jueves, 31 de enero de 2013

Rodada rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano: Acatlán-Huajuapan


Día 4 Acatlán de Osorio, Puebla-Huajuapan de León, Oaxaca


La Dueña, Sofia, nos preparó un desayuno increíble, listo en la mesa antes de las seis y media; chilaquiles con huevos, frijoles y café. ¡Gloria! Salimos entonces bien comidos y bien pesados, a lo que dijeron, seria uno de los días más difíciles.
Yo me mentalice toda la noche para darlo todo, y Roberto nos levanto con una parodia de discurso de entrenador, diciendo el día de hoy tienen dos opciones, o se chingan o se chingan, y  a partir de entonces lo nombramos el couch del grupo, y al viaje, el chingados tour.
Para entonces ya no estaban Normal, ni el Poblano. El chico dijo que se había lastimado un musculo del muslo, por lo que de ahí en adelante lo conocimos como Miss Puebla. Los que quedamos empezamos el día subiendo y cruzando un mar de montañas cónicas y enormes, de un verde muy vivo.
En una parada a la mitad de la subida Alex encontró una piedra en forma de corazón verde. Así empezó la carrilla de Ternurita, y el tour de amor y los ternuritas presenta, como si se tratara de un grupo musical de esos que tocan en los pueblos.
Después seguimos subiendo a lo largo del cauce de un rio medio seco. El paisaje estaba lleno de órganos, magueyes, cactus y arbusto, en un mar de verde seco que se sucedía infinitamente. También se escuchaba el agua brotar del cerro y caer en los acotamientos. Seth aprovechaba esa agua para rellenar sus botellas, y aunque se sentía dudoso de las pequeñas partículas flotando, juraba que era el agua más deliciosa del mundo. 


Paramos en la tiendita en la punta de un cerro, ahí descansamos y Martín se quedó dormido. Todos menos Seth nos adelantamos esperándolos en la siguiente tienda a la sombra de otro árbol en la cima de otra montaña. El lugar estaba frente a una refaccionaria que se traía una buena fiesta con el ritmo de los doors a todo volumen.
Nos surtimos de un chocolate delicioso en la tienda, donde la señora nos juró que ya nomás nos faltaba una subidita y de ahí pura bajada. Tratamos de inspirarnos con la  cadencia de los doors y olvidar por un momento la tonada de Baloo, “busca lo más vital, nomás, lo que hay que precisar nomás, mamá naturaleza te lo da…” que Roberto y Seth incorparon como nuestro himno en los primeros días.
Subíamos una hora y bajábamos cinco o tres minutos. Pasamos Petlalcingo, un pueblo pintoresco enclavado en la sierra. Desde el camino se veía su iglesia con torres como de cantera y una desviación en la carretera muy hermosa, con kiosko y un arco triunfal.

Finalmente, una vez que estuvimos en la punta de la sierra y simplemente no había más lugar para subir, bajamos a un valle amplio, rodeado de campos de cultivo. Nos paramos en la primera tiendita a hidratarnos con más agua y cervezas. Era un buen oasis, un lugar con varios arboles de tronco grueso y ramas grandes y trepables donde podías sentarte cómodamente. Ahí me trepe y me quede dormida un rato. Roberto se encariño con los perros del lugar y se quedo dormido en el pasto a la sombra del árbol.  Ya se vislumbraba en la siguiente subida el letrero de bienvenidos a Oaxaca.

Seguimos ese letrero que estaba a tan solo una recta inclinada de nosotros. No podíamos disimular el placer que eso nos producía. Llegamos flotando al letrero de “Buen viaje, termina Puebla”  y nos paramos a la mitad de la carretera por la foto del momento. Roberto hasta se tiró al piso mientras le echábamos aguas pa sacar la toma precisa.  Lo mismo en el letrero de Bienvenidos a Oaxaca. Curioso el cambio en el terreno nomas cruzando ese letrero, a partir de entonces las carreteras estarían hechas una desgracia, un poquito más y más a cada paso que avanzamos. 


Seguimos el camino,  subiendo y bajando, cruzando valles y llegando a Huajuapan a eso de las cinco. Yo estaba agotada y solo quería quedarme tirada en cualquier lugar. Mi rodilla empezaba a dolerme. Pero en vez de eso estuvimos buscando lugares un rato antes de quedarnos en hotel junto al IMSS, de a 50 por cabeza. En fin, que fuimos a comer a una fondita con uno de los arroces más ricos que he probado y nos abastecimos de mezcal. Primero la idea fue comprar uno para la noche y otro para el camino. Pero de vuelta al  hotel mientras Seth consultaba su oráculo y nos asustaba con la altimetría y las distancias, consideramos que era mejor abastecernos ampliamente. Hasta que al final salimos cada quien con su pachita de mezcal pechuga. Una ganga por solo 20 pesos la botellita  pintada a mano y toda la cosa.
  

