(O la triste realidad de despertar a media tarde en la sala de computo)
A veces nos despertamos con la vaga noción de que se nos escapa algo. Nos desperezamos a la triste perspectiva de un territorio devastado. Y abrimos la boca –esa herida tan grande- por donde nos supura la rabia, y nos desbordamos como un rio.
Tenemos muchas heridas –miles- y las atesoramos bajo el marco de pequeñas cicatrices. Las cargamos con honor, porque nos cuentan una historia, nos dicen quienes somos. Pero la boca no. La boca es diferente. Es una herida tan grande, tan dolida que parece que nos devorará por completo. Es una herida tan inmensa, tan profunda que podría matarnos.
Por eso a las bocas se les trata con respeto, se les habla suavemente, y con la piel. Se les besa diariamente, para que no mueran de soledad, de rabia. Y al amanecer, cuando la herida se nos abre y se revuelca intranquila sobre la telaraña del sueño, buscando algo que se le escapa; nosotros nos acercamos sigilosamente y con un beso vamos encauzando nuestras ausencias, vamos transformándonos en presencias. Nos recordamos que un abrazo es una casa, y nos dejamos envolver por esa molesta y adictiva sensación de calidez. Nos dejamos arrullar dentro de ese abrazo.
A veces nuestros sueños se enlazan como se enlazan nuestros cuerpos y nuestras bocas heridas mientras dormimos. A veces, entre sueños recordamos cuanto nos amamos, y nos lo contamos a ronquidos. Luego el amanecer, luego las alarmas, luego la niebla aún entre los ojos. Luego el horror, el instante del choque en el que se separan los cuerpos Y entonces la vaga sensación de algo que se nos escapa. Entonces la soledad en formatos cuadrangulares, entonces la triste perspectiva de desperezarse a un territorio devastado por nuestra larga ausencia.
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