Corazones equimóticos, abúlicos de ventrículo a ventrículo, desnodizados ante el horror esencial de la rueda de la vida y la muerte. Cauterizados en un caldo de amores imposibles, inyectados con vino añejo de soledad.
Un pobre corazón esclerótico, tras kilos y kilos de sueños abandonados y amontonados, olvidados en un maldito rincón. Un muerto corazón ahogado en mares de turbia duda. Era un pequeño corazón deforme y remendado; arañado con guijarros de venenosa felicidad a la que nunca pudo abrigar lo suficiente para que no muriera. Era un pequeño corazón malgastado, aplastado por el imponderable peso de la última circunvolución del homínido. Era un pobre corazón derribado tras haber perdido su nodo sinusal. Un corazón magullado por tantos bajos golpes de la vida y la muerte, el destino y el azar. Era solo un cuchitril de corazón, sí; pero era mi corazón.
Mi corazón que un día empaco sus maletas, sus dos válvulas y se fue. Mi pequeño corazón de hojalata que un día simplemente decidió no soportar más y por primera vez alzo su voz; Un frágil corazón que un día sin más, controlo su temblorosa voz que se quedaba sin aire a la mitad de la frase y grito ante el mundo; “vida mía, no te quiero” y desapareció en las fauces del olvido.
Yo busque y busque y busque; debajo de la cama, en la esquina del ropero, en la parada del autobús, en las notas de la escuela, a lado del camino, en el ulular del viento, los copetes de las nubes, las maculas de la luna, el canto de los gallos y hasta el fondo, hasta el fondo de una botella de cerveza
Pero no estaba.
Empezaba a pensar que era mejor así, que aún si lo encontraba no sería justo para nadie traerlo de vuelta a este elegiaco invierno eterno. Y fue entonces, un día sin más, cuando comenzaba a acostumbrarme a la idea de no acostumbrarme a la dolorosa amputación, cuando de pronto lo vi:
Cruzaba la calle, sonriendo radiante, probablemente ebrio de serotonina. Y yo pensé en llamarlo, gritar su nombre, correr hacia él, tomarlo en mis brazos hasta que fuéramos uno solo. Y por un breve segundo acaricie esa fugaz alegría que podría ser, pero que no sería.
Lo mire de nuevo, no estaba solo: estaba contigo.
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