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 


miércoles, 30 de enero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Izucar-Acatlán

Día 3. Izucar de Matamoros, Puebla-Acatlán de Osorio, Puebla


 Salimos a las siete de la mañana, con el fresco del aire y el cielo nublado. Muy pronto nos enfrentamos a una subida de unos diez kilómetros en los que escalamos una montaña inmensa. Le dábamos vueltas y vueltas sin terminar de subir. Lo peor es que uno siempre tenía la esperanza ilusa de que tras la siguiente curva vendría un descanso, pero nada. Incluso había bajadas, o tramos que parecían bajadas, pero que en realidad se sentían como subidas pesadas y desmoralizantes.
Hasta que al fin llegamos a la cima y simplemente no había más lugares a los cuales subir. Sin embargo el camino nos preparó una última prueba para probar el carácter. Justo antes de la cima había una brecha que cruzaba derecho y de bajada al otro extremo de la montaña. Claro nomás que ya estando allá te encontrabas con que había que cruzar un vado inundado.
Yo me resistí la tentación y rodee hasta la orilla donde ya había gente del grupo, y de premio;  el paisaje. Por un lado, la vista de la sierra y un gran valle, cadenas de montañas, una detrás de la otra, detrás de la otra, en un mar de verdes y azules que se insinuaban en el horizonte. Y del otro lado, la última vista del Popocatepetl a lo lejos, pequeñísimo, casi desapareciendo a lo lejos.


Seguimos la ruta, y como todo lo que sube tiene que bajar, disfrutamos de un par de kilómetros de bajada. Una delicia, como un brazo abriéndose paso en el agua eran nuestros cuerpos, cortando toda la sierra en un carnaval de verde desbordándose a nuestro paso, montañas y arboles y piedras quedando atrás irremediablemente.
Después más subidas hasta llegar a Tehuitzingo, un pueblito donde paramos a desayunar. Teníamos tanta hambre que ni siquiera nos esperamos hasta llegar al centro del pueblo. Nos paramos en el primer lugar que vimos y pedimos orden de huevos a la mexicana para diez.  Le hicimos el día a la señora de la tiendita entre la comida, la botana, el agua y las cervezas.
Claro que después de comer y viendo el sol de mediodía azotar el asfalto nadie quería moverse. Así que nos echamos en el piso un rato y dejamos que pasara un poco. “El sol ahí va a estar siempre,  todo el día y también mañana, y así durante mil años”, dijo Alejandro desesperado por arrancar. Y ante semejante lógica no hubo mas que continuar subiendo y bajando a lo largo del camino. Hasta que Alex encontró un arroyo a lado del camino.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos todos con los pies adentro, lavándonos la cara y el cuerpo. ¿Y por qué no? Alex de plano olvido toda su prisa y se metió totalmente, hasta empezó a construir una presita para que se hiciera más hondo. Al rato ya había gente lavando ropa, gente acostada con las piernas en el agua y gente jugando con las piedras del rio.  



 Pero empezó a llover y nos fuimos a refugiar rio adentro (gran idea) debajo del puente de la carretera. Mientras decidíamos que hacer, Alex nos dio carne seca para entretener los dientes y la tripa hasta que pudiéramos seguir.  Para entonces ya habíamos perdido a Norma que pedaleo valientemente hasta la mitad de ese día, cuando tomó un aventón hasta Acatlán.
Esperamos un rato en lo que paso la lluvia y nos fuimos. Para finalizar el día nos tocó una subida inmensa que parecía no terminar jamás. Pedaleamos por horas hasta que en la cima encontramos un letrero que decía: Nuevos Horizontes. Já!

Ahí paramos forzosamente por unas chelas y comida. Sandra y Alex ya estaban apalabrando el hospedaje ahí mismo. Fue una parada deliciosa en la que cabuleamos todo lo pedaleado, y ya después bajamos todo lo subido. Llegamos a Acatlán antes de que oscureciera. Norma nos esperaba en el parque y ya había conseguido varias opciones de hospedaje.
La mejor opción fue un cuarto en una vecindad, nueve personas por $15 cada quien. El lugar era un edificio colosal de cuatro pisos y decenas de cuartos con baños comunales y un desayunador del que colgaba un letrero con todas las prohibiciones, firmaba LA DUEÑA.
La Dueña era una viejita de armas tomar, con unos ojos muy verdes y una curiosa mezcla de amabilidad y rudeza. Nomás rentaba los cuartos por mes pero nos hizo el favor para pasar la noche y accedió a prepararnos un desayuno energético a las 6 de la mañana.
Por la noche dimos la vuelta en el centro y cenamos en un lugar de tacos. Yo me puse ridículamente feliz porque vendían licuados y acompañaban los tacos con papas y nopales. Dormimos en el cuarto todos y con las bicis adentro, nomás nos faltaba haberlas abrazado. 

