Bartolo siempre estuvo solo, o tal vez siempre estuvo acompañado, según se mire. Bartolo no tenía casa; siempre estuvo en ella, la llevaba consigo. Bartolo no hablaba con nadie, no vio nunca nada. Bartolo leía el universo de una forma totalmente diferente. Bartolo vivía en las calles, siempre vivió ahí. Su madre lo abandonó siendo un niño. Bartolo además de ser huérfano, es sordo y ciego, y como nadie se preocupó jamás en enseñarle a hablar también es mudo. Bartolo es el loco del pueblo, excepto que no está loco, solo ha estado demasiado solo.
Así creció y así aprendió a vivir. Aprendió a leer la ciudad a través de la piel y el tacto. Todo lo percibió únicamente con ese sentido, así que aprendió a leer lo que le decían las paredes, las banquetas, el viento, los postes. Aprendió a escuchar lo que le decían sus poros al abrirse ante el estimulo de los elementos del ambiente.
Nadie más sabe aprehender el mundo a través de sus poros, por eso Bartolo está solo. Está solo en una realidad alterna que es como una isla inaccesible de la cual nadie puede encontrar entrada ni salida alguna. Bartolo tiene una soledad que le entra y le sale por los poros. Una soledad omnipresente que es casi como una muerte. Bartolo está tan solo que pal caso, bien podría estar muerto.
Se trata de una muerte doble. Una muerte falsa que es como estar vivo por dentro y muerto hacia afuera. Su vida es como una prisión, un coma. Una muerte que solo es real al exterior, y que es falsa, porque por dentro Bartolo está vivo. Pero eso nadie más lo sabe. No pueden saberlo.
Por eso Bartolo se hizo amigo de los arboles. Le gusta abrazarlos y acariciar sus ramas con la yema de sus dedos. Le gusta escuchar sus respuestas recorriendo los troncos con la mejilla. Si, Bartolo habla con los arboles, se platican historias del viento y del frio, y los abraza a todos, absolutamente a todos. Luego los suelta y se sienta a sus pies. Puede pasar horas sintiendo los cabellos del pasto ondularse con el viento. También le gusta imaginar las ramas de los arboles con sus hojas girando sobre él. Incluso puede sentir las hojas de los arboles moviéndose sobre de él, a través de las diferentes temperaturas que proyectan las hojas según sea el golpe del sol sobre de ellas.
Bartolo vive en un mundo de texturas y temperaturas: liso, rugoso, rayado, suave, sedoso, granulado, amorfo, picudo, filoso, caliente, helado, tibio, frio y tantos otros intermedios para los cuales la mayoría de las personas no tienen palabras. Bartolo ama la vida con las unas y los dientes, desde las entrañas de algo invisible, inaudible e innombrable. Bartolo ama la vida como nadie, pero la vida es demasiado puta para amar a Bartolo.
La vida es muy puta con Bartolo, y le paga con niños que le ponen obstáculos en su camino para que se tropiece, y con señoras que lo insultan y lo humillan cada vez que pueden, con jóvenes que practican al box con el cuerpo de Bartolo como saco, con señores que le roban la comida que logra conseguir. Pero aun más, con una ciudad que ha crecido tanto y de forma tan inhumana, que un día derribo todos los arboles de las calles, dejando a Bartolo absolutamente solo.
Bartolo trato de seguir adelante, comenzó a abrazar a los postes de luz en un esfuerzo muy grande por amoldarse a las nuevas condiciones. Pero los postes son fríos y no platican. Los postes lo astillan y a veces le dan toques. Sin embargo, las cosas siguieron empeorando cada vez más. Los hombres del lugar fueron llenándose de un odio inmenso, y después de acabar con toda la vida de plantas, ríos, y montañas, empezaron a atacarse unos a otros, en una carnicería absolutamente inútil.
Un día todo exploto. Bartolo dormía cuando el temblor de la tierra lo despertó. Bartolo no podía escuchar nada, pero sabía que algo grande pasaba. Era una guerra diferente a cualquier otra guerra. Todo se estremecía, retumbaba y gruñía desde el interior del suelo. Todo se movía de un lado a otro. Pedazos de ciudad caían al suelo desde lo alto. Se sentía el viento y al mismo tiempo, el calor del fuego expandiéndose en diferentes direcciones. Se trataba de algo diferente, absolutamente diferente. Ya no se trataba simplemente de una guerra de un grupo de personas contra otro grupo de personas.
