martes, 2 de agosto de 2011

Viaje a través de un territorio devastado



Voy inventar una historia que no es inventada, y que escribo para darle sentido a todo lo sucedido en un viaje a través de una cicatriz que es una herida aun abierta, una herida de guerra que parte en dos a nuestro país. Voy a inventar una historia que de tan cotidiana ha dejado de ser contada, voy a inventar una historia que no es inventada para poder nombrar el horror. Hoy voy a nombrar el horror de aquellos que vivieron el horror y hoy ya no están más que en los testimonios de sus seres queridos.

Diré entonces que todo empezó con un camión. Para mí, todo inicio con la decisión precipitada y necesaria de subirme al camión 9, y llegar a Juárez con la caravana por la paz con justicia y dignidad. Es cierto que existían muchos motivos para subirme a ese camión, pero también es cierto decir que el verdadero motor fue una pregunta, una necesidad de entender; ¿puede un país que desde hace mucho tiempo ha perdido todo lo necesario para funcionar como tal, y que tiene mil presiones externas e internas para no hacerlo; levantarse, organizarse y reconstruirse a sí mismo?

Verán, puede parecer una pregunta ociosa, pero yo tenía que saber, tenía que ver, tenía que vivirlo. Y así, con la pura intuición y conmigo misma como único equipaje me subí al camión nueve para recorrer lo que algunos han llamado la ruta del horror y que otros hemos preferido llamar, la caravana del consuelo.

Recorrimos San Luis, Zacatecas, Durango, Saltillo, Torreón, Monterrey, Chihuahua y finalmente llegamos al epicentro de todo; Juárez. En cada lugar hubo marchas y hubo mítines, en cada lugar hubo testimonios de gente, cada cual si acaso más terrible que el anterior. Y escuchamos a madres llorar, maldecir, y rogar, con aullidos dolorosos que rompían el corazón de cualquiera. Escuchamos a padres leer poemas a sus hijos. Escuchamos a hijos narrar las muertes de sus padres. Escuchamos a familiares de militares y criminales contar sus historias. Escuchamos a policías renunciar a sus instituciones.

Y a cada día sentíamos que se nos iba apachurrando el corazón, que se nos rompía un pedacito de nosotros mismos. Sentíamos que su pena, la pena de todos esos desconocidos era nuestra, y que sus muertos también eran los nuestros. Hicimos su llanto el nuestro; viajábamos ya con una tormenta detrás de las pupilas. Y aun así, había algo en escuchar a todas esas personas, que entre el miedo y las lágrimas se abrían paso para nombrar el horror, y con la palabra tratar de recuperar a sus muertos que ya eran los nuestros también. Había algo en verlos romperse frente a nosotros y rompernos nosotros mismos con sus historias, y aun así, verlos continuar. Había algo en eso que nos infundía un bizarro calor, un inexplicable valor; un consuelo más allá de cualquier palabra. Y a la vez, había algo en nosotros para ellos, en que estuviéramos ahí, dándoles el tiempo y el espacio que se les había negado de forma ya casi sistemática. Mucho estaba en el simple hecho de escucharlos, pero también en tomar su dolor como el nuestro, sus muertos como los muertos de todos. En darles aliento cuando se les perdía la voz a la mitad de la oración. Algo había entre nosotros, que de pronto, una plaza entera coreaba con ellos; que de pronto, desde las entrañas de una plaza, todas las gargantas gritaban un “no están solos”, “no estamos solos” que vibraba y nos estremecía a todos. Porque aunque fuese por un momento, no lo estaban, no lo estábamos.

Imagínense eso; cientos de desconocidos en un dialogo urgente con el horror y el dolor. Imagínense eso; darle voz a todos aquellos que a manera de política nacional habían sido omitidos, ninguneados y despreciados. ¡Imaginen eso, carajo!. Un país entero compartiendo sus dolores, un país entero escuchando los dolores del otro, de alguien que no conoce, y aun así, tomándolos como suyos. Imaginen eso, un grupo de desconocidos sometiéndose a una especie de terapia colectiva nacional. Un grupo de gente de diferentes partes, con diferentes historias de vida, diferentes ideologías, diferentes intereses, dialogando, intentando escucharse por primera vez. Un grupo de gente, un país, tratando de ser un país; tratando de entender que chingados significa ser un país; ser México. Y tratando también de construir un futuro desde el presente.


Y es que, ¿Qué otra cosa podríamos hacer?

