
I.
Podría haber sido una agradable mañana de junio. Sí, pero él hubiera no existe. Y sin importar cuantas veces lo repases en tu cabeza, no podrás encontrarle ningún sentido. Mira, vas caminando lentamente, haciendo lo tuyo. Vas por ahí, sin molestar a nadie, y entonces alguien aparece de la nada; y todo sucede. Sucede que caminas distraída, descalza, sintiendo la humedad del pasto hacer cosquillas a tus pies. No estás pensando en nada. Es un momento absolutamente tuyo, en el que todo parece detenerse para sentir la caricia del paso sobre tu piel, mientras te acercas lentamente a tu casa.
Te acercas lentamente, derritiendo cada minuto entre tus pies y disfrutando cada minuto. Porque a final de cuentas, es de día, y afuera hace una deliciosa mañana de junio. Todo está bien. La vida es bella.
Luego el ruido de pisadas tras de ti.
Volteaste lentamente, con una sonrisa esperando descubrir a algún amigo. Luego el choque de miradas, el presagio, el instante que precede al horror; un miedo abrupto e inexplicable que te jala, te empuja a correr hacia atrás sin poder entender por qué. Luego un intento por dar una última oportunidad para no jugar este juego y que todo quede en un ridículo malentendido, un quien eres, soltado al aire.
Pero falla.
Casi sin convicción, la voz se te quiebra, toda ella empapada de miedo se rompe. Él lo sabe, y eso le da más poder. El corre hacia a ti, que corres hacia la casa sin esperar respuesta. El grita, como tú, pero sin decir nada. Es un grito gutural, un sonido absolutamente animal. Te detienes tratando de ponerte los zapatos. Pierdes tiempo. Preciados segundos. Un segundo demasiado tarde, y entonces el choque. Su cuerpo estampándose ferozmente contra el tuyo, tumbándote contra la malla antes de caer al piso.
Entonces el pánico, el horror que no te deja pensar, la adrenalina que inunda tu cuerpo y no te deja respirar. Entonces el forcejeo, la lucha de los cuerpos, de los pesos, del más fuerte. Sus manos escalando por tus muslos, como un incendio que lo quema todo a su paso. La piel en llamas. La guerra por el vestido. Los forcejeos, los gritos, el pánico. El olvido. La oscuridad.
De pronto, y sin saber ni cómo ni cuándo, la acción se concatena con una reacción igual pero en sentido inverso, y los cuerpos rebotan, y se alejan corriendo despavoridamente en direcciones opuestas. Y terminas de correr para abrir los ojos a una nueva realidad, a un nuevo mundo donde nadie es lo que parece.
II
Abrir los ojos y darte cuenta de que lo peor no fue el jaloneo y el forcejeo, donde lo peor no es tu cuerpo siendo estrellado contra las rocas del suelo. Abrir los ojos y darte cuenta de que las cosas apenas empiezan. Abrir los ojos al miedo. Al pavor que detiene tu corazón cada que escuchas pasos tras de ti. Abrir los ojos al asco, a la nausea de saber tu cuerpo ultrajado. A la sensación de suciedad que no quitas por más que te talles. Abrir los ojos al odio, a las muchas ganas de hacer daño cada que un desconocido te dirige una mirada candorosa
Y dedicar tu vida al miedo. Calculando que alguien, pensando que alguien, sintiendo que alguien, temiendo que alguien… Alguien, alguien. Siempre alguien y nunca una persona concreta. Siempre alguien sin nombre, con un rostro borroso e identidad desconocida. Alguien que no tiene ni nombre, ni rostro, ni nada y por lo tanto, alguien que no puede ser identificado. Un rostro inexacto, cuyos rasgos apenas se insinúan y te obligan a desconfiar de cada hombre que deambula en la calle. Darte cuenta de que no puedes confiar en la gente. Ya no. Porque es tortuoso vivir en un lugar en el que has sido atacada, y tener que vivir con la incertidumbre de convivir siempre con tu atacante y la posibilidad de un nuevo encuentro. Dejar de creen en el ser humano, dejar de creer en ti, entonces empieza todo.
