lunes, 4 de abril de 2011

El hombre imaginario

Quise contar una historia imaginaria, sobre un país imaginario, con personas imaginarias que vivían vidas imaginarias en inhóspitos rincones imaginarios. Cada uno, ocupado con sus propias preocupaciones imaginarias y anhelos imaginarios. Cada cual, pues, una isla imaginaria e inaccesible. Aunque eso sí, vale decirlo, no por eso, con consecuencias imaginarias.

Este era un país como cualquier otro país. Tan imaginario como el que más. Fundado por héroes imaginarios que tienen nombres de calles y estatuas –igualmente imaginarias- en el imaginario colectivo que se esfuerza en construir un futuro cada vez menos imaginario.

En este país imaginario, vivía un hombre imaginario, que creía vivir su vida imaginaria. El hombre imaginario tenía un trabajo imaginario sumamente complicado, lo cual le provocaba un montón de pendientes y tareas imaginarias que debía cumplir a lo largo del día. Por esa razón, rara vez, el hombre imaginario tenía el tiempo de disfrutar su vida imaginaria. Ya saben, tener amigos imaginarios con los cuales construir lazos imaginarios que luego la vida se encargaría de destruir hasta que dejaran de frecuentarse. O tener alguna compañera imaginaria, a la cual entregar su corazón imaginario, y con la cual inventarse en pequeño teatro imaginario, en el que al final del día, y como suele suceder con los amores imaginarios, alguien decidiera renunciar a esa relación imaginaria y le rompiera el corazón imaginario al otro personaje imaginario de tan ridícula tragedia imaginaria.

Porque así son las cosas. Imaginarias. Horrible y dolorosamente imaginarias. Aunque repito, no por eso menos dolorosas. Y vale, nuestro hombrecito imaginario llevaba la más triste de todas las vidas imaginarias. Entregado a un trabajo imaginario –pero por lo demás, absolutamente innecesario- se gastaba cada segundo de su vida imaginaria en tareas ridículamente innecesarias. Nuestro hombrecito imaginario se encontraba desconectado por completo de cualquier indicio de placer, aunque fuese imaginario.

Si, el hombrecito imaginario tenía una vida solitaria y gris. El hombrecito imaginario no le importa a nadie. A nadie. Y lo sabe. Pero también hay días en que sabe que a él tampoco le importa nada, ni nadie. Imaginario o no. Imaginariamente o no.

Hay días en que le importa que no le importe. En esos días –días impares, siempre impares, sabrá dios porque- el hombrecito imaginario se come las uñas imaginarias de sus sucias e imaginarias manos. Luego pasa una cantidad considerable de su tiempo imaginario contemplando fijamente sus manos imaginarias. Extiende sus manos imaginarias ante él y las examina con dureza. Es como si les exigiera alguna respuesta. Como si se intentara convencer de que alguna de las manos pertenece a alguien más. De que no esta tan solo.

Pero lo está.

Por tanto nunca logra convencerse a sí mismo. En vez termina ebrio en algún bar imaginario, importunando a alguna chica imaginaria con sus penas y dolores patéticamente imaginarios.

Por suerte, no todos los días –ni siquiera los imaginarios- pueden ser impares. Hay días pares. Hay días en los que juega a contarse una vida imaginaria paralela, en la que no es Nadie. En la que es Alguien.

Hay días pares. Los buenos días pares. En los que el hombrecito imaginario le gusta jugar a contarse historias, y le gusta jugar a que esta no es su vida. Que va. Si el hombrecito imaginario –se dice a sí mismo- tiene una vida alterna –imaginaria- . Tiene un hogar. Una casita azul con portón de madera amarillo. Con chapa muy vieja, que necesita de largas y pesadas llaves de metal que siempre extravía. Si, una casita azul en la que vive con su amante. Y su amante y el juegan a sentarse en los parques a observar a la gente. Juegan a ponerle historias a los rostros desconocidos, como otros juegan a ponerle la cola al burro. Juegan a robar objetos en opulentas tiendas comerciales y a regalárselos entre ellos. Juegan a dejarse mensajes secretos entre los rincones de la casa, entre las páginas de viejos libros –robados por supuesto-. Juegan. Su amante y el juegan a que son seres de otras galaxias y juegan a que pasan –deben pasar- los domingos desnudos en la tina del baño. Juegan. Y su amante y el son muy felices.

