sábado, 23 de abril de 2011

Mensaje lanzado al mar

Siempre quise escribir cartas. Siempre. Pero nunca tuve a quien. Ahora que esta de moda, diría que soy como el coronel que no tiene quien le escriba. O quien sabe, tal vez como el coronel, que no entiende aunque le escriban. Tal vez así. Al final no importa, porque de una u otra forma siempre me pensé como una persona lanzando mensajes en botellas al mar. Lanzando señales de humo al viento. Señales sin respuesta.
Siempre quise escribir cartas, y al principio me empeñe en escribirlas. Pero mal. Tenia tantas ganas de ser dos, tantas ganas de ser escuchada, de decir, de ser, que cuando finalmente lo hacia, lo hacia como un acto violento. No, no decía las cosas elocuentemente, no cantaba verdades, no escupía la realidad. No, yo vomitaba. Vomitaba tal cual algo que llevaba mucho tiempo rumiando en mi estomago, pero que no tenia ninguna estructura. Vomitaba torpemente algo que se me revolvía en la barriga y me mareaba hasta enfermarme.
Durante un tiempo escribí cartas. Muchas cartas. Acosaba con hojas y hojas a gente que no venia al cuento. A veces la gente me respondía, un rato, hasta que se agotaban. Otras de plano me ignoraban. Y yo permanecía siempre aquí, en mi isla, lanzando mensajes, queriendo jugar al ingeniero y construir puentes a través de mis palabras. Pero nada. A mi isla nunca llegaba nada.
Un día, de plano, me canse de engañarme e inventarme historias de gente que descubría mi isla y hacia que todas las cosas que nunca pasaban, pasaran. Un día sin más, me fui de mi isla. No se como. Yo creo que de puro enojo, encontré la salida. O la invente, rompí las puertas, los muros, que se yo. De puro enojo. No supe como, yo creo que a puros manazos, patadas y maldiciones, cruce ese mar que tanto tiempo me separó del mundo. Así llegue a tierra firme. A tierra secas, mejor dicho. Llegue a la ciudad. Una ciudad grande, grandisima, que amenazaba con comerse a sus habitantes.
Tuve miedo, y extrañe la comodidad de mi isla. Quise contarle a alguien mis aventuras en esta bizarra ciudad. Quise contarle a alguien que me perdí, que vi a un hombre espantando a una señora con una escoba. Quise contarle a alguien que vi a gente dormir en cajas en las afueras de los edificios, gente dar marometas sobre vidrios rotos para ganarse la vida, gente con el cuerpo plateado lanzando fuego por la boca. Quise contarle a alguien la impresión que me dieron los olores y la textura de las calles sobre el cuerpo.
Quise contar historias que, de tan cotidianas, la gente de la ciudad dejo de contar. Quise contar historias, que de tan cotidianas, nadie quiso escuchar. Y me sentí sola, más sola que mi isla. Me sentí vulnerable, en una ciudad que me era ajena y hostil, en una ciudad que me fascinaba y me repelía por igual. Pero, precisamente porque me seducía y me repugnaba por igual, no era capaz de irme. Deambule por la ciudad día y noche. Recorrí las calles, intentando platicar con ella, presentarme ante ella, disuadirla para que me fuera amable.
Pero no funciono. No funciono porque ella -la ciudad- estaba rota. Descubrí que la ciudad era una de esas piedras con grietas. Descubrí que el tiempo y la vida le habían jugado chueco, le habían robado las ganas. Descubrí que aún entre la multitud, la ciudad se sentía sola. Estaba sola, irremediablemente sola. No había nadie, en todo ese gentío que se detuviera acaso para acariciar sus muros, para dejarle mensajes de amor entre las cenefas de las ventanas, para pronunciar su nombre junto a un tequiero.
Y yo, que llevaba tanto tiempo sola, me identifique por completo. Empece a escribir cartas. No se si escribía para ella, o escribía para mi. Tal vez le escribía cartas a ella. Tal vez en realidad me escribía a mi misma. Tal vez escribía señales de ayuda a alguien mas. Quien sabe. Solo se que de un día para otro, me dio por escribir fragmentos de cartas en los muros. Me dio por dejar avioncitos de papel con pistas de una promesa no pronunciada. Me dio por robar la ropa de los tenderos y tenderla sobre las calles, creando rompecabezas que formaban frases que nadie nunca me dijo. Creo que fue así como convertí a la ciudad en mi campo de juegos. Fue como acariciar su cuerpo con palabras suaves. Fue como dejar que sus calles me envolvieran y me elevaran como una montaña. Si, creo que fue así, como la ciudad y yo nos convertimos en amantes.
Te cuento esto, porque creo que así empezó todo. Te cuento esto, porque quería explicarte como un día, recibí un mensaje en una botella que venia de mi isla. Te cuento esto, y te escribo a ti, mujer de la isla, en espera de que como dicen, un día "destapes mi mensaje y en lugar de versos descubras piedritas, y socorros y alertas y caracoles".

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