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 

martes, 29 de enero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Cuautla-Izucar


Día 2. Cuautla, Morelos- Izucar de Matamoros, Puebla



Llegando a Cuautla se nos unieron dos miembros más; Sandra y Seth. Sandra con su bicicleta de nombre Clarabella y sus alforjas azules que vería durante horas y horas de pedalear detrás de ella.  Seth con su bici de estilo militar como le dicen algunos, sin alforjas pero con pequeñas bolsas en el marco y en las llantas, así como su siempre presente librito con su oráculo mágico con el que nos adivinaría las distancias y la altimetría de cada camino.
Salimos después de desayunar en un mercadito, y el día nos consintió con una gran imagen del Popocatepetl y el pico nevado del Iztacihuatl en el horizonte. El camino fue de lo mas agradable, con algunas subidas y muchas rectas, a lo largo de valles amplios con campos de cultivos a los lados y las montañas a lo lejos.
Sandra encontró un buen oasis, una tiendita con mucha sombra y arboles a orillas de la carretera. Ahí brindamos con una cervecita para la calor, y así Sandra se convirtió en nuestra brújula para encontrar oasis, con las mejores sombras, los mejores paisajes y las cervezas más frías. Iniciando nuestra cata de cervezas a lo largo de diferentes pueblitos desde Morelos a Oaxaca.
Rodrigo nos dejo antes de llegar al oasis, porque se jodió la rodilla con tanto peso en las alforjas o algo así. Nosotros seguimos el camino ya bien frescos. La ruta era hermosa, con el valle de los campos transgénicos y montañas de formas eclécticas al frente. 


Yo me aventé con Roberto una persecución de varios kilómetros sin que pudiera verle ni el polvo. Sin saberlo, atrás de mí, Alex y Seth venían persiguiéndome en una carrera  de la que nadie sabia. Hasta que entramos a una zona de pequeños columpios en la que sentíamos que íbamos volando, subiendo y bajando, en la que encontramos a Roberto detenido por una llanta ponchada.
Aprovechamos la parada para descansar y ver pasar a las cabras en el camino. Y seguimos a lo largo de pura recta hasta llegar al siguiente oasis: una tiendita en San José Lico, enfrente de un campo de futbol donde un grupo de niños nos entretenía con un partido de beisbol.


 Ese fue el día más sencillo de todos, con subidas simples y bellos paisajes con las montañas a lo lejos. A eso de las tres ya estábamos en Izucar de Matamoros, ni en cuenta de en que momento dejamos Morelos. 
Izucar es un lugar más o menos grande, pero no conocimos más que el centro. Pasamos horas decidiendo si quedarnos ahí o avanzar hasta el siguiente pueblo donde nos prometían unos balnearios deliciosos. Se nos hizo tarde en la indecisión. Rodrigo que había llegado horas antes ya estaba instalado en un hotel junto con un chico nuevo de Puebla.  Terminamos Seth y yo yendo de cicloembajadores con los de Protección Civil para pedirles refugio. Nos dejaron acampar frente a la comandancia, pero “hasta las 8, 9, o saben que, mejor a las 10”.
Mientras ocupamos el parque frente al mercado. Comimos pozole y tacos y nos apoderamos de un pasillo entre bicis y cosas. Seth sacó un par de estufas mágicas que el mismo construye con latas de coca de las más pequeñas y frascos de desodorante. Con esas maravillas calentamos agua, Sandra sacó una bolsita de café, alguien fue por pan, y listo! Nos quedamos desperdigados por ahí hasta que empezó a llover y tuvimos que refugiarnos bajo los arcos de la comandancia, en lo que pronto seria nuestro campamento. Matamos la tarde bebiendo te y café con pan, viendo la llovizna caer y los carros pasar.




(Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Roberto, Alexandro, Sandra, Alicia, Pako, Marc Bernon) 

lunes, 28 de enero de 2013

Rodada rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano 2012 (México-Oaxaca)


Aquí las postales sobre la rodada de un grupo de locos que no se conocían, que se hicieron amigos durante una rodada de 6 días rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano en Oaxaca. Esta es la historia de un recorrido de casi 500 kilómetros por la sierra en bici. 

