ni siquiera los imaginarios- pueden ser impares. Hay días pares. Hay días en los que juega a contarse una vida imaginaria paralela, en la que no es Nadie. En la que es Alguien.

Hay días pares. Los buenos días pares. En los que el hombrecito imaginario le gusta jugar a contarse historias, y le gusta jugar a que esta no es su vida. Que va. Si el hombrecito imaginario –se dice a sí mismo- tiene una vida alterna –imaginaria- . Tiene un hogar. Una casita azul con portón de madera amarillo. Con chapa muy vieja, que necesita de largas y pesadas llaves de metal que siempre extravía. Si, una casita azul en la que vive con su amante. Y su amante y el juegan a sentarse en los parques a observar a la gente. Juegan a ponerle historias a los rostros desconocidos, como otros juegan a ponerle la cola al burro. Juegan a robar objetos en opulentas tiendas comerciales y a regalárselos entre ellos. Juegan a dejarse mensajes secretos entre los rincones de la casa, entre las páginas de viejos libros –robados por supuesto-. Juegan. Su amante y el juegan a que son seres de otras galaxias y juegan a que pasan –deben pasar- los domingos desnudos en la tina del baño. Juegan. Y su amante y el son muy felices.

O lo eran. Porque su amante imaginario se encuentra de viaje. De viaje imaginario. Y aun así, su ausencia es real. Se palpa. Por eso ahora él, el hombrecito imaginario, vive solo en una casa gris y sin tina, sin libros, sin regalos innecesarios. Sin amores. Sin pena ni gloria.

Pero como iba diciendo…

Esta historia imaginaria, inicia en un día impar. Por supuesto.

Era uno de esos días grises. Imaginarios, pero grises. El trabajo imaginario se apilaba amenazando con tocar el cielo, como la torre de babel. Y los errores se sucedían en cascada, inundándolo todo y dificultando el trabajo de forma perversa.

Aun así, el hombrecito imaginario decidió darse un pequeño hueso y tomar un descanso. Después de todo, pensó, había sido muy bueno el día de hoy. Así que lo hizo, se dio el descanso y tomó un paseo por el parque imaginario de esa ciudad imaginaria en la que creía vivir una vida imaginaria.

Fue uno de esos paseos lastimeros, donde la gente feliz y en parejas o en grupos, te restriega a la cara eso que sabes que nunca tendrás. O que tuviste pero dejaste escapar. Calles y calles, besos y besos. Ausencias. El hombre imaginario se deslizaba entre ellos, ajeno e invisible. Y nadie en toda la ciudad -toda una ciudad- era capaz de entender o por lo menos percibir, como el hombre imaginario se desintegraba por dentro a cada uno de sus pasos.

Cada paso.

Cada paso. Un paso y otro. Otro y otro más. Hasta que los pasos, imaginarios, pero decididos, se encargaron de guiar al hombre imaginario a un sucio bar imaginario. Ahí el hombre imaginario bebió y bebió su vacio en litros de alcohol. Intentando llenarse de algo. Un trago tras otro, intentando diluir su triste tristeza imaginaria.

Pronto, los ojos imaginarios adquirieron un tono vidrioso que delataba su embriaguez. La misma embriaguez que no necesitaba delator alguno, ya que decidió apoderarse de la lengua del hombrecito imaginario.

Una voz imaginaria empezó a brotar sin detenerse. -Al parecer los hombres imaginarios tienden a ponerse presuntuosos y pesados cuando tienen estos rituales etílicos- Su voz imaginaria cayo torpemente en la chica imaginaria encargada de servir tragos imaginarios para los borrachos que curan sus penas imaginarias entre placeres líquidos los lunes por las mañanas.

Dame un beso, dijo sencillamente la voz imaginaria. La chica, aunque imaginaria no era nada estúpida, y por supuesto se negó. Pero la voz no se inmuto. Dame un beso, ordeno de nuevo la voz. Otra negativa. Ni hablar. El hombre imaginario se vengo inconscientemente soltando la triste historia de su vida imaginaria, entremezclando fragmentos de cosas que había vivido, soñado, deseado o que había leído que le pasaban a otras personas al parecer menos imaginarias.

