miércoles, 30 de enero de 2013

Rodada Rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano Izucar-Acatlán

Día 3. Izucar de Matamoros, Puebla-Acatlán de Osorio, Puebla


 Salimos a las siete de la mañana, con el fresco del aire y el cielo nublado. Muy pronto nos enfrentamos a una subida de unos diez kilómetros en los que escalamos una montaña inmensa. Le dábamos vueltas y vueltas sin terminar de subir. Lo peor es que uno siempre tenía la esperanza ilusa de que tras la siguiente curva vendría un descanso, pero nada. Incluso había bajadas, o tramos que parecían bajadas, pero que en realidad se sentían como subidas pesadas y desmoralizantes.
Hasta que al fin llegamos a la cima y simplemente no había más lugares a los cuales subir. Sin embargo el camino nos preparó una última prueba para probar el carácter. Justo antes de la cima había una brecha que cruzaba derecho y de bajada al otro extremo de la montaña. Claro nomás que ya estando allá te encontrabas con que había que cruzar un vado inundado.
Yo me resistí la tentación y rodee hasta la orilla donde ya había gente del grupo, y de premio;  el paisaje. Por un lado, la vista de la sierra y un gran valle, cadenas de montañas, una detrás de la otra, detrás de la otra, en un mar de verdes y azules que se insinuaban en el horizonte. Y del otro lado, la última vista del Popocatepetl a lo lejos, pequeñísimo, casi desapareciendo a lo lejos.


Seguimos la ruta, y como todo lo que sube tiene que bajar, disfrutamos de un par de kilómetros de bajada. Una delicia, como un brazo abriéndose paso en el agua eran nuestros cuerpos, cortando toda la sierra en un carnaval de verde desbordándose a nuestro paso, montañas y arboles y piedras quedando atrás irremediablemente.
Después más subidas hasta llegar a Tehuitzingo, un pueblito donde paramos a desayunar. Teníamos tanta hambre que ni siquiera nos esperamos hasta llegar al centro del pueblo. Nos paramos en el primer lugar que vimos y pedimos orden de huevos a la mexicana para diez.  Le hicimos el día a la señora de la tiendita entre la comida, la botana, el agua y las cervezas.
Claro que después de comer y viendo el sol de mediodía azotar el asfalto nadie quería moverse. Así que nos echamos en el piso un rato y dejamos que pasara un poco. “El sol ahí va a estar siempre,  todo el día y también mañana, y así durante mil años”, dijo Alejandro desesperado por arrancar. Y ante semejante lógica no hubo mas que continuar subiendo y bajando a lo largo del camino. Hasta que Alex encontró un arroyo a lado del camino.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos todos con los pies adentro, lavándonos la cara y el cuerpo. ¿Y por qué no? Alex de plano olvido toda su prisa y se metió totalmente, hasta empezó a construir una presita para que se hiciera más hondo. Al rato ya había gente lavando ropa, gente acostada con las piernas en el agua y gente jugando con las piedras del rio.  



 Pero empezó a llover y nos fuimos a refugiar rio adentro (gran idea) debajo del puente de la carretera. Mientras decidíamos que hacer, Alex nos dio carne seca para entretener los dientes y la tripa hasta que pudiéramos seguir.  Para entonces ya habíamos perdido a Norma que pedaleo valientemente hasta la mitad de ese día, cuando tomó un aventón hasta Acatlán.
Esperamos un rato en lo que paso la lluvia y nos fuimos. Para finalizar el día nos tocó una subida inmensa que parecía no terminar jamás. Pedaleamos por horas hasta que en la cima encontramos un letrero que decía: Nuevos Horizontes. Já!

Ahí paramos forzosamente por unas chelas y comida. Sandra y Alex ya estaban apalabrando el hospedaje ahí mismo. Fue una parada deliciosa en la que cabuleamos todo lo pedaleado, y ya después bajamos todo lo subido. Llegamos a Acatlán antes de que oscureciera. Norma nos esperaba en el parque y ya había conseguido varias opciones de hospedaje.
La mejor opción fue un cuarto en una vecindad, nueve personas por $15 cada quien. El lugar era un edificio colosal de cuatro pisos y decenas de cuartos con baños comunales y un desayunador del que colgaba un letrero con todas las prohibiciones, firmaba LA DUEÑA.
La Dueña era una viejita de armas tomar, con unos ojos muy verdes y una curiosa mezcla de amabilidad y rudeza. Nomás rentaba los cuartos por mes pero nos hizo el favor para pasar la noche y accedió a prepararnos un desayuno energético a las 6 de la mañana.
Por la noche dimos la vuelta en el centro y cenamos en un lugar de tacos. Yo me puse ridículamente feliz porque vendían licuados y acompañaban los tacos con papas y nopales. Dormimos en el cuarto todos y con las bicis adentro, nomás nos faltaba haberlas abrazado. 

(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia) 

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