I
A ti nadie te cree nada, pero deben escucharte. Deben saber que tú no estás loco. Que nunca lo estuviste. Nunca tu corazón abrigo la locura en ningún momento. Pero ellos sí. Siempre fueron ellos. Ellos los dementes que te orillaron a caer en una falsa locura, porque de alguna forma, en su retorcida mente, tu coherencia y tu cordura les resultaba no solo incomprensible, sino inaceptable. Mientras, que tu falsa locura era absolutamente comprensible y hasta digerible. Si, verdades incomprensibles ocultas por mentiras comprensibles. Siempre se trata de eso. Siempre fue todo así, pero no es fácil entender porque todo tuvo que ser así.
Porque tú, que un día despertaste como el resto del mundo despierta, tenia s que encontrarte con que ya no estabas. O mejor dicho, que estabas, pero que ya no estaban los demás. Es decir, que algo sucedió del momento en el que cerraste los ojos antes de irte a dormir –bien acompañado- al momento en que abriste los ojos para despertar. Quizá como si hubieras dormido cien años y el mundo hubiese seguido su curso, pero sin ti. Ya sin ti. Si, como despertar a la vida sin ti. Como si el camino que un día fue de ida ahora fuese súbitamente de vuelta. Y es que en realidad, en realidad, nada había cambiado. Y aun así algo pequeñísimo, ínfimo, tan ínfimo como abrir y cerrar los ojos había bastado para cambiarlo todo. Pero nadie. NADIE- mas que tu, podías saberlo. Saberlo sobretodas las cosas que sabes, sientes, piensas; y por tanto, dolerlo. Solo tú podías sangrar por esta herida que no era más que una ausencia, un recuerdo borroso de un olvido.
Lo que sucedió fue que un día al despertar te descubriste a ti mismo saliendo de entre las sabanas de un extraño. Sabanas azules y ajenas. Ajenas no solo porque azul es todo lo lejano, sino porque te eran absolutamente desconocidas. Pero no era todo. Había que ver que el resto de la cama tampoco te pertenecía; como tampoco te pertenecía ese pequeño cuarto en esa pequeña casa.
Y si te pareció extraño salir de entre esas ajenas sabanas azules, más extraño resultaba comprender que al desperezarte de ellas en realidad, te estabas despertando a una nueva vida. Entender que toda tú, eras una hoja en blanco que había que rellenar con algo –lo que fuera- Sobreponerte a eso, aprender a vivir con eso, fue como aprender a vivir siendo un muñón. Abrigando la esperanza cada vez más febril, de poder despertar de este macabro sueño.
Más doloroso fue encontrarte a ti misma introduciéndote de nuevo a esa cama lejana e inentendible de sabanas azules. Más doloroso fue darte cuenta de que tu vida ya no estaba ahí. Más doloroso era aprender a anhelar ese momento antes de cerrar los ojos, solo para poder desear hasta casi convencerte, de que al despertar estarías en casa. Con ella. Por y para ella. Sobretodas las cosas, ella.
Pero al despertar era siempre lo mismo. Primero como salir de un naufragio, y salir de entre las olas que te llevan y te mecen hasta llegar a la costa que es la cama. Llegar ahí sin aliento y fatigada. Después el temor. El temor de abrir los ojos y descubrir que sigues ahí. El temor de haber sido vista y no poder continuar pretendiendo que estas en casa. Y entonces la realidad, dolorosa como un muro de cemento. Pesada como una placa de cemento que se cae de un edificio en construcción. Tú debajo. La realidad encima.
II
Se puede vivir así. Pero poco. Tu pasaste un par de días que después se convertirían en semanas, intentando convencerte de que se podía continuar aun entonces. Pasaste de la estrategia de fingir que todo era un sueño, a la de convencerte de que, en efecto, esta siempre fue tu vida. Del rechazo a la aceptación. Solo que no es tan fácil.