Cruzamos la mitad del país, visitando algunos de los lugares más violentos del país (los verdaderamente más violentos esos no, porque son inaccesibles) Escuchamos algunos testimonios, hicimos marchas, alzamos la voz, tuvimos algunos actos simbólicos como el cierre de la minera San Xavier en San Luis o la toma de la PGR en Monterrey, pero ¿Qué podíamos hacer realmente por la gente? ¿Qué hacer si no podíamos entregarles la justicia? ¿Qué podíamos hacer mientras presionábamos a las autoridades por encontrar a los desaparecidos? ¿Qué podíamos hacer si no podíamos devolverles a sus muertos? ¿Qué podíamos hacer además de escuchar?

No era mucho, tal vez. Pero no podíamos hacer más. ¿Qué se hace? ¿Qué hacer cuando un grupo de chicos en Saltillo te cuentan como la policía se dedica a golpearlos y matarlos por diversión un día sí y otro no? ¿Qué hacer cuando se te acerca una mujer aterrada a confesarte que hoy ha sido amenazada de muerte por luchar por la justicia en su ciudad? ¿Qué hacer cuando la gente sale a las carreteras a pesar del miedo, con alegría y esperanza a regalarnos comida porque cree en esto? ¿Qué hacer cuando una ciudad donde el miedo reina espera en las calles hasta la madrugada para recibirnos con mariachi y burritos? ¿Qué hacer cuando los chicos de la secundaria te dicen que no tienen miedo porque saben que de cualquier forma los van a matar? ¿Qué hacer cuando un niño de cinco años te cuenta como mataron a su papa frente a sus ojos? ¿Qué hacer cuando la gente te dice que en su pueblo no se puede hacer nada porque al que habla, al que se mueve, al que respira “más de la cuenta” lo matan? ¿Qué hacer cuando te enteras de que en la sierra de Durango hoy en día queman pueblos enteros por negarse a colaborar con el narco? ¿Qué hacer cuando una ciudad entera te dice: aquí no se vive, se sobrevive? ¿Qué hacer cuando un vendedor de esquites te dice que la policía es lo mismo que el narco y si se va el ejército están perdidos? ¿Qué hacer cuando los militares te cuentan que en el ejercito están los grandes jefes delincuentes y si no cooperan los matan?

Díganme, ¿QUÉ CHINGADOS SE HACE? ¿Qué puedes hacer tú, como estudiante, como maestro, como doctor, como simple ser humano? ¿Qué se puede hacer con tanto miedo? ¿Con tanto dolor? ¿Con tanta rabia? ¿Cómo se construye un futuro diferente?

Cruzamos la mitad del país, vimos el horror, escuchamos a las personas tratando de nombrar el horror. Nos quedamos con el corazón a flor de piel. Nos desabrochamos la piel de la espalda y permanecimos desnudos entre el horror de la violencia, el horror de la indiferencia, y el de la corrupción. Permanecimos desnudos con esa tormenta viajando con nosotros detrás de nuestras pupilas. Cruzamos la mitad del país, escuchamos testimonios, vimos los rostros de los que hasta ahora eran simples daños colaterales, nos rompimos el corazón y perdimos la fe en los seres humanos; perdimos la fe en este puto mundo.

Y sin embargo…

De alguna forma vale decir que escuchar no es tan poca cosa; que como dice Lenkensdorf, escuchar es acercarse al otro, tratar de tender puentes, emparejarse, entender las palabras en el contexto del que las está hablando. Escuchar no es nada, escuchar es mucho. Porque aunque escuchar este muy desvalorizado, escuchar completa el circuito de la comunicación con el cual la palabra hablada toma un significado. Es a través del escuchar que se produce el dialogo, y a través del dialogo se construye la comunidad.

Al país lo desoló la guerra. Esta guerra, la guerra de los mal llamados “daños colaterales” acabo con la vida de casi cincuenta mil personas, destruyo familias enteras, pero aun más; ha desgarrado pueblos, ciudades, estados enteros. El sin sentido de esta guerra asesino a casi 50000 personas, mientras 25 000 más fueron desaparecidas en una carnicería grotesca de vidas humanas. En medio de este horror se nos extravío la palabra. Y al perderla hemos perdido también una de nuestras mayores defensas. Nos quedamos desnudos ante esta masacre. Por eso, vale decir que poder recuperar la palabra y poder nombrar los testimonios como se hizo durante toda la caravana, no fue poco. Vale la pena decir que nombrar las heridas fue un acto desesperado por tratar de que el horror no tuviera la última palabra. Pero aun más, nombramos y escuchamos estas heridas y eso nos hizo más fuertes. Porque la palabra nos hace más humanos, y al recuperar las palabras tratábamos de recuperar la humanidad de la que fuimos despojados con tanta muerte y tanto odio.