O lo eran. Porque su amante imaginario se encuentra de viaje. De viaje imaginario. Y aun así, su ausencia es real. Se palpa. Por eso ahora él, el hombrecito imaginario, vive solo en una casa gris y sin tina, sin libros, sin regalos innecesarios. Sin amores. Sin pena ni gloria.

Pero como iba diciendo…

Esta historia imaginaria, inicia en un día impar. Por supuesto.

Era uno de esos días grises. Imaginarios, pero grises. El trabajo imaginario se apilaba amenazando con tocar el cielo, como la torre de babel. Y los errores se sucedían en cascada, inundándolo todo y dificultando el trabajo de forma perversa.

Aun así, el hombrecito imaginario decidió darse un pequeño hueso y tomar un descanso. Después de todo, pensó, había sido muy bueno el día de hoy. Así que lo hizo, se dio el descanso y tomó un paseo por el parque imaginario de esa ciudad imaginaria en la que creía vivir una vida imaginaria.

Fue uno de esos paseos lastimeros, donde la gente feliz y en parejas o en grupos, te restriega a la cara eso que sabes que nunca tendrás. O que tuviste pero dejaste escapar. Calles y calles, besos y besos. Ausencias. El hombre imaginario se deslizaba entre ellos, ajeno e invisible. Y nadie en toda la ciudad -toda una ciudad- era capaz de entender o por lo menos percibir, como el hombre imaginario se desintegraba por dentro a cada uno de sus pasos.

Cada paso.

Cada paso. Un paso y otro. Otro y otro más. Hasta que los pasos, imaginarios, pero decididos, se encargaron de guiar al hombre imaginario a un sucio bar imaginario. Ahí el hombre imaginario bebió y bebió su vacio en litros de alcohol. Intentando llenarse de algo. Un trago tras otro, intentando diluir su triste tristeza imaginaria.

Pronto, los ojos imaginarios adquirieron un tono vidrioso que delataba su embriaguez. La misma embriaguez que no necesitaba delator alguno, ya que decidió apoderarse de la lengua del hombrecito imaginario.

Una voz imaginaria empezó a brotar sin detenerse. -Al parecer los hombres imaginarios tienden a ponerse presuntuosos y pesados cuando tienen estos rituales etílicos- Su voz imaginaria cayo torpemente en la chica imaginaria encargada de servir tragos imaginarios para los borrachos que curan sus penas imaginarias entre placeres líquidos los lunes por las mañanas.

Dame un beso, dijo sencillamente la voz imaginaria. La chica, aunque imaginaria no era nada estúpida, y por supuesto se negó. Pero la voz no se inmuto. Dame un beso, ordeno de nuevo la voz. Otra negativa. Ni hablar. El hombre imaginario se vengo inconscientemente soltando la triste historia de su vida imaginaria, entremezclando fragmentos de cosas que había vivido, soñado, deseado o que había leído que le pasaban a otras personas al parecer menos imaginarias.

Dame un beso. Esta vez había un dejo de suplica en la voz imaginaria de los ojos cada vez mas vidriosos. La voz imaginaria se ayudo del resto del cuerpo del hombre imaginario, y puso la mano de la chica imaginaria en su pecho imaginario.

Mira que a final de cuentas, yo soy una persona, como otras tantas personas. Sí, pero solo yo estoy aquí pidiéndote que me toques y que me sientas. Date cuenta. Siénteme y date cuenta de que soy real.

Siénteme. Hazme real. INVENTAME otra vez.

