
En el noroeste de la cama, ahí donde reposa el fantasma de tus besas, la huella de tu herida, la cicatriz de tus caricias, se ha inaugurado una fastuosa mina de palabras donde se añejan todas las cosas que quisiera poder decir pero no puedo. Ahí habitan sombras traicioneras que a veces consiguen arrastrarme hasta los más profundos abismos de esa coladera, y entonces siento mi ser escindirse de mí, mientras mi piel se rasga con las bisagras de os pensamientos que dejaste ahí enterrados, mientras mi corazón se fractura con el filo de las palabras más crueles que nunca te atreviste a soltar y que sin embargo, escupiste inconscientemente en tus noches de delirio.
Entonces tengo que dejar que las hormigas y ratones y no sé que mas misterios mas se muevan sobre mi cadáver y laman mis heridas y roan mis entrañas, sabiendo de antemano que no hay más que hacer; que si te mueves, si respiras, si te agitas, el castigo será peor. Porque entonces las grietas de la oscuridad me devoraran más y mas en un eterno caer, en un asedio de torturas que nunca llegan a ser del todo ciertas.
Oh no, mejor no hacer nada. Mejor cerrar los ojos y dejarme ir. Hasta que finalmente empiezo a ver algo de luz y vuelvo a oír el sonido de la oscuridad. Entonces abro los ojos y me haya una vez más en cama, sin ninguna herida ni fractura, y me quedo ahí, llorando, pero llorando hasta que se secan los mares que se habían formado en mi con tu partida. Y cuando finalmente termino, a eso de las cinco, se que todo está bien de nuevo.
Las palabras vuelven a fluir cariñosamente, acariciando mi garganta. Los pensamientos vuelven a jugar en el patio trasero de mi cabeza y la mina desaparece en los abismos de las sabanas, que ya no son solo sabinas, sino tinas de crema como la que me ponía mi mama al terminar de bañarme cuando era pequeña.
Entonces, solo entonces, puedo sumergirme en la mullidez de los ayeres glorificados por el tiempo, y puedo entregarme suavemente a los brazos del fiel Morfeo, que me espera allá, nomas saliendo el balcón del séptimo sueño…
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