Día 4 Acatlán de Osorio, Puebla-Huajuapan de León, Oaxaca
La Dueña, Sofia, nos preparó un desayuno increíble, listo en
la mesa antes de las seis y media; chilaquiles con huevos, frijoles y café.
¡Gloria! Salimos entonces bien comidos y bien pesados, a lo que dijeron, seria
uno de los días más difíciles.
Yo me mentalice toda la noche para darlo todo, y Roberto nos
levanto con una parodia de discurso de entrenador, diciendo el día de hoy
tienen dos opciones, o se chingan o se chingan, y a partir de entonces lo nombramos el couch
del grupo, y al viaje, el chingados tour.
Para entonces ya no estaban Normal, ni el Poblano. El chico
dijo que se había lastimado un musculo del muslo, por lo que de ahí en adelante
lo conocimos como Miss Puebla. Los que quedamos empezamos el día subiendo y
cruzando un mar de montañas cónicas y enormes, de un verde muy vivo.
En una parada a la mitad de la subida Alex encontró una
piedra en forma de corazón verde. Así empezó la carrilla de Ternurita, y el
tour de amor y los ternuritas presenta, como si se tratara de un grupo musical
de esos que tocan en los pueblos.
Después seguimos subiendo a lo largo del cauce de un rio
medio seco. El paisaje estaba lleno de órganos, magueyes, cactus y arbusto, en
un mar de verde seco que se sucedía infinitamente. También se escuchaba el agua
brotar del cerro y caer en los acotamientos. Seth aprovechaba esa agua para
rellenar sus botellas, y aunque se sentía dudoso de las pequeñas partículas
flotando, juraba que era el agua más deliciosa del mundo.
Paramos en la tiendita en la punta de un cerro, ahí
descansamos y Martín se quedó dormido. Todos menos Seth nos adelantamos
esperándolos en la siguiente tienda a la sombra de otro árbol en la cima de
otra montaña. El lugar estaba frente a una refaccionaria que se traía una buena
fiesta con el ritmo de los doors a todo volumen.
Nos surtimos de un chocolate delicioso en la tienda, donde
la señora nos juró que ya nomás nos faltaba una subidita y de ahí pura bajada. Tratamos
de inspirarnos con la cadencia de los
doors y olvidar por un momento la tonada de Baloo, “busca lo más vital, nomás,
lo que hay que precisar nomás, mamá naturaleza te lo da…” que Roberto y Seth
incorparon como nuestro himno en los primeros días.
Subíamos una hora y bajábamos cinco o tres minutos. Pasamos
Petlalcingo, un pueblo pintoresco enclavado en la sierra. Desde el camino se veía
su iglesia con torres como de cantera y una desviación en la carretera muy
hermosa, con kiosko y un arco triunfal.
Finalmente, una vez que estuvimos en la punta de la sierra y
simplemente no había más lugar para subir, bajamos a un valle amplio, rodeado
de campos de cultivo. Nos paramos en la primera tiendita a hidratarnos con más
agua y cervezas. Era un buen oasis, un lugar con varios arboles de tronco
grueso y ramas grandes y trepables donde podías sentarte cómodamente. Ahí me
trepe y me quede dormida un rato. Roberto se encariño con los perros del lugar
y se quedo dormido en el pasto a la sombra del árbol. Ya se vislumbraba en la siguiente subida el
letrero de bienvenidos a Oaxaca.
Seguimos ese letrero que estaba a tan solo una recta
inclinada de nosotros. No podíamos disimular el placer que eso nos producía.
Llegamos flotando al letrero de “Buen viaje, termina Puebla” y nos paramos a la mitad de la carretera por
la foto del momento. Roberto hasta se tiró al piso mientras le echábamos aguas
pa sacar la toma precisa. Lo mismo en el
letrero de Bienvenidos a Oaxaca. Curioso el cambio en el terreno nomas cruzando
ese letrero, a partir de entonces las carreteras estarían hechas una desgracia,
un poquito más y más a cada paso que avanzamos.
Seguimos el camino,
subiendo y bajando, cruzando valles y llegando a Huajuapan a eso de las
cinco. Yo estaba agotada y solo quería quedarme tirada en cualquier lugar. Mi
rodilla empezaba a dolerme. Pero en vez de eso estuvimos buscando
lugares un rato antes de quedarnos en hotel junto al IMSS, de a 50 por
cabeza. En fin, que fuimos a comer a una fondita con uno de los
arroces más ricos que he probado y nos abastecimos de mezcal. Primero la idea
fue comprar uno para la noche y otro para el camino. Pero de vuelta al hotel mientras Seth consultaba su oráculo y
nos asustaba con la altimetría y las distancias, consideramos que era mejor
abastecernos ampliamente. Hasta que al final salimos cada quien con su pachita
de mezcal pechuga. Una ganga por solo 20 pesos la botellita pintada a mano y toda la cosa.
(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia)
