III
Se trata de algo muy sutil, casi imperceptible. Puede ser a veces, un apretón de la mano que te jala hacia adelante, indicándote que aceleres el paso. Puede ser también una súbita aceleración en la forma de caminar. A veces sin que una de las dos lo note. Otras a través de un acuerdo tácito. Una carrera que es discreta a fuerza de una conversación deliberadamente festiva. Pero que se desmiente a sí misma, por la ausencia del ánimo en la conversación, por los silencios en los que, tras voltear hacia atrás, se trata de retomar la conversación con un intento de tono festivo que suena a funeral.
Dependiendo del grado de peligro que se reconozca puede ser que solo una de las dos personas lo note, y una jale urgentemente a la otra a caminar más rápido sin que la otra caiga en cuenta, puede ser también que se le jale tantas veces que a fuerza de constantes interrupciones, la otra caiga en cuenta, o puede ser que tras un breve segundo; una mirada, un silbido, a veces menos, las dos capten el peligro.
Y consiste en todo en continuar, en continuar más y más rápido, cada vez más rápido, hasta que sin correr, o por lo menos no del todo, se llegue a casa, o a un lugar iluminado o con gente. Hasta que las manos suden tanto, que se tome un taxi. Un taxi, si, que te lleve media calle, pero que te lleve a casa, y termine de una vez este estúpido juego del atrapador.
IV
Pero el juego nunca acaba, no del todo. Es posible, a veces, si se lo propone realmente sacarlo de la cabeza, y jugarlo de forma inconsciente. Pero en general siempre se juega. Lo peor es jugarlo solo. Porque cuando se es menor en número siempre se está en desventaja. Lo peor es estar consciente de eso, y jugar con miedo.
Salir a la calle, prepararte mentalmente. Arreglarte, tardarte mucho arreglándote para verte lo mas desarreglada, lo más desagradable posible. Arreglarte para que te digan que te arregles. Salir así, hecha una maraña de telas, una maraña de nudos en la cabeza sin lavar, una maraña de nervios. Salir así, con miedo. Tratando de convencerte de que no hay nada a que temer. Pero temiendo de todo, y de todos, porque ya no te es posible confiar en nadie.
Salir y caminar. Enfrentarte día con día a tu peor miedo, que quizá sea el mismo miedo, y no los hombres. Caminar y no, no tener miedo; ser miedo. Sentir el corazón acelerarse, sentir como se te sube, como trata de escaparse por entre la garganta. Sentir como golpea. Sentir como detona una pirotecnia de terror. Sentir las piernas, que se vuelven como gelatina, que hormiguean y no pueden caminar tan rápido como quisieras. Sentir la sangre agolparse en la cabeza, mareándote. Sentir el aire abandonando tus pulmones. Sentir el sudor correr tus palmas, tu espalda, tus piernas. Sentir el estomago que se te revuelve. Sentir la voz que te abandona. Y no tener más remedio que caminar.
Caminar, hasta que el peligro pasa. Y entonces sentir como todas las fuerzas se te agotan. Sentir las piernas que ahora son de plomo, y pesan tanto que es imposible moverlas. Sentir el corazón que regresa lentamente a su guarida. Y no poder hablar, ni poder pensar en nada.
Ser miedo y abandonarse al miedo. Entregarse al miedo. A tomar decisiones basadas siempre en el. Temer por adelantado. Temer como estilo de vida. Ser miedo y nada más.
V
O no. No tener miedo. Tener odio. Odiar a todos por adelantado. Odiar a todos como mecanismo de defensa. Odiarte a ti, por sobretodos. Odiarte por haber dejado que te lastimaran. Odiarlos por lastimarte, por no lastimarte. Lastimarte. Confundir todos los sentimientos. Odiarlos a ellos, a ti, al mundo. Lastimarlos a todos, lastimarte a ti. Sentir lástima hasta lastimarte.
Sentir el corazón latir como enjaulado cada que alguno de ellos te dirige la palabra. Sentirte enjaulada. Querer hacer daño. Tener la cabeza llena de ideas sangrientas. Saberte demasiado peligrosa. Saber que tienes que hacer algo, porque la herida es tan grande que si no haces nada, vas a morir. Una muerte metafórica, tal vez, pero igual una muerte. Saber que eres una bomba a punto de explotar. Explotar a fuerza de no morir. Explotar para tomar el control. Explotar para recuperarte.