Dame un beso. Esta vez había un dejo de suplica en la voz imaginaria de los ojos cada vez mas vidriosos. La voz imaginaria se ayudo del resto del cuerpo del hombre imaginario, y puso la mano de la chica imaginaria en su pecho imaginario.

Mira que a final de cuentas, yo soy una persona, como otras tantas personas. Sí, pero solo yo estoy aquí pidiéndote que me toques y que me sientas. Date cuenta. Siénteme y date cuenta de que soy real.

Siénteme. Hazme real. INVENTAME otra vez.

Yo… yo nunca he amado a nadie. Pero yo sé… yo sé, que nadie podría amar tanto como yo. Y tú, que no me conoces, no lo sabes. Ni te importa. –El hombrecillo imaginario se quedo sin aliento-

Vamos, ámame. Por favor, ámame! Yo… yo te daré todo. TODO. Tu, tu solo tienes que darme algo, algo, lo que sea. Me dirás que me amas de vez en cuando, besaras mi frente, desayunarás conmigo, algo así, lo que sea. Puede ser lo que sea.

El hombre imaginario suplicaba a la chica imaginaria. Suplicaba como si se le fuera la vida en ello, pero a la vez, hablaba como si se tratara de una transacción, o de una decima mas en el examen de geometría que nunca podía pasar. Sabía que se jugaba todo. Lo sabía, porque había perdido toda esperanza de un futuro; de cualquier esperanza, por imaginaria que fuese.

Siénteme- Ordeno la voz imaginaria, presionando la mano de la chica imaginaria contra su pecho imaginario. Tócame, soy bueno, ¿no lo sientes?

¿Se supone que debo sentirlo solo porque pones mi mano en tu pecho? Pregunto fríamente la voz de la chica imaginaria. El hombre imaginario se estremeció. Cuando hablo, la voz imaginaria era un derroche de tristeza. Se supone que debes sentirlo porque te lo estoy diciendo, porque te estoy pidiendo un favor. Yo sé, se… que no se puede forzar a alguien a amar, no soy estúpido, lo sé. Pero estoy aquí, pidiéndote que me des una razón. Porque estoy tan viejo, y estoy tan solo, porque necesito ayuda. Porque me doy miedo, porque me considero peligroso. Y estoy solo. No me dejes solo aquí conmigo. No ves que …

La chica imaginaria no sabía hacer más que mirar al hombre imaginario. La chica imaginaria, otra alma solitaria habría querido amar al hombre imaginario sentado frente a ella. Y en su lugar, solo pudo retirar la mano del pecho imaginario, súbitamente, como si le quemara; o como si le lastimara con un cuchillo. Porque en verdad le lastimaba no poder amar a ese hombre y hacer que todas las cosas que no pasaban, pasaran. Pero no podía. No podía hacer más que mirarlo con una mirada que era un reproche y un lo siento. Los dos seres imaginarios se contemplaron un momento, en esa alberca de reproches y de lo siento, hasta que fue insoportable.

Así que el hombre imaginario arrastro su cuerpo imaginario de vuelta a casa, ese lugar imaginario en alguna calle imaginaria. Subió las escaleras imaginarias, abrió la puerta, tiro sus cosas, camino sin pensarlo, hacia al baño. El hombre imaginario se vio en el espejo. El reflejo imaginario le devolvía un signo de interrogación. El hombre imaginario sabía que no era de ninguna parte, no pertenecía a ningún lugar, ni iba a ningún lado. El hombre imaginario cerró los ojos muy fuerte y derramo un par de lágrimas imaginarias. Gordas y escasas, como si ni siquiera eso pudiera ser real.

El hombre imaginario se quedo frente al espejo y toco su tórax como si tocara una puerta. Dos toques. ¿Hola, hay alguien ahí? ¿Hola? No hubo respuesta.

Tomo aliento, hurgo entre los cajones y saco un objeto metálico. El hombre imaginario se puso la pistola bajo la mandíbula. Y su imaginaria yugular sintió el frio del metal insinuarse a su lado. Pero poco, solo un momento, solo un latido justo antes de que el hombre imaginario apretara el gatillo. Luego todo pasó muy rápido.

