miércoles, 4 de mayo de 2011

Yo soy el rincón

Soy una ciudad que nadie habita. Las calles de mi cuerpo nadie las recorre. Nadie escribe mensajes en mis muros, ni se besa jamás en el umbral de mis farolas. Nadie llama nunca a mis puertas, ni nadie pronuncia jamás mi nombre. Nadie deletrea mi destino. Mis jardines nadie los cuida. Mi milpa y mi tierra nadie la siembra. Mis caminos nadie los desanda. Mis bosques nadie los explora. Mis ríos nadie los navega. Mis aguas nadie las bebe. Y se me marchita la esperanza, se me descomponen los llamados, mientras se me fermentan los mañanas en la punta de los besos. Se me secan las ganas. Todo en mi se muere. Algo en mi nace. Es algo salvaje. Algo herido y oscuro. Algo indomable.

Soy una ciudad que nadie había. Nadie. Se fueron uno a uno, o en montones, se fueron huyendo, o mirando atrás, se fueron porque querían, porque ya no podían quedarse, porque tenían que irse, porque los fueron. Pero todos se fueron. Y no siempre fue así. No se crea. No siempre mi cuerpo fue una triste ciudad fantasma. Antes hubo aquí mucha vida, mucha gente.

Y no eran pobres, pero no tenían más que su esperanza. Por eso cuando clausuraron la mina de mañanas y la embotelladora de promesas, uno a uno se fueron marchando. Era de esperarse, les arrebataron su esperanza sin más, y después de eso todo fue de mal en peor. Desde entonces nada es igual. Desde entonces los que antes recorrieron mi espalda, quienes escalaron por mis muslos, resbalaron por mis pechos; no vienen más.

Soy una ciudad que nadie habita, y sueña que se hace un día habitable. Pienso. Pienso muchas cosas mientras espero que alguien venga. Pienso en como los desagües son los intestinos de las casas, pienso en como las casas son los lunares de las ciudades. Pienso en como las ciudades son amantes que recorremos y mientras recorremos vamos leyendo; intentando reconocernos a nosotros mismos en tantas largas noches de insomnio escuchando el goteo de los desagües.

Sueño. Sueño que alguien viene. Que escucho mi nombre traído a gritos por el viento. Sueño que un abrazo me envuelve. Sueño que un abrazo es una casa. Corrijo, un abrazo es un hogar, un par de paredes, piedras, que se apretujan y se arropan bajo el abrazo del calor humano. Soy una ciudad que nadie habita, pero que entre sueños y a ratitos se hace habitable.

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