lunes, 4 de abril de 2011

Tu eres mi ciudad



La vastedad, la vastedad e inmensidad de la ciudad en la que nos hemos despertado. Y he aquí mi mano y he aquí mi pie. Y he aquí mi casa y mi calle, mi escuela y otra vez yo, y la gran urbe que amenaza con devorarlo todo en su ebria vorágine, en su delirio grisáceo de concreto. Yo. Urbe. Urbe. Yo. El todo por la nada y la nada por el todo. La bella Ítaca tan seductora en su momento se ha esfumado. En su lugar queda tan solo una hidra, un matapalo que se ha cargado sobre nosotros y ha empezado a asfixiarnos. Aquella Ítaca a la cual corrimos a refugiarnos, en la cual creímos o quisimos creer como en una lámpara de interminable aceite, nos ha empezado a devorar. Lenta, dulce, imperceptiblemente nos fue lamiendo todo el cuerpo, hasta envolvernos enteramente, hasta engullirnos y hasta que ya no fue posible distinguirnos el uno del otro, ni saber quién es quién. Hasta que ya no fue posible escindir las partes vitales, hasta que se convirtió en un parasitismo insostenible. Fue en esta ciudad, sabes. La ciudad en cuyo estomago nos hemos despertado un día. La ciudad que nos rodeo con el abrazo de sus casas, con ese preciso, ambiguo y frio abrazo de sus intestinos, que no son más que calles interminables y zigzagueantes, que se doblan una y otra vez, a lo largo de kilómetros de entrañas oscuras e inmundas. Esta ciudad que logro envolvernos en el seductor manto de comodidad que acabo por desquiciarnos y borrar toda memoria de lo que alguna vez fuimos. Porque si, fuimos como éramos, y si, adorábamos a la luna, y teníamos el síndrome de la palabra muda, que nunca acaba de llegar a la punta de nuestra lengua, porque a la mitad del camino ya se había disuelto en ese tibio mar de lo no importante, de la despreocupación, y la suave lluvia de nuevas ideas que ocupaban nuestras mentes promiscuas que en aquel momento siempre andaban brincando de aquí p’allá con medio mundo. Si, si, también adorábamos las pasiones viscerales, adorábamos el odio, el sexo, el llanto, los arranques, el sudor, la muerte. Era así entonces, pero no es así ahora. Ahora y aquí. En algún punto de estas entrañas, en esta oscuridad permanente, donde todos hablan y nadie escucha, donde los sonidos retumban infinitamente en una cacofonía interminable de la cual no puede extraerse nada, si acaso con el tiempo el silencio. `Pero al final de cuentas fue así, fue en esta puta ciudad, con su seductor disfraz de ángel redentor detrás del cual se escondía tan solo otra belle dame sans merci. Fue así que caímos, cual pubertos, fácilmente seducidos en sublimes calenturas, en sueños de rompope. Fue esta ciudad, que nos cautivo en sus hibridas visiones, en este sueño febril del cual no podíamos escapar. Si. La ciudad en la cual un día nos hallamos consumidos entre el frio y el fierro, entre el cemento y los viejos cimientos. La ciudad en la cual un día nos hemos observado y hemos visto el cuerpo de un ser extraño y repulsivo al cual no reconocemos. Y he aquí, una vez más, mi mano y he aquí mi zapato, he aquí mi casa, mi calle, he aquí este ser y este espacio y este tiempo, el cual no soy. La ciudad con sus alas de insecto, con sus mandíbulas de acero y su bota de cemento. La ciudad, coqueta imaginación que con promesas de un futuro mejor nos fue seduciendo entre caricias de vidrio molido y ortiga. Esta ciudad, esta belle dame sans merci, que en su pútrido beso nos emponzoño el alma y nos fue envenenando el futuro, hasta drenar nuestros corazones de toda esperanza y todo deseo. Hasta llenarlo todo con la pesada mezcla del cemento y la comodidad grisáceo de un mundo domestico. Fue en esta ciudad, en la cual un día nos despertamos y recorrimos cada calle y cada esquina, buscando esos sueños perdidos que se nos cayeron al desnudarnos impacientes por sentir la caricia de esa bella promesa de acero. Y he ahora que descubrimos que todo fue un sueño, que nunca hubo tal promesa y que estamos solos, solos, solos, en las entrañas de la gran ciudad, donde la noche es de espina y los días de limón. Es esta maldita ciudad de hierro y acero, en la cual nuestros corazones se estremecen y gritan, lloran y arañan y besan y se matan y se mueren mutuamente hasta ir quedando como ciruelas pasa. Fue así entonces, es así ahora. Pero, ¿Será así mañana? ¿Llegara algún día el mañana? ¿O el futuro es hoy y el ayer ya llego? ¿Serán quizá todos los días siguientes una continuación imprecisa y borrosa de lo que ha sido hasta hoy? Yo soy el rincón en esta larga noche de vialidades y superestructuras. Yo soy el rincón, el que nunca se mueve ni nadie ve, ni nadie oye, ni en el que nadie cree. Yo soy el rincón. Así de absurdo, como las grandes ciudades con su vaivén de hormiga y su cacofonía de cotorras. Esas grandes y absurdas ciudades donde todos los días alguien ordenaba que se detuviera el crecimiento de los árboles y se les cortaran los risos de forma que fueran cuadriculados y predecibles en vez de circulares y enloquecedoramente rebeldes e impredecibles. Si, esas mismas ciudades donde se drenan los ríos y se les somete a una prisión de alcantarillas y drenajes. Donde se plantan flores y se crean jardines que después también serán encarcelados en vallas de acero con una punta hasta arriba para que los niños y los hombres no puedan platicar con ellos ni curar sus penas. Calles y calles en una continuación interminable y desquiciante del absurdo que se repite una y otra vez al infinito, perdiendo cada vez más el sentido. Calles y calles, casas y casas, hombres y hombres, todos ellos grises, y todos ellos muertos de antemano. Hombres que giran inmutables, dando vueltas en la gran entraña de la noche, sin darse cuenta de que las calles han dejado de ser calles y en verdad son las paredes de un tracto digestivo que esta por absorberlo y absorber todo aquello que un día fue.

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