Día 1.  Ángel de Independencia, DF-Cuautla, Morelos

La cita era a las 8, y salí de la Del Valle un poco antes con mi mochila de camello y un mapa hecho en una servilleta. Me perdí un poco justo antes de llegar, pero logré llegar a tiempo. El Ángel estaba vacío. Solo había un chico, reconocible a lo lejos por su bici con cinco alforjas y una de esas chamarras fosforescentes; ahí estaba Rodrigo. 
Ahí nos quedamos los dos un rato, hasta que una policía nos indico que había un chico que debía estar esperándonos en el sitio opuesto. Apareció después el otro chico, con su bici roja, cargando casa de campaña y demás, un casco y paliacate con calaveras: era Alejandro.
Salimos nosotros tres y un chico que no tenía el tiempo para hacer el viaje, pero que decidió acompañarnos hasta salir de la ciudad. Tardamos horas antes de salir, y en eso le dio tiempo a Alejandro de regañarme por traer mal la bolsa de refacciones, así como indicar el mal estado de los rayos de mi llanta. En el camino a la caseta a Cuernavaca se nos unió Roberto, con su flamante bici nueva y muchas ganas de rodar.
Mientras esperamos a otros tres que juraban que ya llegaban  (y que más tarde y ya en confianza nos confesarían que estaban crudos en una gasolinera) Roberto trato de reparar mis rayos, terminando de descomponer el equilibrio que llegaban, por lo que tuve que subir con la llanta culebreando a cada pedaleada. Por fin, llegaron los hermanos Paco y Martín, y Norma, esposa de Martín y ciclista principiante que lucharía durante tres días en el camino con nosotros.
Así iniciamos el primer día del viaje, subiendo hasta los 3100 msnm cerca de Tres Marías. Fue una subida larga pero tranquila. Roberto, Alex y yo nos fuimos juntos casi todo el camino, los otros hicieron trampa y terminaron tomando una patrulla de los Ángeles Verdes que los subió hasta Tres Marías.
Yo venía muy preocupada por encontrar un taller para arreglar la llanta, mientras Roberto y Alex me iban compartiendo comida. Alejandro llevaba un paquete de carne seca que yo creo que es interminable porque nos duro todo el viaje, barras proteicas y gomitas. Roberto llevaba chocolate oaxaqueño y yo me sentía estúpida por haber olvidado mi bolsita con propóleo y semillas.
Nos reunimos en Tres Marías, donde ya nos estaban esperando los que tomaron el aventón. Roberto no los vio y se paso de largo, esperándonos durante horas en la desviación a Tepoztlán mientras nosotros nos calentábamos con chocolate o café caliente en la parada de la gasolinera.
De ahí fue pura bajada. Yo no pude disfrutarla por el imperfecto del rin que venia golpeando los frenos, que a su vez, golpeaban el candado de la bici que me rebotaba en la pierna, como una horrible señal de alarma. La bici venia haciendo un silbido agudo que me hacia sentir que la llanta saldría volando en cualquier momento, así que iba lentísimo. Los demás también perdieron tiempo por ponchaduras de llantas y demás. 
Obviamente no pasó nada terrible y llegando a la desviación a Tepoztlán encontramos a Roberto dormido en el pasto. Pedaleamos hasta llegar a Tepoz donde afortunadamente encontramos el taller Platanito, donde por $25 el señor curó a mi bici. Eso si, advirtiendo que el rin ya venia muy “huevoncito” y habría que cambiarlo pronto.
Pero, si llega a Oaxaca, ¿no? Fue lo primero que preguntamos, y sin más le dimos de nuevo hasta Yautepec con buen paso y en pura bajada.  Ahí se volvió complicado porque las llantas de los hermanos se venían ponchando. Tuvimos que esperar hasta que se hizo de noche y no hubo más remedio que subir a Martin y a su bici en un colectivo.
Los demás sufrimos los últimos kilómetros ya de noche, con el cansancio en las piernas y en la espalda. La numeración estaba toda mal y nos iba agotando mentalmente, siempre aplazando los kilómetros de llegada hasta Cuautla.  Cuautla 20 y quince minutos después, de nuevo Cuautla 20, Cuautla 10, ¡Cuautla 15!, y así, infinitamente, siempre un paso más lejos.
Por fin cruzamos un humilde letrero de llegada y nos bajamos de la bici (para más tarde encontrar otro letrero de Cuautla a 1 km). Nos quedamos sentados en una banqueta, Alex y yo, callados y viendo al vacío. Roberto había decidido combatir el cansancio pedaleando más rápido y se había adelantado. Rodrigo se había quedado atrás y venia tronadísimo.  Por fin nos encontramos todos en el jardincito de una plaza, y nos hospedamos en el primer hotel que encontramos.  Un cuarto para los ocho por solo $45 por cabeza.  


(Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Roberto, Alexandro, Sandra, Alicia, Pako, Marc Bernon)