Había que nombrar, para que el horror, el horror del error, el error del horror que ha sido esta guerra no tuviera la última palabra. Y así nombrando, tendimos puentes, como si la palabra pudiera ser el hilo que suturara la herida abierta de este territorio devastado por una guerra que no pedimos. Había que nombrar, había que escuchar, porque es así como se construye la comunidad. Es así como se logra vivir lo no vivido, y que el dolor del otro sea el dolor nuestro, pero también, para que la fuerza del otro sea nuestra misma fuerza, para que no estemos tan solos. Y así hablando y escuchando fuimos construyendo comunidad, fuimos creando redes.

Pudimos escuchar de cómo incluso entre el miedo y el horror, la gente se organiza, la gente lucha. Pudimos ver a las madres de familia de una secundaria comunitaria en Durango, cantar consignas mientras preparaban la cena a las dos de la mañana para recibirnos en la caravana. Pudimos sentir la alegría y el impulso de toda esa comunidad que, harta del pésimo sistema educativo oficial y harta exigir un cambio, decidió hacer la mejor de las revoluciones y ser el cambio mismo a partir de la construcción de una escuela alterna a la que acudían los jóvenes por la tarde. Pudimos escuchar a los comuneros de Cherán hablarnos sobre como la comunidad se organizo en brigadas para poder asegurar la vigilancia de sus bosques. Pudimos ver como la gente dejaba de lado el miedo, aunque fuese solo un día, para salir a las calles, a la mitad de las carreteras, a las plazas, y nombrar el horror para que este no tuviera la última palabra. Pudimos caminar en las calles de ciudades en las que ya nadie camina de noche para recordarnos a todos que las calles son de todos, que las calles donde nos mataron a nuestros muertos también eran nuestras, que algo no está bien, que no está nada bien, y que encerrándonos en nuestra casa a tener miedo las cosas no van a cambiar. Pudimos caminar en las calles de madrugada, con un payaso, niños y ciclistas abriéndonos el camino entre el miedo. Pudimos bailar afuera de la PGR en Monterrey, y recordarles a los familiares de la victima que aun en medio del horror y el salvajismo de la guerra, queda un poco de alegría. Pudimos recordarle a la gente de Juárez que se siente pasar una noche en medio de una plaza, escuchando música sin que una bala perdida ataque a nadie. Pudimos sentarnos a platicar con gente de diferentes lugares del país sobre los puntos del Pacto y juntos, discutir cuales serian las mejores formas de cambiar la situación. Pudimos jugar a construir un futuro diferente desde el presente, y seguimos jugando.

La verdad es que viajamos. Cruzamos el país. Escuchamos historias. Nombramos heridas. Y de alguna forma todas esas cosas, todo este viaje fue como realizar una cartografía de una herida de guerra, fue viajar a través de un territorio devastado y poder observar como las fronteras entre el horror y la esperanza iban constantemente redefiniéndose, como los significados de cada evento aislado, de cada concepto de lo que es México, de lo que es la comunidad y de lo que es la vida, iban mudando de piel. Un viaje en el cual las realidades iba desdoblándose a si mismo, como si se tratase de una hoja, de forma que de la nada, aparecían lugares y personajes, contextos que uno nunca había imaginado pero que en realidad siempre estuvieron ahí, escondidos entre algún doblez, alguna bisagra de esta hoja de papel-mundo. Y a medida que se desdoblaba este espacio que nos había sido hasta ahora inaccesible, de alguna forma todos nos íbamos desdoblando a nosotros mismos también; descubriendo cosas que no sabíamos que teníamos dentro, que nunca habían salido a flote. Fue algo así, un despliegue de realidades, ideas y emociones que aun no terminan de abrirse y de desdoblarse, que constantemente se redefinen a si mismas, porque cada una trae consigo un despliegue de preguntas y respuestas que no se logra terminar de asimilar. Una experiencia vital. Un despertar. Horror y esperanza. Miedo y alegría. La vida misma, un viaje origamico por una herida de guerra.

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