Oyó el eco de la bala al salir. Se detuvo el corazón y de pronto sintió algo caliente escurrir entre su garganta. No, en realidad no escucho el disparo, lo imagino. Solo escucho algo como un grito contenido dentro de él, como si el corazón imaginario se hubiera detenido por un momento. Ya después sintió su sangre imaginaria caer sobre su pecho. Ya después le pareció que la sangre no era tanta como debería. Sí, creo que ese pensamiento empezaba a salir de su mente cuando todo se volvió oscuridad.

Oscuridad.

El hombre imaginario cayó en la oscuridad imaginaria. Quien sabe que paso, pero el hombre imaginario despertó. Antes de abrir los ojos sintió como su cuerpo se dolía en cada célula. Sintió que la cabeza le iba a estallar, como cuando se ejerce demasiada presión sobre una tabla de madera y ésta se empieza a astillar, formando filigranas. Solo que el trozo de madera resultaba ser su cráneo. Sintió el estomago revuelto y pesado. Sintió comezón en la garganta, que se expandía por todo el cuerpo como unas cosquillas que no se pudieran detener. Sintió la boca seca y pastosa, con un ligero sabor a metal.

Cautelosamente abrió los ojos. La luz lo cegó y le produjo arcadas en la cabeza. Después pudo distinguir que estaba en su cuarto. Pudo ver a alguien parado observando desde la ventana. Supo que era una mujer. No cualquier mujer. La mujer que siempre había amado. La mujer de los días pares.

La mujer notaba que había despertado y sonreía, como un mar que se insinúa a lo lejos y que termina bañando los dedos de los pies. El hombre imaginario ya no era imaginario. El hombre se ahoga ahí, en esa sonrisa de mar. Sintió una alegría inmensa, y se dejo ir.

Cerró los ojos, felizmente agotado. Y al cerrar los ojos le golpeo el vago presentimiento de haber equivocado su vida, su única vida.

Abrió los ojos, y fue como si alguien hubiera apretado el botón para acelerar el tiempo. Sintió como si alguien hubiera abierto una llave en su cuerpo y toda la sangre se movilizara en una misma dirección. Notaba la sangre fluir formando remolinos en su cuerpo. Notaba la sangre formando un charco carmesí en el suelo. Un charco como una bahía, el cuerpo, la sangre y el suelo.

El hombre imaginario, que en realidad, nunca fue imaginario murió. Murió en el segundo en el que empezó a vivir. Y es que es cierto; si te disparan sangras. Y a veces, es necesario disparar, porque vivir mata. ¿O no?

O no, tal vez el hombrecito imaginario sintió todo el dolor que ya se dijo, y abrió los ojos. Pero tal vez no vio a ninguna mujer de los días pares frente a la ventana sonriendo. Tal vez no se ahogo en su sonrisa como mar. Tal vez la que se ahogo fue ella, y el estaba ahí, en un cuarto blanco, de un edificio municipal. Contemplando su cuerpo blanquecino que hoy se disfrazaba de azulado. Tal vez la abrazaba, y lo que le dolía era en realidad, su piel aun humedad y fría aplastarse contra su cuerpo una última vez. Tal vez lo que le dolía era saber que no habría ningún otro abrazo, si es que alguna vez lo hubo, si es que esto podía contarse como tal. Tal vez resbalaban cientos de lágrimas por su mejilla y por su garganta. Tal vez dolía tanto que tuvo que cerrar los ojos. Tal vez dolía tanto que el hombrecito imaginario se hizo real.

Tal vez todo este tiempo, el hombrecito había estado muerto. O no, tal vez solo estaba muriendo, y a fuerza de querer morir todas sus acciones lo fueron empujando lentamente a la muerte verdadera. Tal vez el hombrecito resucito al ver a la mujer de los días impares. Sí, porque el hombre revivió al ver a la mujer muerta. Al explicarse a sí que era verdad, que estaba muerta. El hombre resucita al explicar la muerte de otra persona. Se da cuenta de que en realidad no está muerto, que nunca lo estuvo. Gran culminación. El hombre no está muerto, pero ha visto la muerte y por lo tanto “resucita”.