Yo… yo nunca he amado a nadie. Pero yo sé… yo sé, que nadie podría amar tanto como yo. Y tú, que no me conoces, no lo sabes. Ni te importa. –El hombrecillo imaginario se quedo sin aliento-

Vamos, ámame. Por favor, ámame! Yo… yo te daré todo. TODO. Tu, tu solo tienes que darme algo, algo, lo que sea. Me dirás que me amas de vez en cuando, besaras mi frente, desayunarás conmigo, algo así, lo que sea. Puede ser lo que sea.

El hombre imaginario suplicaba a la chica imaginaria. Suplicaba como si se le fuera la vida en ello, pero a la vez, hablaba como si se tratara de una transacción, o de una decima mas en el examen de geometría que nunca podía pasar. Sabía que se jugaba todo. Lo sabía, porque había perdido toda esperanza de un futuro; de cualquier esperanza, por imaginaria que fuese.

Siénteme- Ordeno la voz imaginaria, presionando la mano de la chica imaginaria contra su pecho imaginario. Tócame, soy bueno, ¿no lo sientes?

¿Se supone que debo sentirlo solo porque pones mi mano en tu pecho? Pregunto fríamente la voz de la chica imaginaria. El hombre imaginario se estremeció. Cuando hablo, la voz imaginaria era un derroche de tristeza. Se supone que debes sentirlo porque te lo estoy diciendo, porque te estoy pidiendo un favor. Yo sé, se… que no se puede forzar a alguien a amar, no soy estúpido, lo sé. Pero estoy aquí, pidiéndote que me des una razón. Porque estoy tan viejo, y estoy tan solo, porque necesito ayuda. Porque me doy miedo, porque me considero peligroso. Y estoy solo. No me dejes solo aquí conmigo. No ves que …

La chica imaginaria no sabía hacer más que mirar al hombre imaginario. La chica imaginaria, otra alma solitaria habría querido amar al hombre imaginario sentado frente a ella. Y en su lugar, solo pudo retirar la mano del pecho imaginario, súbitamente, como si le quemara; o como si le lastimara con un cuchillo. Porque en verdad le lastimaba no poder amar a ese hombre y hacer que todas las cosas que no pasaban, pasaran. Pero no podía. No podía hacer más que mirarlo con una mirada que era un reproche y un lo siento. Los dos seres imaginarios se contemplaron un momento, en esa alberca de reproches y de lo siento, hasta que fue insoportable.

Así que el hombre imaginario arrastro su cuerpo imaginario de vuelta a casa, ese lugar imaginario en alguna calle imaginaria. Subió las escaleras imaginarias, abrió la puerta, tiro sus cosas, camino sin pensarlo, hacia al baño. El hombre imaginario se vio en el espejo. El reflejo imaginario le devolvía un signo de interrogación. El hombre imaginario sabía que no era de ninguna parte, no pertenecía a ningún lugar, ni iba a ningún lado. El hombre imaginario cerró los ojos muy fuerte y derramo un par de lágrimas imaginarias. Gordas y escasas, como si ni siquiera eso pudiera ser real.

El hombre imaginario se quedo frente al espejo y toco su tórax como si tocara una puerta. Dos toques. ¿Hola, hay alguien ahí? ¿Hola? No hubo respuesta.

Tomo aliento, hurgo entre los cajones y saco un objeto metálico. El hombre imaginario se puso la pistola bajo la mandíbula. Y su imaginaria yugular sintió el frio del metal insinuarse a su lado. Pero poco, solo un momento, solo un latido justo antes de que el hombre imaginario apretara el gatillo. Luego todo pasó muy rápido.

Oyó el eco de la bala al salir. Se detuvo el corazón y de pronto sintió algo caliente escurrir entre su garganta. No, en realidad no escucho el disparo, lo imagino. Solo escucho algo como un grito contenido dentro de él, como si el corazón imaginario se hubiera detenido por un momento. Ya después sintió su sangre imaginaria caer sobre su pecho. Ya después le pareció que la sangre no era tanta como debería. Sí, creo que ese pensamiento empezaba a salir de su mente cuando todo se volvió oscuridad.

Oscuridad.

