Aquí las postales sobre la rodada de un grupo de locos que no se conocían, que se hicieron amigos durante una rodada de 6 días rumbo al Congreso de Ciclismo Urbano en Oaxaca. Esta es la historia de un recorrido de casi 500 kilómetros por la sierra en bici.
Día 1. Ángel de
Independencia, DF-Cuautla, Morelos
La cita era a las 8, y salí de la Del Valle un poco antes
con mi mochila de camello y un mapa hecho en una servilleta. Me perdí un poco
justo antes de llegar, pero logré llegar a tiempo. El Ángel estaba vacío. Solo
había un chico, reconocible a lo lejos por su bici con cinco alforjas y una de
esas chamarras fosforescentes; ahí estaba Rodrigo.
Ahí nos quedamos los dos un rato, hasta que una policía nos
indico que había un chico que debía estar esperándonos en el sitio opuesto. Apareció
después el otro chico, con su bici roja, cargando casa de campaña y demás, un
casco y paliacate con calaveras: era Alejandro.
Salimos nosotros tres y un chico que no tenía el tiempo para
hacer el viaje, pero que decidió acompañarnos hasta salir de la ciudad.
Tardamos horas antes de salir, y en eso le dio tiempo a Alejandro de regañarme
por traer mal la bolsa de refacciones, así como indicar el mal estado de los
rayos de mi llanta. En el camino a la caseta a Cuernavaca se nos unió Roberto,
con su flamante bici nueva y muchas ganas de rodar.
Mientras esperamos a otros tres que juraban que ya llegaban (y que más tarde y ya en confianza nos
confesarían que estaban crudos en una gasolinera) Roberto trato de reparar mis
rayos, terminando de descomponer el equilibrio que llegaban, por lo que tuve
que subir con la llanta culebreando a cada pedaleada. Por fin, llegaron los
hermanos Paco y Martín, y Norma, esposa de Martín y ciclista principiante que
lucharía durante tres días en el camino con nosotros.
Así iniciamos el primer día del viaje, subiendo hasta los
3100 msnm cerca de Tres Marías. Fue una subida larga pero tranquila. Roberto,
Alex y yo nos fuimos juntos casi todo el camino, los otros hicieron trampa y
terminaron tomando una patrulla de los Ángeles Verdes que los subió hasta Tres Marías.
Yo venía muy preocupada por encontrar un taller para
arreglar la llanta, mientras Roberto y Alex me iban compartiendo comida.
Alejandro llevaba un paquete de carne seca que yo creo que es interminable
porque nos duro todo el viaje, barras proteicas y gomitas. Roberto llevaba
chocolate oaxaqueño y yo me sentía estúpida por haber olvidado mi bolsita con
propóleo y semillas.
Nos reunimos en Tres Marías, donde ya nos estaban esperando
los que tomaron el aventón. Roberto no los vio y se paso de largo, esperándonos
durante horas en la desviación a Tepoztlán mientras nosotros nos calentábamos
con chocolate o café caliente en la parada de la gasolinera.
De ahí fue pura bajada. Yo no pude disfrutarla por el
imperfecto del rin que venia golpeando los frenos, que a su vez, golpeaban el
candado de la bici que me rebotaba en la pierna, como una horrible señal de
alarma. La bici venia haciendo un silbido agudo que me hacia sentir que la
llanta saldría volando en cualquier momento, así que iba lentísimo. Los demás también
perdieron tiempo por ponchaduras de llantas y demás.
Obviamente no pasó nada terrible y llegando a la desviación a
Tepoztlán encontramos a Roberto dormido en el pasto. Pedaleamos hasta llegar a
Tepoz donde afortunadamente encontramos el taller Platanito, donde por $25 el señor
curó a mi bici. Eso si, advirtiendo que el rin ya venia muy “huevoncito” y
habría que cambiarlo pronto.
Pero, si llega a Oaxaca, ¿no? Fue lo primero que
preguntamos, y sin más le dimos de nuevo hasta Yautepec con buen paso y en pura
bajada. Ahí se volvió complicado porque
las llantas de los hermanos se venían ponchando. Tuvimos que esperar hasta que
se hizo de noche y no hubo más remedio que subir a Martin y a su bici en un colectivo.
Los demás sufrimos los últimos kilómetros ya de noche, con
el cansancio en las piernas y en la espalda. La numeración estaba toda mal y
nos iba agotando mentalmente, siempre aplazando los kilómetros de llegada hasta
Cuautla. Cuautla 20 y quince minutos
después, de nuevo Cuautla 20, Cuautla 10, ¡Cuautla 15!, y así, infinitamente,
siempre un paso más lejos.
Por fin cruzamos un humilde letrero de llegada y
nos bajamos de la bici (para más tarde encontrar otro letrero de Cuautla a 1
km). Nos quedamos sentados en una banqueta, Alex y yo, callados y viendo al vacío.
Roberto había decidido combatir el cansancio pedaleando más rápido y se había
adelantado. Rodrigo se había quedado atrás y venia tronadísimo. Por fin nos encontramos todos en el jardincito
de una plaza, y nos hospedamos en el primer hotel que encontramos. Un cuarto para los ocho por solo $45 por
cabeza.
(Las fotos son de la banda del viaje; Seth, Roberto, Alexandro, Sandra, Alicia, Pako, Marc Bernon)



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