III
Es tan solo una idea que se insinúa, una sospecha, un presentimiento o algo aún más vago. Y aun así, que molesto que resulta. No sabrías como explicarlo, es el resultado de algo apenas perceptible. Sucede… En realidad nada sucede. Nada muy grande ni espectacular. Y nada cambia, pero aún así, todo cambia. Todo es absoluta e irremediablemente diferente. Como ser una hormiga caminando entre una hoja de papel que de pronto se dobla y se desdobla de forma que de pronto todo cambia, y lo que era arriba, se convierte en abajo; y el camino que siempre fue de ida, se vuelve de venida. Sin que por eso la hoja pierda sus propiedades de hoja para el resto del mundo.
Si, más o menos así. Un día caminas por cierta calle en un cierto barrio. No, no cierto barrio. Caminas por las calles de un barrio que es tu barrio. Calles que son tu territorio, que son tuyas porque representan e l mundo en el que te desenvuelves diariamente. O por lo menos eso pensabas. Creías que por ser las calles por las que caminabas diariamente, estas eran tuyas. De verdad pensabas que existía una relación bidireccional entre las calles de la ciudad y tú. El tiempo te aprobado lo contrario, te ha probado que no; que vivías bajo una falsa premisa.
Porque un día, caminando por la misma calle, la ciudad te resulta ajena. Es como despertar a la vida sin ti. Y nada ha cambiado, pero todo es diferente. Nada se ha perdido, pero todo falta, y nada duele, pero todo duele. Duele esa calle con sus edificios coloniales que se abren ante ti. Duelen esas personas que caminan en el ajetreo hormiguistico de ganarse el pan, duele esa ciudad como un mapa del que se te ha borrado, en el que no hay una puerta ni una cama esperando tu llegada, en el que a ninguna persona le urge tu presencia.
Esta mañana, después de encallar en esta isla de playas azules, te has despertado con una firme decisión, porque se puede vivir así, pero poco. El sueño de la noche había sido como un mapa. Perdón, como ver a través de un mapa, con toda la claridad posible. No, no así. Fue ver con toda la claridad, que la ciudad –los vagos recuerdos de la ciudad- que conservabas, podían servirte. Guiarte. No ya como cuando los recuerdos estaban formados por filigranas de cristal que se te enterraban en la memoria, Sino como un mapa que te indicara lo que había sucedido. Un mapa que te mostrara el camino. ¿Cual camino?
IV
El camino que te llevara a un lugar donde la vida ya no estuviera en otra parte. El camino que te llevara a encontrar ese doblez de la hoja en el cual se había quedado la vida contigo, la ciudad, la calle, tu barrio, la tiendita de la esquina, la señora del pan, el vendedor de leche, la vecina de 4 y la pareja sin vergüenza, las siete de la mañana, las galletas de animalito, las lluvias de estrellas en la azotea, los domingos en el petate…
Quizá era ver un mapa dentro de otro mapa, la memoria como un mapa del recuerdo y por lo tanto del futuro. La ciudad, el recuerdo de la ciudad como un mapa del camino, el camino como un mapa del pasado. Si. SI. Exactamente así. Ir lejos. Moverte de tu punto e irte lejos. Crecer. Tener éxito. Ir aun más lejos. Más lejos. SIEMPRE más. Hasta que estas tan lejos que has Vuelto. Llegar lejos, ir de a a b y de regreso.
Con esa idea en mente has salido de tu isla desierta y caminas por la ciudad. No buscas, encuentras. Al menos eso piensas. Tu mapa está compuesto por al menos 3 puntos. Viejos lugares que fueron íntimos, lugares hay mas, pero es que no todos son igualmente importantes, en el sentido de que no todos son igualmente habitables en la memoria. Por eso el mapa es tres y solo tres.
¿Por qué?
Porque tres representan la transformación del lugar o el espacio en territorio. Dichos lugares como dicen por ahí, la geografía convertida en verbo, el espacio convertido en acto; lugares que eran amantes, amantes que dolían en cada ausencia, esperas que se convierten en desencuentros y recuerdos que se insinúan. Tres y solo tres.
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