Día 3. Izucar de Matamoros, Puebla-Acatlán de Osorio, Puebla
Hasta que al fin llegamos a la cima y simplemente no había más
lugares a los cuales subir. Sin embargo el camino nos preparó una última prueba
para probar el carácter. Justo antes de la cima había una brecha que cruzaba
derecho y de bajada al otro extremo de la montaña. Claro nomás que ya estando
allá te encontrabas con que había que cruzar un vado inundado.
Yo me resistí la tentación y rodee hasta la orilla donde ya
había gente del grupo, y de premio; el
paisaje. Por un lado, la vista de la sierra y un gran valle, cadenas de
montañas, una detrás de la otra, detrás de la otra, en un mar de verdes y azules
que se insinuaban en el horizonte. Y del otro lado, la última vista del
Popocatepetl a lo lejos, pequeñísimo, casi desapareciendo a lo lejos.
Seguimos la ruta, y como todo lo que sube tiene que bajar,
disfrutamos de un par de kilómetros de bajada. Una delicia, como un brazo
abriéndose paso en el agua eran nuestros cuerpos, cortando toda la sierra en un
carnaval de verde desbordándose a nuestro paso, montañas y arboles y piedras
quedando atrás irremediablemente.
Después más subidas hasta llegar a Tehuitzingo, un pueblito
donde paramos a desayunar. Teníamos tanta hambre que ni siquiera nos esperamos
hasta llegar al centro del pueblo. Nos paramos en el primer lugar que vimos y
pedimos orden de huevos a la mexicana para diez. Le hicimos el día a la señora de la tiendita
entre la comida, la botana, el agua y las cervezas.
Claro que después de comer y viendo el sol de mediodía
azotar el asfalto nadie quería moverse. Así que nos echamos en el piso un rato
y dejamos que pasara un poco. “El sol ahí va a estar siempre, todo el día y también mañana, y así durante
mil años”, dijo Alejandro desesperado por arrancar. Y ante semejante lógica no
hubo mas que continuar subiendo y bajando a lo largo del camino. Hasta que Alex
encontró un arroyo a lado del camino.
En menos de lo que canta un gallo ya estábamos todos con los
pies adentro, lavándonos la cara y el cuerpo. ¿Y por qué no? Alex de plano
olvido toda su prisa y se metió totalmente, hasta empezó a construir una
presita para que se hiciera más hondo. Al rato ya había gente lavando ropa,
gente acostada con las piernas en el agua y gente jugando con las piedras del
rio.
Esperamos un rato en lo que paso la lluvia y nos fuimos.
Para finalizar el día nos tocó una subida inmensa que parecía no terminar jamás.
Pedaleamos por horas hasta que en la cima encontramos un letrero que decía:
Nuevos Horizontes. Já!
Ahí paramos forzosamente por unas chelas y comida. Sandra y
Alex ya estaban apalabrando el hospedaje ahí mismo. Fue una parada deliciosa en
la que cabuleamos todo lo pedaleado, y ya después bajamos todo lo subido. Llegamos
a Acatlán antes de que oscureciera. Norma nos esperaba en el parque y ya había
conseguido varias opciones de hospedaje.
La mejor opción fue un cuarto en una vecindad, nueve
personas por $15 cada quien. El lugar era un edificio colosal de cuatro pisos y
decenas de cuartos con baños comunales y un desayunador del que colgaba un
letrero con todas las prohibiciones, firmaba LA DUEÑA.
La Dueña era una viejita de armas tomar, con unos ojos muy
verdes y una curiosa mezcla de amabilidad y rudeza. Nomás rentaba los cuartos
por mes pero nos hizo el favor para pasar la noche y accedió a prepararnos un
desayuno energético a las 6 de la mañana.
Por la noche dimos la vuelta en el centro y cenamos en un
lugar de tacos. Yo me puse ridículamente feliz porque vendían licuados y
acompañaban los tacos con papas y nopales. Dormimos en el cuarto todos y con
las bicis adentro, nomás nos faltaba haberlas abrazado.
(Las fotos son de la banda del viaje: Seth, Alejandro, Roberto, Martin, Paco, Alicia)




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