jueves, 31 de marzo de 2011

No he querido saber

No he querido saber, pero he sabido. He sabido de soles que se calientan tanto que acaban por destruirse a sí mismos. Si, al final creo que se trata de eso. He sabido que los sistemas tienden a la autodestrucción en un futuro. He sabido sin querer saber, que hay un fin. Que al final de cuentas somos como arena… Todos nuestros actos caen como granitos finos de arena en una playa de sucesos que es el mundo. Y entonces nuestros recuerdos y nuestros anhelos y nuestros horrores y nuestros errores, se derraman ahí, a esperar. ¿A esperar que? Quién sabe. Nadie sabe. Pero nadie en esta vida quiere ser nadie en este mar. Así que nos quedamos ahí reposando, hasta que algún alma errante pasa distraída y pisa sobre nosotros. Entonces sentimos cosquillas y recordamos que estamos vivos. Y también en esa elegía de cosquilleo, de pronto encontramos que una parte de nosotros se quedo pegada a ese pie imprudente que llego sin avisar, y así sin preguntar siquiera, entro a nuestra vida, o nosotros a la suya, quien sabe. Pero así es, nuestros caminos se unen de un momento a otro y son uno solo. Hasta que ya no lo son. Hasta que nos vamos cayendo, nos vamos soltando, otra vez más, sin aviso alguno. Y cuando venimos a darnos cuenta, ya nuestros caminos se han vuelto a separar. Y una vez más nos hallamos derramados sobre la arena, esperando; esperando esperar que la espera se acabe. Y siempre acaba, afortunadamente. Al final siempre acaba, siempre hay un fin. Al final siempre aparece otra vez el mar. Otra vez el mar y la yema de sus olas, con la espuma que llega y te lame las heridas y te lleva con él y te disuelve y baila contigo en la eterna danza de las olas, en el eterno ballet cósmico entre el mar y la luna. La luna y la marea, y ser y estar y a la vez no ser, ni estar ni hacer. Escindirse. No saber. Saber. Aprender a aprenderse, aprender a construirse de la nada, aprender a desvanecerse del todo. Al final no he querido ser, pero he sido.

Toma una hoja

Toma una hoja, la dobla a la mitad y a la mitad, y a la mitad de esa mitad, y una vez más, a la mitad. Delinea –construye- un cuadrado, que se divorcia en múltiples triángulos, que a su vez van muriéndose en más cuadrados pero de menor tamaño. Abre y cierra. Abre y cierra las capas de papel como abre y cierra las capas de los años tras de sí. El ciclo de la vida caricaturizado en un nacer y morir de cuadrados y triángulos. Si. Es el caleidoscopio de la vida. Y él juega a darle vuelta, a soplar y dar vueltas al caleidoscopio, en el vaivén de formas y sentidos.

Toma una hoja, toma el cuadrado y lo recorta. Recorta el cuadrado a la mitad, y al recortarlo en realidad se recorta un trozo de silencio del alma y te lo entrega. Te lo entrega a ti que has jugado a desnudar tu alma ante él. A ti, que te has quitado cada capa de pintura, cada prenda y cada antifaz, hasta quedar desnuda, hasta que fue necesario quitarlo todo porque ya no quedaba nada.

Si, porque uno puede quitarse el abrigo y la chamarra, se pueden quitar las capas de ropa, hasta quedar en ropa interior. Y aun entonces se puede tomar eso y se puede quitar de encima. Pero entonces ya no quedara más que quitar. ¿o sí?

Supongamos que sí. Supongamos que se continúa y se desabrocha la piel de la espalda. Supongamos que se deja caer. Supongamos que se desabrochan uno a uno, los músculos de los huesos. Supongamos que se desabotonan los huesos, y se desarma lentamente el todo. Si. Se desarma como se pela una mandarina o una fruta como la granada. Hasta que se llega al centro y se encuentra que ya no se encuentra nada.

Él lo sabe.

Siempre lo supo, y por eso el callaba. Porque aunque tal vez sea cierto que en el silencio se está desnudo y al hablar nos cubrimos, también es cierto que las palabras son poderosas y que con las palabras no se juega porque con palabras, se pueden arrancar las vidas como se arrancan las ropas, o viceversa. Se puede desvestir el cuerpo y desnudar el alma.

El calló. Y en su silencio se construyo una muralla. Calló, mientras tú te internabas en el abismo. Sí, porque tú eres un abismo. Toda tu eres un abismo que se abre ante –pero también para y por- ti. Sucede que a veces se te cae la pelota, o la razón, por entre las escaleras, y entonces sucede que tú caminas y bajas las escaleras. Corres por las escaleras, cuesta abajo sin si quiera pensarlo. Intentando detener la pelota –o la razón, quien sabe- que gira y gira cada vez más rápido. Persiguiéndola tú desciendes, hasta que te volteas das cuenta de que el exterior solo es una luz pequeña, pequeñísima, a lo lejos.

Mientras tu caías, el callaba. Incapaz de hablar. Aunque para ser justos, de cualquier forma su voz no habría podido llegar a ti entre el muro del abismo que has descendido persiguiendo lo que se te perdió. Incapaz de hablar, no se le ocurrió más que tomar esa hoja y doblarla, y desdoblarla hasta crear un trocito de escalera o de silencio, para que te cubrieras y a la vez, para que intentaras salir.

Y es que hay días, es cierto, en que las escaleras se desvanecen y solo queda un pozo, del cual ya no hay salida alguna. Se llega hasta el fondo, se caen las escaleras como se caen los dientes de los hombres al llegar a cierta edad. Y aun mas, la estructura se tambalea, coqueteando con la idea de besar el suelo.

¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Los escuchas moverse a lo lejos, como un sueño del que no se logra despertar, y en el cual se confunden el caos comprensible de afuera con el caos incomprensible de dentro.

La verdad.

Dentro los puentes tienen púas, y los segundos repican. Se escurren tus días entre los dedos como se escurren los labios entre los besos, como se escurren tus piernas de rompope errabundas por las calles. Escurrir. Escurrir. Escurr-ir. Las escaleras se lavan y entre ellas las ideas se escurren. Se resbalan, se apretujan, se atropellan, en la tragedia de los perpendiculares. La piel se desabrocha y se hace añicos al contacto con la ausencia. Las palabras se alargan, y no acaban de llegar nunca como prometía Zenón. Fuera el sol ha muerto. Lo asesinamos con nuestra frialdad, porque le dimos la espalda al serle infiel con la luz y el calor artificial de nuestras pantallas y nuestros focos artificiales que iluminan nuestras vidas artificiales.

El no puede alcanzarte. No importa lo que él quiera. No importa. Si quisiera pulir tus labios, escribirte con las yemas de los dedos en la espalda, que te quedes. Si quisiera pedirte que no te vayas, que él, que a veces, que siempre; no importa.

Toma una hoja, la dobla a la mitad. La abre. Toma las puntas y las lleva al centro. Dobla, desdobla. Abre, cierra. Pone en marcha el caleidoscopio de la vida, el carnaval de los polígonos. Y así se suceden, una y otra y otra y aun otra vez, las parejas de cuadrados y triángulos que juegan a hacerse pequeños. Hasta que el papel es tan pequeño que cabe en el, o el cabe dentro. Quién sabe.

El distraído, sin darse cuenta alguna cree seguir doblando la hoja, cuando en realidad, se está doblando a SI mismo. El no se da cuenta, o no le importa. Abre, cierra. Dobla, desdobla. Y también al revés. Cierra, abre. Desdobla, dobla. Si. Estira los brazos, estira las piernas. Dobla las rodillas, dobla la espalda, dobla los brazos sobre las rodillas. Entonces se dobla a la mitad y se abre. Se doble a la mitad. Abre. Toma las puntas y las lleva al centro. Dobla. Dobla una vez más. Dobla la mitad de la mitad doblada. Abre. Dobla la punta. Abre.

Y se avienta al pozo.

No se deja caer. Se avienta. Se avienta desde la buhardilla de la venta. Trata de cruzar el patio y cruzar el portón. Toma mucho aire porque trata de llegar muy lejos. Más lejos que la calle de enfrente. Mucho más. Siempre más. Porque trata de llegar hasta ti.

Casi lo logra. Cree lograrlo. Cree planear entre la llanura. Cree vislumbrar tu cuerpo que se insinúa en el horizonte. Cree sentir una sonrisa derramarse entre sus labios. Cree llegar a ti, y sujetar tu mano. Cree ayudarte a subir, y llevarte volando. Cree que continúan planeando hasta llegar al mar. Cree sentir la espuma en los dedos de los pies, al internarse mar adentro. Mar adentro. Amar adentro. Amar dentro.

Los demás –los otros- los que no importan, creen que él se ha suicidado. Creen que siempre fue una persona rara. Creen que ha cometido un acto absurdo y reprochable. Y es que creen que ha abrazado el abismo, que con esa urgencia de llegar al suelo, se estaba realizando un acto afirmativo. Creen que el estaba escribiendo en su epitafio; vida mía no te quiero.

Ellos, -los demás- los que no importan, y que además, no entienden. Le insultan, le empujan, le expulsan. Y cuando se aburren, le olvidan. Le olvidan y para que no haya vuelta atrás; le entierran. Le olvidan y le entierran. Le entierran para olvidar. Pero olvidan. Olvidan algo. Porque ellos, los que no importan, no entienden y además, no quieren hacerlo; olvidan que la vida es más que este cuerpo, más que este mundo de polígonos y triángulos en dos planos. Más que este carnaval en el que los cuadrados se mueren en triángulos y los triángulos se reproducen en cuadrados. Ellos olvidan que en este mundo hay demasiada soledad en formatos cuadrangulares. Ellos no quieren recordar. Prefieren creer que él se ha suicidado.

Tú, que estas atrapada en el pozo, no puedes ver nada. Tu te has quedado desnuda. Has hablado tanto, has dado tanto, te has explicado tanto, que te has desvanecido. No te queda más que la placa de silencio que él te ha dado.

Quisieras pulir su silencio, hasta hacerlo hablar. Quisieras esculpirlo hasta encontrar un sonido que te permita empezar de cero. Callando hasta que puedas cubrirte de nuevo. Cubrirte con palabras, porque es preciso empezar de cero. Solo hace falta hallar el marcapasos, e iniciar. Decirlo es fácil, hacerlo no tanto.

Es difícil hacer algo –cualquier cosa- cuando uno no se siente convencido de su realidad. Porque hacer cualquier movimiento implica ser testigo del deshielo de un casquete polar, y observar los grandes trozos de hielo caer a diestra y siniestra.

Por eso no puedes hacer nada. Crees que no puedes hacer nada. Y no puedes hacerlo hasta que entiendas que ahí está la solución. Si no puedes creer que puedes hacer nada, no puedes creer. Basta con no creer. No creer en ti. Porque quizá no estás ahí. Quizá no existas. Pero entonces quizá tampoco exista ningún pozo.