sábado, 30 de abril de 2011

Abrir los ojos.

Abrir los ojos un día y descubrir el mundo en solo dos dimensiones. Buscar tus brazos y tus piernas, y darte cuenta de que no están. Despertar y darte cuenta de que has despertado en hoja. Suponer que en algún momento del sueño tomaste el cruce equivocado y en vez de llegar al encuentro de tu cuerpo, terminaste en las costas de una hoja en blanco.

Despertar entonces una hoja blanca y tener que arreglártelas con eso. Tener que decidir cómo llenarla, como convertirla en algo. Y al principio, intentar escribir en ella, como si a través de las palabras pudieras esculpir una vida, un plan, un futuro.

Perderte pronto en el doble sentido de las palabras, clavarte en la textura y seguir siendo una hoja en blanco, medio garabateada. Medio vivir. Vivir en el medio. Vivir en el miedo. Vivir en el miedo de no tener ningún motivo, no encontrar las palabras apropiadas, los momentos precisos, los silencios deseables. Ser presa de las circunstancias, hoja al viento, piedra al aguar. Dejarse ir y venir. Desesperarse, asustarse y sin darte cuenta; doblarte.

De pronto ser consciente de tus actos y comprender que puedes moverte, y continuar doblándote. Primero torpe, pesadamente, hasta perder el miedo. Aprender a doblarte y desdoblarte. Sobretodo desdoblarte a ti misma. Ir abriendo los pliegues más profundos de tu ser. Hacer habitables los espacios hasta ahora inaccesibles. Y continuar desdoblándote de nuevo, una y otra y otra vez.

Hasta que agotar toda posibilidad de doblamiento. Entonces desdoblarte, una última vez, y descubrir que, -sin darte cuenta, sin proponértelo siquiera- has construido algo de la nada. Abrir los ojos y despertar en barco de papel. Construir un barco de papel, construir sueños y para ques, construir porqués. Ser un barco de papel y surcar el mar.

Navegar el mar, enfrentarte a la tempestad de altamar, a los fantasmas de la soledad, a las ilusiones del chapoteo de los rayos solares en el agua, a la nada, al todo. Y de pronto, sentir que el agua te rebasa, que desborda tus muros y empieza a recorrer todo en tu interior. Disolverte dulcemente y desdoblarte en un instante. Ser de nuevo tan solo una hoja abierta.

Una hoja abierta, demasiado abierta. Tal vez demasiado abierta y expuesta. Tan expuesta que lentamente empieza a hundirse y desintegrarse. Pasar a ser parte del agua. Sentir mucho miedo. Mucha calma. Cerrar los ojos y dejarte ir. Abrir los ojos. Otra vez. Siempre y contra todo pronóstico, otra vez. Abrir los ojos y saberte agua.

Ser agua, gotas. Cúmulos de gotas. Ser ola. Nacer entre el burbujeo de la espuma, e ir creciendo muy lenta, demasiado rápidamente. Convertirte en montaña. Una fugaz y transparente montaña azulada. Quebrarte alegremente. Aceptar ese destino. Aceptar el inevitable final de las cosas. Y no solo aceptarlo, buscarle, llegar a desearle. Solo por eso poder nacer de nuevo, entre otra espuma, en otra costa. Abrir los ojos un día, comprender que todos somos cuerpos que creían ser olas cuando en realidad eran mares. Ser mar.

Llevar una alegre vida nómada. Hasta que se acaba. Porque también eso se acaba. Y despertar un día, escupiendo agua en alguna costa lejana. Ser un naufrago. Abrir los ojos y encontrar que tienes cuerpo. Encontrar tu cuerpo saliendo del mar. Luchar contra las olas que tratan de disuadirte de salir, y caer rendido a tierra firme.

Abrir los ojos y descubrir que el mar era en realidad una cama, un par de sabanas. Abrir los ojos. Buscar los tuyos. Encontrar tus ojos y con un parpadeo decirte que llegue a casa. Buscar en tus ojos y leer que nunca me fui.

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