Estar siempre a punto de explotar. Encenderte con el menor de los movimientos. Tener la mente llena de malos pensamientos. Y todo lo que un día estuvo colmado de futuros de pronto queda emponzoñado de pasados. Hasta que explotas. No hay más.
VI
Solo que a veces uno explota con las personas equivocadas, en los momentos equivocados. De pronto uno se vuelve un campo minado y todos alrededor son susceptibles a morir bajo tu ataque. Tu también. Porque un campo minado no está vivo. Ni está bien. A veces, lo más terrible del ataque es su disfraz de aparente no violencia, bajo el cual se esconde la peor de las violencias.
La violencia de fingir que todo está bien, sin que lo esté; de construir una ficción en la cual nada fue violado, en la cual todas las piezas están en orden. Esa es la peor de las explosiones, y la más violenta de las violencias. Tal vez.
Actuar como si todo estuviera bien. Estar bien para los demás. Estar bien para no estar mal. Estar bien para no enfrentarte a estar mal. Hasta que es demasiado. Porque no se puede fingir durante demasiado tiempo. Y entonces caer, y caer en serio. Hasta el fondo.
Sin razón aparente. Sin motivo alguno. Estar en casa, estando bien. Hasta que de pronto, de la forma más sutil y más inocente, todo deja de estarlo. Puede ser solo una caricia. Una mano sobre tu muslo, un beso demasiado apasionado, a veces menos. Y todo se cae. Se cae el teatro y te caes tú. Porque estar bien para no estar mal, es la peor forma de estar mal. Y en esos casos la vida no sabe cómo ayudarte más que tendiéndote el suelo, como se tiende una mano.
VI
Y no, no es necesario ser una de las muertas de Juárez, ni una cifra más de los feminicidios en México para sufrir la violencia, para morir una más de esta muertes. No es necesario morir para morir una más de estas muertes chiquitas que todas morimos.
Y tal vez lo peor es pensar que quizá, después de todo, mereces está muerta, al menos esta muerte chiquita. Porque tú, habitante del supuesto mundo libre, no has podido, querido, sabido, logrado ayudar a las mujeres del mundo no libre. Ese mundo oscuro de donde nos llega apenas el rumor a modo de cifras sobre la violencia y los atentados contra la vida. Tu, habitante del mundo libre, has dejado morir a tus hermanas de ese mundo en el que ya no pueden defenderse porque la situación es tan cabrona que a cualquiera que trata de defenderse lo matan. Quizá esa es la violencia más brutal de esta muerte chiquita; que te hace pensar que es tu culpa. Te hace pensar que lo mereces porque no lograste ayudar al otro.
La mayor violencia está en aceptar la violencia. La muerte más brutal esta en morir una muerte que no es tuya ni es para ti, una muerte en la que lo menos importante eres tú, porque solo eres una pieza en un juego más grande; eres un objeto al que usan para un fin mayor (o menor?) y que al final desechan siendo tu muerte un mero daño colateral.
El género, el sexo, la violencia; las muertes chiquitas. Lo más brutal de todo esto consiste en este eterno morir muertes que no son nuestras (incluso si lo son); que son una hermana, una madre, una novia, una amiga, una vecina, una compañera de la escuela, una chica con la que compartimos la combi de las siete y que un día simplemente no llego mas.
Todo eso es lo más violento porque de fijo nos roba lo mas intimo que tenemos todos, no hablo solo de nuestra dignidad, sino de nuestro derecho a que nuestra muerte sea nuestra, a que nuestra muerte sea un ataque al corazón, un derrame cerebral, un accidente de tráfico, una decisión imprudente, un porque si. Porque creámoslo o no, la muerte es nuestra, es una elección, una decisión, un compromiso. Y tal cual un juego de ajedrez, vamos jugando, apostando nuestras piezas hasta que se nos acaban. Lo más violento de esta violencia, es quizá que la vida sigue, y no es peor que otras vidas. Hasta que ojo por ojo y diente por diente, el mundo se queda ciego.
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