En eso, el hombre abre los ojos y se encuentra una vez más en el baño, frente al espejo. En sus oídos guarda aun el recuerdo de la bala al salir. Lo invade el terror al pensar que por fin lo ha hecho, se ha matado. Justo ahora, que ironía. Abre los ojos asustado. Y lo que ve es diez pares de ojos devolviéndole una mirada abierta y grande, como boca de lobo. Comprende que ha disparado, pero ha disparado al espejo. El hombre imaginario ha muerto asesinado. Ahora de verdad inicia todo.

O no.


domingo, 3 de abril de 2011

Corazones insomnes

En el noroeste de la cama, ahí donde reposa el fantasma de tus besas, la huella de tu herida, la cicatriz de tus caricias, se ha inaugurado una fastuosa mina de palabras donde se añejan todas las cosas que quisiera poder decir pero no puedo. Ahí habitan sombras traicioneras que a veces consiguen arrastrarme hasta los más profundos abismos de esa coladera, y entonces siento mi ser escindirse de mí, mientras mi piel se rasga con las bisagras de os pensamientos que dejaste ahí enterrados, mientras mi corazón se fractura con el filo de las palabras más crueles que nunca te atreviste a soltar y que sin embargo, escupiste inconscientemente en tus noches de delirio.

Entonces tengo que dejar que las hormigas y ratones y no sé que mas misterios mas se muevan sobre mi cadáver y laman mis heridas y roan mis entrañas, sabiendo de antemano que no hay más que hacer; que si te mueves, si respiras, si te agitas, el castigo será peor. Porque entonces las grietas de la oscuridad me devoraran más y mas en un eterno caer, en un asedio de torturas que nunca llegan a ser del todo ciertas.

Oh no, mejor no hacer nada. Mejor cerrar los ojos y dejarme ir. Hasta que finalmente empiezo a ver algo de luz y vuelvo a oír el sonido de la oscuridad. Entonces abro los ojos y me haya una vez más en cama, sin ninguna herida ni fractura, y me quedo ahí, llorando, pero llorando hasta que se secan los mares que se habían formado en mi con tu partida. Y cuando finalmente termino, a eso de las cinco, se que todo está bien de nuevo.

Las palabras vuelven a fluir cariñosamente, acariciando mi garganta. Los pensamientos vuelven a jugar en el patio trasero de mi cabeza y la mina desaparece en los abismos de las sabanas, que ya no son solo sabinas, sino tinas de crema como la que me ponía mi mama al terminar de bañarme cuando era pequeña.

Entonces, solo entonces, puedo sumergirme en la mullidez de los ayeres glorificados por el tiempo, y puedo entregarme suavemente a los brazos del fiel Morfeo, que me espera allá, nomas saliendo el balcón del séptimo sueño…

sábado, 2 de abril de 2011

Y seréis como dioses



Y seréis como dioses! Jesucristo y Javhé, Tepeu y Gucumatz, Ometicutli y Omecihuatl. Meteréis vuestra cuchara en el caldo proteico de la muerte, y esparciréis vuestros fértiles miasmas por sobre el estéril desierto de la mente humana. Y embriagareis las circunvoluciones de la corteza humana, inundando con el néctar vital los campos baldíos del pensamiento, haciendo florecer las ideas y los sueños y el amor y la poesía, pero también el odio, y los celos, y la envidia y el desasosiego. Y seréis como dioses, y os elevareis por encima de los jardines siderales, y os elevareis por sobre el útero del silencio, mofándose de los mortales, de aquellas pequeñas esculturas de frágil polvo estelar, de esas hermosas alcanforas de caldo primitivo añejado. Y seréis como dioses; presos de los sueños inflados, insolentes e imbatibles, derrochando vino y flores, sembrando poemas en los pétalos de las rosas, escondiendo cuentos en el ulular del viento. Y seréis como dioses, que son como don quijote, que es una ilusión, y seréis nada, y seréis el viento y las olas y os difuminareis entre las lágrimas del cielo.