El hombre imaginario cayó en la oscuridad imaginaria. Quien sabe que paso, pero el hombre imaginario despertó. Antes de abrir los ojos sintió como su cuerpo se dolía en cada célula. Sintió que la cabeza le iba a estallar, como cuando se ejerce demasiada presión sobre una tabla de madera y ésta se empieza a astillar, formando filigranas. Solo que el trozo de madera resultaba ser su cráneo. Sintió el estomago revuelto y pesado. Sintió comezón en la garganta, que se expandía por todo el cuerpo como unas cosquillas que no se pudieran detener. Sintió la boca seca y pastosa, con un ligero sabor a metal.

Cautelosamente abrió los ojos. La luz lo cegó y le produjo arcadas en la cabeza. Después pudo distinguir que estaba en su cuarto. Pudo ver a alguien parado observando desde la ventana. Supo que era una mujer. No cualquier mujer. La mujer que siempre había amado. La mujer de los días pares.

La mujer notaba que había despertado y sonreía, como un mar que se insinúa a lo lejos y que termina bañando los dedos de los pies. El hombre imaginario ya no era imaginario. El hombre se ahoga ahí, en esa sonrisa de mar. Sintió una alegría inmensa, y se dejo ir.

Cerró los ojos, felizmente agotado. Y al cerrar los ojos le golpeo el vago presentimiento de haber equivocado su vida, su única vida.

Abrió los ojos, y fue como si alguien hubiera apretado el botón para acelerar el tiempo. Sintió como si alguien hubiera abierto una llave en su cuerpo y toda la sangre se movilizara en una misma dirección. Notaba la sangre fluir formando remolinos en su cuerpo. Notaba la sangre formando un charco carmesí en el suelo. Un charco como una bahía, el cuerpo, la sangre y el suelo.

El hombre imaginario, que en realidad, nunca fue imaginario murió. Murió en el segundo en el que empezó a vivir. Y es que es cierto; si te disparan sangras. Y a veces, es necesario disparar, porque vivir mata. ¿O no?

O no, tal vez el hombrecito imaginario sintió todo el dolor que ya se dijo, y abrió los ojos. Pero tal vez no vio a ninguna mujer de los días pares frente a la ventana sonriendo. Tal vez no se ahogo en su sonrisa como mar. Tal vez la que se ahogo fue ella, y el estaba ahí, en un cuarto blanco, de un edificio municipal. Contemplando su cuerpo blanquecino que hoy se disfrazaba de azulado. Tal vez la abrazaba, y lo que le dolía era en realidad, su piel aun humedad y fría aplastarse contra su cuerpo una última vez. Tal vez lo que le dolía era saber que no habría ningún otro abrazo, si es que alguna vez lo hubo, si es que esto podía contarse como tal. Tal vez resbalaban cientos de lágrimas por su mejilla y por su garganta. Tal vez dolía tanto que tuvo que cerrar los ojos. Tal vez dolía tanto que el hombrecito imaginario se hizo real.

Tal vez todo este tiempo, el hombrecito había estado muerto. O no, tal vez solo estaba muriendo, y a fuerza de querer morir todas sus acciones lo fueron empujando lentamente a la muerte verdadera. Tal vez el hombrecito resucito al ver a la mujer de los días impares. Sí, porque el hombre revivió al ver a la mujer muerta. Al explicarse a sí que era verdad, que estaba muerta. El hombre resucita al explicar la muerte de otra persona. Se da cuenta de que en realidad no está muerto, que nunca lo estuvo. Gran culminación. El hombre no está muerto, pero ha visto la muerte y por lo tanto “resucita”.

En eso, el hombre abre los ojos y se encuentra una vez más en el baño, frente al espejo. En sus oídos guarda aun el recuerdo de la bala al salir. Lo invade el terror al pensar que por fin lo ha hecho, se ha matado. Justo ahora, que ironía. Abre los ojos asustado. Y lo que ve es diez pares de ojos devolviéndole una mirada abierta y grande, como boca de lobo. Comprende que ha disparado, pero ha disparado al espejo. El hombre imaginario ha muerto asesinado. Ahora de verdad inicia todo.

O no.


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