Esa noche algo paso, algo más grande que todos los presentes. Hartos del ambiente y del maltrato que se había esparcido por toda la ciudad, los edificios despertaron y decidieron poner a los hombres en su lugar. Inmensos edificios se estremecieron y se agitaron de un lado a otro tratado de aplastar a los hombres que día con día los humillaban y los torturaban tratándoles como viles contenedores, materia muerta.
Bartolo no podía entender nada, pero sabía que tenía que salir corriendo de ese lugar inmediatamente. Sin embargo, no era tan fácil. Las calles estaban llenos de escombros y había balas y explosiones a lo largo de toda la ciudad. Hombres y edificios corrían de un lado a otro, tratando de acabar unos con otros, y acabando con todo a su paso.
Bartolo trato de huir a gatas, y paso a paso, palmo a palmo se iba haciendo daño. Hasta que no pudo mas, había quedado atrapado por una valla de inmensos edificios que se tambaleaban a su alrededor. Los edificios golpeaban el suelo con sus gordísimas piernas y se agitaban de un lado a otro, con un ritmo de combate. De pronto, uno de ellos tomo a Bartolo como si fuese una ramita de pasto y lo levanto por los aires, en medio de aquella danza salvaje. Bartolo pensó que sería su final.
Pero no paso nada. Nada malo al menos. Los edificios tambaleantes siguieron bailando un rato más con Bartolo entre sus brazos y después lo colocaron de nuevo en el piso. Se echaron a andar y obligaron a Bartolo a caminar con ellos en medio de una larguísima e insólita procesión de largos edificios haciendo retumbar la tierra a su paso.
Caminaron durante días y noches enteras. Hasta los límites del cansancio de Bartolo. Y cuando finalmente este caía rendido al piso, los edificios se detenían a su alrededor en el lugar en el que caía, y de la nada, se levantaba una grandísima metrópoli a la mitad del campo y ante los ojos incrédulos de viajeros y campesinos.
Otras veces, dependiendo del humor de los edificios, los chicos preferían cargar a Bartolo y continuar caminando durante toda la noche para adelantar la ruta, pues sabían que aquellos pobladores que habían dejado atrás probablemente los estarían siguiendo y había que tratar de confundirlos.
Finalmente, una noche, al punto del amanecer, los edificios decidieron que habían llegado a su destino. De pronto, a la mitad de la marcha, se levanto un gran estremecimiento por toda la procesión, y una euforia grandísima los inundo a todos, obligándolos a correr apresuradamente cuesta arriba de la montaña que se abría a sus ojos. Alguien tomó a Bartolo por los pelos antes de que fuera aplastado por algún pie descuidado y lo llevó agitando cual bandera por entre los brazos de los demás edificios.
No se detuvieron hasta llegar a la cima. Era justo el momento del amanecer. Y si Bartolo hubiera podido ver, habría visto frente a él, un gran mar de cactus y órganos extenderse de forma infinita en aquel valle. Fue un momento muy solemne, en el que los edificios se quedaron en silencio durante un par de minutos en lo que salía el sol. Después interpretaron una de esas danzas tan poco gráciles suyas, en las que se agitaban y golpeaban el suelo, haciendo que todo retumbara a su alrededor.
Y con esa breve danza explicaron a los seres alargados que tenían frente a sí, la historia de lo que había pasado en su pueblo y la razón de su huida. Los cactus escucharon seriamente. Uno de ellos se acerco y tomó a Bartolo, pasando suavemente el borde de una espina sobre su mejilla. Así comenzó todo…
Bartolo nunca necesito una casa porque siempre fue su propia casa. Bartolo nunca necesito ver, ni oír, ni hablar, Bartolo podía leer el mundo como un libro y recorrer sus caminos y sus calles cual hojas. Bartolo nunca estuvo solo, Bartolo siempre tuvo el corazón abierto.
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